Dunas de arena blanca

En temporada de lluvia, el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses es uno de los rincones más bellos del planeta, ya que se convierte en un desierto con pequeñas lagunas de color turquesa. Un lugar para recorrer a pie.

 Conocido como el Sahara brasileño, sin ser propiamente un desierto, el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses, fundado en 1981, tiene cerca de 300 km2 de dunas blancas y lagunas azules.  / thefabweb.com
Conocido como el Sahara brasileño, sin ser propiamente un desierto, el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses, fundado en 1981, tiene cerca de 300 km2 de dunas blancas y lagunas azules. / thefabweb.com

Una ciudad colonial ligeramente parecida a Cartagena, llamada São Luís, es la primera parada en un viaje marcado por la aventura y las notas del reggae que impregnan todo el recorrido, como si cada paso fuera otra melodía de ese paisaje que reúne al río y al mar en un mismo punto.

Si bien las hermosas playas son uno de sus principales atractivos, se va a São Luís, considerado uno de los patrimonios más importantes de Brasil, precisamente a apreciar la arquitectura en trayectos que incluyen el centro histórico, el teatro Arthur Azevedo y los barrios de Praia Grande, Destierro y Portinho.

Después de uno o dos días por las calles de una ciudad que fue en algún momento de la historia muy importante por la producción de algodón, se toma una ruta de aproximadamente tres horas en bus y se llega a Barreirinhas, un pueblo famoso porque sus posadas, de distintas estrellas, son las mismas casas de la época.

La hazaña comienza allí. Una vez uno está sentado en una camioneta 4x4 que tiene los rastros del trajín de haber atravesado carreteras sin pavimentar, se sabe que la travesía hacia el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses está por iniciarse.

Mientras tanto, la variada vegetación se mezcla con largas cantidades de arena y un sopor casi espeluznante hace creer que todos los que han decidido emprender ese viaje se derretirán pronto.

Conocido como el Sahara brasileño, sin ser propiamente un desierto, el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses, fundado en 1981, tiene cerca de 300 kilómetros cuadrados de dunas blancas y lagunas azules que durante la temporada de lluvias componen uno de los mejores contrastes visuales para fotografiar y transitar en trayectos que pueden durar todo un día.

Las dunas llegan a tener hasta 40 metros de altura y envuelven todo el paisaje en una especie de sábana de color blanco al que se añaden tonalidades distintas de enero a julio, cuando se forman las lagunas de aguas cristalinas que después son recinto de varias especies de peces, cangrejos, tortugas y almejas.

Justamente, el encanto del Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses está en que la vida va y vuelve con el agua, pues en temporada de sequía no queda rastro de que alguna vez existiera y en el horizonte sólo reina la aridez con sus 30 °C.

La laguna más conocida es la Azul, de tres metros de profundidad, llamada así por el color turquesa de sus aguas y la tranquilidad que brinda el contemplarla. También están la laguna Bonita, una piscina natural ideal para refrescarse, y la laguna Boa Esperança para los paseos en canoa.

Allí es posible toparse con alguna especie de ave como el maçarico, el marreca de asa azul y el trinta-réis, que aparecen cada tanto para alimentarse de los peces.

Dentro del parque, en el que está prohibido acampar, se pueden hacer otra clase de recorridos que obligatoriamente exigen un vehículo todoterreno y un guía local con experiencia. Tal es el caso del poblado de Sucuriju, de Baixa Grande, una pequeña aldea aislada a la que es muy complicado acceder, y Queimada dos Britos, un mar de dunas del río Negro.

Si todavía cree que la visita a pie y en carro para apreciar la magnitud de las casi 155.000 hectáreas del Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses no es suficiente, aún le quedan el avión y su vista panorámica, para perderse entre la arena y el agua.

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