Expedición animal

Un viaje en el que la aventura y la contemplación se vuelven los mejores aliados durante más de 400 kilómetros. ¿Qué esconde el zoológico de San Diego para ser una parada obligada?

Estaba regodeándose en su pereza, como si nadie lo estuviera viendo y ninguna cámara disparara hacia su sitio de regocijo. Parecía preguntar: ¿Y ustedes qué miran, qué les importa, zoquetes? Era el único que posaba sin pudor en un ritmo que sólo él entendía. Lento. Quizá pausado. Levantaba una pata y se rascaba el hocico con las garras en señal de cansancio. No podía ni siquiera zambullirse en el agua, estaba ahí, resguardado bajo techo, en un ángulo que permitía que cualquiera lo fotografiara o pudiera dar la espalda justo cuando no quisiera más atención.

En este verano más bien frío, gélido en las mañanas, un poco caliente en las tardes, con vientos helados permanentes que distraían. Muchos habían caminado, colina arriba, a lo más lejos del zoológico de San Diego para ver a los tres osos polares, independientes, ensimismados, adorables. Ellos, sin tener una mínima idea de lo que causan, compiten con los pandas —también tres— en ser los animales más buscados y por quienes se hacen largas filas.

Un tiquete de US $40 es el boleto de suerte para ver más de 4.000 especies, si se llega temprano. Nosotros entramos exactamente a las 9:00 a.m. en punto y lo primero que hicimos ante ese terreno que intimida –más de 400 km–, pasmados por lo desconocido y el afán de abarcarlo todo, fue subirnos a uno de los buses de dos pisos que recorren las principales paradas del zoológico y dan a grandes rasgos la información que se necesita para empezar uno de los viajes más sorprendentes para los amantes de los animales.

Allí pudimos ver que estaban consintiendo a Mary, uno de los cuatro elefantes que alcanzábamos a notar desde nuestros asientos y a quien le hacían el pedicure de su pata trasera derecha con mucha fuerza dos de los trabajadores. La guía, en marcado acento británico, decía por el altavoz cuán estrecho era el vínculo que se formaba entre ellos y por qué resultaban siendo tan amigables.

Con las jirafas ocurría, en cambio, que a veces eran serias y se alejaban y de pronto estaban realmente encantadoras y bajaban la cabeza para que las viéramos comer con las más pequeñas. Una, la más coqueta, logró sacarnos la lengua para un retrato.

Cuando regresamos a la zona de partida, luego de 40 minutos en bus y un trayecto más bien circular, señalamos las puntos infaltables en el mapa, los cuales, después de caída la tarde, ya cansados y con una emoción realmente infantil, supimos que los habíamos visitado.

Caminar en ese zoológico no es una tarea titánica como en los parques de Disney. Debido a su fama permanece lleno todos los meses del año, pero es un prototipo de expedición en la que los visitantes se mezclan con los árboles, las flores y el pavo real. Sí. Por más extraño que suene, el más galante de las aves se pavonea por cada esquina. Está en la zona de los reptiles subido a un árbol con bastante timidez. Aparece con gracia entre las mesas donde sirven la comida. La primera vez que la vimos, por pura suerte, estaba cortejando, a través del vidrio, a la cóndor hembra y los machos, celosos de su belleza, se vinieron hacia él en picada. Su reacción no fue otra que desplegar sus plumas a menos de un paso de nosotros.

El teleférico de ida pero no de regreso, que va de un extremo al otro del zoológico, los rinocerontes tostándose al sol incipiente, las puertas pesadas que se abren de un solo lado para que el turista pase junto a los pájaros de ojos rojos y picos grises, el recoveco vertical donde están los panda, a todas sus anchas, en un silencio casi absoluto, comiendo bambú.

También los micos que cuelgan de largas lianas y hacen gestos para ser dibujados, el olor a selva húmeda que se siente denso, exquisito; la paciencia de muchos porque el koala se desprenda de su rama y abra los ojos, las tortugas gigantes, estáticas, una junto a otra tratando de imitar el ocio.

Más adentro, en la oscuridad, las serpientes camuflándose entre las hojas, allá un dromedario, varias suricatas, muchísimos escarabajos relucientes, el hipopótamo sumergido, evadiendo salir a flote. Todo en San Diego, en el Balboa Park; todo cambiante, salvaje, donde las horas se pierden en un rugido, en un movimiento.

 

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