El Valle en una copa

El departamento insignia de la caña de azúcar también es dueño de imponentes viñedos que han dado origen a reconocidas marcas.

El espíritu del brandy surge entre guardas en cubas, criaderas y una solera en botas jerezanas con más de 100 años de uso.

Más allá de su legado cultural, que se mantiene vivo entre fiestas y ritmos latinos, el Valle del Cauca esconde un tesoro sin igual que vale la pena descubrir. Se trata de sus tierras, bañadas por el sol y el agua, capaces de crear en cuestión de meses la materia prima de vinos y otros licores. Pequeños productores de los municipios de Bolívar, La Unión y El Cerrito recorren a diario los senderos de sus cultivos, que dos veces al año producen uvas Isabella, una variedad tinta que goza de prestigio en la región.

La uva es una de las frutas de mayor cultivo en el mundo. Cada año se producen más de 42 millones de toneladas. Aunque los vinos más reconocidos son de origen francés, español, italiano, chileno y estadounidense, en Colombia cada botella se produce artesanalmente para darle un sabor único. Sorbo a sorbo pueden descifrarse las raíces de una tradición ancestral con más de 60 años.

En medio de lagos y tímidas montañas se extiende uno de los viñedos más icónicos del municipio de Ginebra. Se trata de San Antonio, una finca cálida y fértil, donde cada kilo de Isabella les da vida a vinos jóvenes, frescos y maderizados.

La magia de esta bebida es capaz de transformarse en otras delicias. El brandy, un licor que nace con la destilación de la uva, se ha convertido en uno de los más apetecidos en el país. En el corazón del Valle se conservan aún los secretos que le dieron origen al primer brandy español en 1874 en Jerez de la Frontera. Hoy, gracias a las características de los campos nacionales, la producción de este trago es todo un arte. El recorrido, perfecto para los amantes del llamado ‘vino quemado’, comienza en Cali, en la legendaria planta de Pedro Domeq, con la fermentación de las uvas. El vino se destila para producir las “holandas”, aguardiente de baja graduación y materia principal del brandy.

El proceso que se realiza a través de grandes alambiques hechos en cobre da como resultado un alcohol puro. El espíritu de la bebida surge entre guardas en cubas, criaderas y una solera en botas jerezanas con más de 100 años de uso. El envejecimiento del brandy en robles le da en silencio un color ámbar y un aroma inconfundible.

Más de tres millones de litros de brandy se producen anualmente en la Sultana del Valle, donde en cada paraje es posible aprender un poco sobre este enigmático licor. La cata, que puede realizarse en restaurantes o incluso en las plantas de producción, es toda una experiencia sensorial en la que el gusto aprende a identificar su esencia robusta y el olfato, los vestigios finos y dulces de la uva.

Para que el recorrido sea aún más especial, los expertos en el tema aconsejan a los visitantes hacer del vino el mejor acompañante de la mesa, sin importar si en ella abundan platos típicos o internacionales. Al atardecer o en la noche, unas cuantas copas de brandy puro o con un poco de soda y limón son la excusa perfecta para dejarse llevar por el ambiente festivo de la región, que brilla con luz propia al ser artífice de uno de los mejores licores del mundo.

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