Bután, un reino perdido de los Himalayas

Hay destinos de los que se sabe mucho y otros, como Bután, que reconocen sólo quienes lo han visitado. Su riqueza está basada en la cultura, los dialectos y las tradiciones propias. Es considerado uno de los países más felices del mundo y uno de los menos poblados del planeta.

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La magia de Bután empieza desde la planeación del viaje. Desde el momento mismo en el que la búsqueda de información del destino arroja que no existen semáforos en ninguna de sus ciudades, que es el segundo país libre de humo de tabaco y uno de los más pequeños y menos poblados del mundo; que restringe la cantidad de turistas que recibe y que es la única nación con un indicador denominado Felicidad Nacional Bruta (FNB), la cual mide la calidad de vida de sus habitantes.

Sí. el concepto de FNB se basa en la premisa de que el verdadero desarrollo de la sociedad humana se encuentra en la complementación y refuerzo mutuo del desarrollo material y espiritual. Para los butaneses el mundo y todos los seres vivos son sagrados, por ello no permiten enjaular animales y tratan en lo posible de mantenerse alejados de los avances tecnológicos, pues tienen miedo del contagio cultural.

Una vez allá la sensación de asombro aumenta. Todo impacta. Todo sorprende. Su naturaleza, marcada por las verdes y exuberantes montañas que contrastan con las fortalezas y los monasterios desde donde los monjes rezan por el fin del sufrimiento; la indumentaria de sus habitantes: los hombres visten con el gho (una mezcla de bata y falda) y las mujeres con la kira (una falda larga); pero sobretodo su cultura viva y vibrante.

Sin embargo, llegar a Bután exige riesgo y presupuesto. El Aeropuerto de Paro, donde se aterriza, es considerado uno de los más peligrosos del mundo. Solo unos pocos pilotos tienen licencia para aterrizar aquí. Por otra parte, el visado para ingresar al país es de los más caros, US$250 por día que incluye hotel, guía y carro, por lo que aún se mantiene como un reino secreto que hasta hoy se esfuerza por conservar ciertas tradiciones y leyes. En Bután no se permiten vallas publicitarias junto a la carretera, la velocidad máxima es de 50 kilómetros por hora y cuentan con una única autopista de sólo siete kilómetros. El resto son carreteras de montaña con muchas curvas que comunican los distintos valles entre sí.

Los planes para hacer en esta tierra aislada a lo largo de la historia, que se esconde tras los picos nevados del Tibet y las junglas de la India, giran en torno a la espiritualidad. Una de las paradas imperdibles es visitar el Monasterio Taktsang Palphug, más conocido como el Nido del Tigre. Colgado en un acantilado de más de 700 metros de altura en las cercanías de Paro y construido hace 325 años este templo sagrado para los budistas del Himalaya es considerado uno de los más lindos de Asia.

El Monasterio se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de Bután, pese a que no es sencillo llegar hasta allí. La única forma es a pie o a caballo. La senda se encuentra en el extremo norte del Valle de Paro. El camino sube hasta los 2.600 metros de altitud en sus 3 kilómetros de extensión. Las vistas que se obtienen del Nido del Tigre desde este punto son las mejores, aunque su magnificencia se agiganta a medida que se va subiendo.

Siguiendo esta línea otro de los templos recomendados es Dochula. También característico por ese aire de castillo medieval europeo, solo que en lugar de caballeros templarios, son monjes budistas con sus túnicas rojas los que se ven caminar entre los edificios protegidos por las murallas, construidas para defenderse de las invasiones del gigante chino.

Si tiene la opción de elegir la fecha en la que visitará Bután, la recomendación es que coincida con una de sus fiestas religiosas llamadas tsechus, donde se pueden ver familias enteras vestidas con trajes tradicionales que llegan hasta los patios de los dzongs - una mezcla entre fortaleza y templo budista que parece salido de la tierra- para disfrutar con los payasos y los distintos espectáculos que se hacen durante horas. Coincidir con este momento no es tan difícil ya que se realizan con frecuencia a lo largo de todo el año.

En Bután todo es diferente. No es raro, por ejemplo, encontrarse con un grupo de arqueros practicando en un parque, -el tiro con arco es el deporte nacional-.  Aunque se mantenía la tradición, en esto sí que han avanzado los tiempos modernos y casi nadie sigue tirando con el arco tradicional. O tampoco debe extrañarse por ver dibujos de penes en las fachadas de las casas, en las fuentes y en las tiendas de recuerdos, pues para los butaneses un falo no es obsceno; solo es símbolo de fertilidad.

El ingreso restringido a Bután ha hecho que hasta hoy sea difícil encontrarse con restaurantes de comida rápida, por lo que los visitantes no tienen de otra que acostumbrarse durante la estadía al sabor picante que tienen sus platos. La base de su gastronomía es el arroz cocido y las papas con picante y otras especias. Son muy comunes los momos, pequeñas bolas de masa rellenas de carne, normalmente de cerdo, o queso y los platos vegetarianos.

Bután es sin duda el destino para quienes buscan conocer comunidades ricas en culturas, dialectos y tradiciones propias. Y para aquellos que están dispuestos a sacrificar las comodidades por ir en busca de unos días de espiritualidad y de desconexión con la frenética modernidad tecnológica que domina el mundo. 

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