El día que los muertos caminan por México

Disfraces de catrinas, un gran desfile, ofrendas y recorrer el tradicional barrio Mixquic hacen parte de la lista de infaltables de quienes se animan a vivir esta celebración, que tiene como objetivo el reencuentro con quienes ya partieron de este mundo.

Este año se realizó por primera vez el desfile de Día de Muertos.iStock

Mientras el mundo se disfrazaba para Halloween, en México las calaveras, las catrinas y los alebrijes se tomaban las calles de la capital. La muerte paseaba florida y tranquila enfrente de los mexicanos, quienes la observaban con respeto, mientras los vivos de otros lugares del planeta la admiramos con desconcierto. Como pocas veces, como en pocos espacios, la muerte era aceptada sin llanto, sin rabia, sin incertidumbre.

El Día de Muertos es una fiesta ancestral. Existe un registro de ella en las culturas Mexica, Maya, Purépecha y Totonaca, cuyos pobladores conservaban los cráneos como trofeos. Para ese entonces no se realizaba el 1 y el 2 de noviembre, como ahora, sino que dependía de los calendarios indígenas. Las fechas cambiaron con la llegada de los españoles, que decidieron fusionarla con su festividad del Día de los Santos. Así mataban dos pájaros de un tiro: acababan con la fiesta de la muerte e imponían el catolicismo a los indígenas.

Por fortuna hay cosas que no cambian su esencia y el Día de Muertos hoy sigue vigente y más fuerte que nunca, después de que el 7 de noviembre de 2003 la Unesco lo declarara Patrimonio de la Humanidad. La distinción, según la organización, fue hecha por tratarse de “una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo y una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país”.

¿Por qué visitar México en esta fecha?

México es uno de esos lugares a los que se debe volver, por lo menos, tres veces. Es tan grande y rico culturalmente, que una visita no satisface la sed de los curiosos. Y una de esas paradas debe ser en esta fecha llena de vida, así lo que se celebre sea la muerte.

Un mexicano en la calle me advertía que desde los pueblos más remotos hasta metrópolis como Ciudad de México, donde hoy intentan convivir 21 millones de personas, cambian de actitud, de mentalidad. Cuando llega la fiesta de los muertos hay que salir y compartir lo mejor de la cultura. No es un asunto de exponer lo desconocido a extranjeros, sino todo lo contrario: de ratificar la tradición en los locales.

Lo más atractivo de viajar no es solo encontrarse con nuevos paisajes. La gentileza de los viajes está en ofrecernos otras formas de pensar, de ser, de celebrar. Las tradiciones y las costumbres mutan en cada territorio, pero nuestro cuerpo se adapta a ellas de una forma sutil. Es como si estuviéramos dispuestos a comprender que somos diferentes y eso nos obliga a moldearnos a pensamientos que para nosotros pueden ser inverosímiles, como que la muerte es vida y merece ser celebrada como si fuera un cumpleaños más.

Las acciones de los mexicanos son genuinas y solo exponen ese deseo de compartir la llegada anual de quienes partieron hace días, meses o décadas y que por esta fecha pidieron un permiso a los dueños del lugar que hoy habitan para abrazar a los que aman. Los muertos vuelven, reviven y todos lo celebran. “Yo no le tengo miedo a la muerte y no sufro por ella. Allá tengo tantos amigos como aquí. A ellos los celebro”, me advierte una mujer vestida de calavera, mientras baila por la acera de La Reforma, la avenida más importante de Ciudad de México.

Este año, el Día de Muertos tuvo unas particularidades que las autoridades y parte de la población esperan que se repitan. La primera fue el museo a cielo abierto que se ubicó en La Reforma y que obligó a más de un transeúnte a detenerse y admirar la imaginación de cientos de artesanos plasmada en enormes alebrijes, unas figuras surrealistas hechas a base de cartón, papel o madera y cuyo significado está relacionado con las creencias indígenas.

La otra novedad fue el desfile en el Zócalo, en el centro de Ciudad de México. A pesar de tener personajes como las catrinas, los diablitos, las calaveras, los alebrijes, las lloronas y hasta los caciques indígenas, a los mexicanos no se les había ocurrido organizar este tipo de evento hasta la película Spectre de James Bond, que en su primera escena simula un florido carnaval. Con ganas de replicarlo, el gobierno decidió impulsarlo y más de 200 voluntarios, 40 danzantes, seis grupos musicales y dos carros alegóricos participaron en esta idea, que reunió a 250.000 personas y que espera continuar para las próximas ediciones.

Hubo quienes lo apoyaron y otros que lo rechazaron por ser una iniciativa muy arraigada a la cultura norteamericana. Sin embargo, si bien tienen algo de razón pues surgió de una película gringa, la verdad es que el desfile fue hecho en casa y así se sintió. El color, los gritos y la sonrisa de los niños, sorprendidos por ver y tocar esas leyendas de cuentos orales, taparon el gran Zócalo y nos mostraron que los mexicanos tienen otra forma, más alegre y más dulce, de celebrar, aparte de los mariachis y el tequila.

Al caer la tarde, los amantes de las tradiciones emprenden un viaje por los canales de Xoximilco, una de las 16 delegaciones de Ciudad de México, que en la lengua indígena náhuatl significa “campo de flores”. Este lugar fue lo que quedó del conjunto de cuerpos de agua que existieron desde la época de la Colonia y que abastecieron a la Nueva España durante el virreinato.

Ahora es utilizado como un atractivo turístico con la ayuda de las trajineras, unas embarcaciones de fondo plano y colores vivos que pasean a grupos de 20 personas por estas tranquilas aguas. Como es usual en México, los visitantes son muy bien atendidos por otros botes que ofrecen comida típica, como las quesadillas o el elote.

En el Día de Muertos, en Xoximilco organizan una celebración atípica sobre una de las islas formadas entre los canales. Más de 50 trajineras se encuentran para presenciar un show que expone las leyendas del país azteca. Para este año, la historia se trató de la famosa Llorona, que aunque también es conocida en Colombia, tiene unas variaciones en la versión mexicana, pues está ligada a la sublevación indígena ante los españoles.

Paseo por Mixquic

Mixquic es un barrio de Ciudad de México que por su lejanía parece más bien un pueblo a las afueras de esta enorme urbe. Por esas fechas del Día de Muertos, en sus calles no cabe un alma. Entre tantos vivos y muertos es difícil recorrer las angostas vías llenas de ofrendas, luces, músicos, artistas y locales improvisados, que construyeron algunos habitantes para ganarse algo de dinero.

Las ofrendas son el elemento más típico y llamativo. En todas las casas mexicanas se construye un altar para los muertos de la familia. Casi siempre tienen los mismos elementos: papel picado, calaveras, frutas, panes horneados, velas, flores, un arco, una cruz y, lo más importante, una foto de los difuntos. Ese híbrido entre la tradición indígena y las costumbres católicas impuestas se hace evidente. No hay un pueblo más arraigado a su cultura nativa y tampoco más creyente de las imágenes sagradas del catolicismo que México. Por eso es frecuente ver a una Virgen de Guadalupe compartiendo escenario con una calavera colorida.

Luego de cumplir con la ofrenda, la familia, desde los abuelos hasta los nietos, se pinta la cara de negro y blanco, los colores de la muerte, y se visten con atuendos amarillos, rojos y verdes que representan la vida. En el caso de las mujeres no faltan las flores, principalmente el cempasúchil, una especie silvestre que se da por estas fechas. El resultado: hermosas calaveras, que Diego Rivera bautizó décadas atrás como catrinas.

Con sus atuendos listos comienza la fiesta. Se encuentran con amigos y más familiares, visitan los locales de tamales, tacos al pastor, rábanos picantes, brochetas, quesadillas, chapulines o grillos y camarones embarazados, bautizados así por “estar en una vara y comerse asados”, como explica una vendedora.

En las calles hay obras de teatro, espectáculos musicales y danzas típicas de México. Todos caminan, festejan, se detienen a observar, se toman fotos. Abunda el regocijo, pero también la nostalgia, y por eso el cementerio de Mixquic se inunda de flores y velas. Es una forma de limpiar las tumbas, pero también de barrer el dolor que deja la ausencia. Es una manera de invitar de nuevo a los que partieron y, por qué no, a quienes nunca han venido y que, como nosotros, un puñado de periodistas entrometidos, seguimos tocando madera cuando nos referimos a la muerte.

*Invitación del Consejo de Promoción Turística de México.