Dulce Placer, la heladería en Quito que lo sorprende con 500 sabores de helado

Decenas de turistas llegan a este rincón de la capital para probar los sabores más tradicionales de Ecuador. Desde mora y agua bendita, hasta caca de perro y pokemón hacen parte de su oferta.

Ana García, la dueña de la heladería Dulce Placer, en Quito, Ecuador.

Parecía ambicioso cuando lo pensó, pero lo logró. No tenía afán por superar su propio récord. Se le ocurría, ensayaba, algunas veces salía bien y otras no. Disfrutaba cada uno de los procesos de creación. Estaba muy entusiasmada y no se dio cuenta de que la lista creció tanto que llegó al número 500. Hoy no todos los sabores caben en la heladería Dulce Placer. La creatividad de Ana García, su dueña, tampoco.

Este local de paredes coloridas, con caricaturas que hacen un recuento de los personajes más emblemáticos de la historia ecuatoriana, está ubicado en la calle de La Ronda, una corta cuadra del centro de Quito (Ecuador) en donde reside la tradición. Casas coloniales, ahora restauradas, albergan numerosos negocios que exponen lo mejor de su cultura. Trompos, artesanías, jabones de miel, hostales, galerías y helados son la oferta de esta cuadra que en el siglo XIX fue hogar de poetas, músicos y
artesanos.

Todo en Dulce Placer está impregnado de tradición. Al subir unas escaleras, lo primero que llama la atención es la música. Es el único lugar donde Julio Jaramillo no se pasa con un licor quemagargantas. Aquí el sabor amargo del desamor se mezcla con un helado. Ana, una mujer de baja estatura, pelo negro y los ojos aún más negros, siempre atiende a los curiosos que se ríen de los nombres de sus creaciones.

Aunque algunos suenen desagradables, como caca de perro, un helado de maíz y panela, todos se ven muy provocativos. La lista es enorme: canelazo, brownie, maracuyá, pokemón, chocho, choco mora con ají, salpicón, colada morada, café, baileys, choco piña, pétalos de rosa, mora chía, chapo y hasta merengón, fabricado para saciar el antojo de los colombianos. Se podrían llenar las páginas de este periódico con la eterna lista de sabores.

Ana explica que su “afán era hacer algo innovador, creativo, que no hiciera nadie”. Quería “marcar la diferencia y utilizar productos que son desconocidos no sólo por el mundo, sino también por los ecuatorianos”. Buscaba “sorprender y mostrar nuestra riqueza gastronómica”. Por eso se tomó cuatro años para estudiar, investigar y montar su negocio, que hoy es uno de los imperdibles de Quito, según Trip Advisor.

La paradoja es que para comprender y darle vida a la tradición ecuatoriana tuvo que abandonar los volcanes que la acogían y vivir lejos, muy lejos, en donde los vientos eran más fríos que en su Quito querido, que para entonces no le ofrecía oportunidades. Vivió seis años en Inglaterra, donde aprendió varias técnicas, texturas, sabores y tendencias innovadoras. En los dominios de la reina Isabel II conoció los procedimientos para satisfacer la demanda de grupos específicos como veganos, diabéticos y vegetarianos.

Esos saberes los juntó con su pasado, en la época en la que su abuela fabricaba artesanalmente postres fríos para enviarlos en la lonchera de la escuela. Por eso no duda en responder que sus helados favoritos son el chapo, la colada morada y la caca de perro. A eso sabe Ecuador, a eso sabe su infancia.

Aprovecha cada semilla, fruto, hierba y moda para sorprender los paladares de quienes la visitan: “Dulce Placer es una locura de sabores. Somos temporales. Ahora todos hablan de pokemón, así que nos inventamos un sabor con ese nombre. Cuando vino el papa decidimos hacer el helado de agua bendita con vinos de consagrar y hostias. Durante el Mundial hacíamos helados con los colores de los países”.

Su fábrica está a las afueras de Quito. Es un lugar pequeño, pero acogedor, una empresa familiar. Así que cuando imagina otras opciones y prueba en sus máquinas, se siente tranquila porque está en casa. Cuenta con la ayuda de su mamá, su papá, su abuelita, quienes son los trabajadores del departamento de producción.

Ana ha intentado innovar con su negocio. Los helados no tienen preservantes ni colorantes, son 100 % naturales. Ella argumenta que eso se debe a que estudió auditoría y naturopatía. Tal vez por eso algunos de sus inventos también tienen un alto contenido de vitaminas, pues le gusta que la golosina que ofrece tenga aportes nutricionales.

Sólo les compra a pequeños productores y tiene un pacto con el Ministerio de Agricultura para visitar dos miércoles al mes un mercado campesino y comprarles las frutas a los propietarios de pequeñas fincas agroecológicas.

Ir a Quito y no visitar Dulce Placer es como haber ignorado el paisaje del volcán Cotopaxi. El plan no es sólo comerse un helado, sino participar en una cata con los mejores sabores de la gastronomía ecuatoriana. El local siempre está repleto de gente y eso se debe a que por menos de tres dólares se recorre con el paladar cada rincón de este país, que aunque pequeño alberga una incalculable riqueza cultural.

* Invitación de Viva Colombia, Best Western Hotels & Resorts y Quito Turismo.

Temas relacionados