Bolivia y la Ruta de la Muerte

En la región de los Yungas, viajeros en bicicleta o moto desafían al destino emprendiendo un emocionante recorrido entre montañas, desde La Paz hasta Coroico.

Entre La Paz y Coroico, un camino angosto, de casi 80 kilómetros, lleno de piedras y curvas cerradas atrae cada año a miles de turistas en busca de aventura. Flickr - Mikel
Para ir de la ciudad de La Paz hasta Coroico, un pequeño pueblo boliviano de unos 20 mil habitantes, existen dos caminos. El primero es la Ruta Nueva, una carretera asfaltada por la que transitan los buses de transporte intermunicipal. El segundo es el Camino de los Yungas, un accidentado trayecto entre las montañas conocido como la Ruta de la Muerte, que ha conquistado los corazones de los aficionados al turismo de aventura.
 
Las cifras son contundentes y descartan la posibilidad de que este camino se haya bautizado así sólo para hacerlo más atractivo entre los turistas. Hasta 2006, cuando era la principal conexión entre estas dos ciudades, perdían la vida cada año unas 96 personas, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que además determinó que era el camino más peligroso del mundo. Hoy, el número de quienes se accidentan y mueren ha disminuido considerablemente.
 
Sin embargo, estos datos lejos de generar temor y precaución, atraen cada vez más personas que se suben a los buses con sus bicicletas, o llegan en moto hasta un punto conocido como La Cumbre, a 4.673 metros de altura, para iniciar el descenso a gran velocidad a través de un terreno lleno de piedras. Deben sortear casi 80 kilómetros de curvas —algunas de 180 grados— acompañadas de abismos con caídas, en ciertos tramos, de hasta 800 metros y finalmente llegar a Yolosa, a 1.100 metros, para continuar hasta Coroico. Un verdadero desafío para los viajeros más osados, que consideran esta aventura una especie de burla a la muerte.
 
Y es que la peligrosidad de este sendero, construido por los soldados paraguayos capturados en la Guerra del Chaco en los años 30, no es un secreto para nadie. A lo largo del recorrido, las cruces y lápidas recuerdan los lugares exactos por los que han caído ciclistas y motociclistas. Paradójicamente, lo que debería funcionar como una especie de advertencia se ha convertido en una razón más para desafiar la montaña. 
 
De hecho, todo pareciera confabularse para crear un ambiente de peligro, ya que, además de las  pronunciadas curvas, la frecuente lluvia y la neblina aumentan el nivel de dificultad, como si se tratase de un videojuego, con la diferencia de que no hay tiempo de corregir errores ni de volver a empezar.
 
Aunque lo que se dice de este camino no es mentira, hay quienes consideran que si los visitantes siguieran al pie de la letra las recomendaciones de los guías, no tendrían ninguna dificultad para llegar sanos y salvos a su destino. Sin embargo, la osadía, el atrevimiento e incluso la imprudencia de muchos, los lleva a descender luego de una noche de fiesta o cuando el licor aún permanece en su cuerpo.
 
El telón de fondo de esta aventura son los impresionantes paisajes que se aprecian durante el descenso, con cascadas y montañas entre la niebla que forman imágenes de postal. Es así como la ruta más peligrosa del mundo se ha vuelto también una de las razones por las que los turistas deciden visitar este rincón de Latinoamérica.
 
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