La fiesta negra

Este fin de semana terminó la celebración chocoana Patrimonio Cultural de la Humanidad. Crónica de un festejo de chirimías, disfraces, baile y color.

Estas son las primeras fiestas de San Pacho que se celebran con el título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. / Fotos: Sergio Silva Numa

Hoy es el último día. No habrá uno más. Hoy el calendario marca 3 de octubre, es jueves y es el final. Por eso todos se han adueñado de las aceras viejas, de las calles y sus grietas, y se han parado allí, bajo el martillo del sol, a esperar. Son las 3 de la tarde y una humedad inacabable los cachetea cada vez con más fuerza, los hace sudar gotas gruesas que se deslizan hasta sus barbillas y en chorros se estrellan contra el piso. Los vestidos, perfectamente plegados, se ciñen a sus cuerpos cobrizos y dejan entrever una belleza delicada, sin artificios, natural. Quieren —lo dicen, lo evidencian— que la algarabía se prolongue, que las horas de desordenada alegría caminen lento, que San Pacho, su fiesta, se dilate y que Quibdó se vuelque a celebrar.

Pero también están de pie, con sus cabellos trenzados y sus uñas cuidadosamente coloreadas y a ras, para cortar la desesperanza, para protestar por el olvido y recordar que como pueblo, como comunidad chocoana, no están dispuestos a ceder un paso más. No están dispuestos a seguir como el departamento con la mayor incidencia de pobreza ni a estar, como ahora, entre los cuatro con más alto riesgo de corrupción. Por ello, las doce carrozas que hace un año empezaron a planear traen, entre flores y muñecos gigantes, mensajes de palmaria verdad: “¿El progreso del Chocó un sueño?”; “Ya es hora de alcanzar la paz. No más ilusiones”; “Queremos justicia, respeto y dignidad”.

Estas son las últimas 24 horas y también “una oportunidad —dice Steven, moreno, fornido, de cabeza abombada y de poco más de veinte años— para hacerle frente a la guerra. Porque acá la guerra no sólo es bala. Es de políticos y de muchos intereses. Por eso aquí está el pueblo. Mirá —señala a las filas que se desparraman por el malecón—: está unido, sin división. Esto, hermano, es Chocó”.


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Para todos es extraño que en esta, la segunda región con mayor pluviosidad del mundo, justo hoy no caiga una pizca de agua. Hay nubes, claro, pero el sol se las ingenia para asomarse por cualquier roto y hace ver a las mujeres de las comparsas —negras todas, balanceadas, cadenciosas— mucho más majestuosas. Vienen con sus disfraces vivos —de ángeles, de leopardos, de monstruos insondables— y con un rocío de escarcha sobre sus figuras. El peso de la escasa brisa agita sus faldas y bajo ellas se advierten unas piernas firmes y contorneadas.

Los hombres que las acompañan, con su torso desnudo y teñido de tonos fuertes, son una sola cascada de músculos. Sus brazos, su tórax y sus muslos están llenos de pliegues. Todos, sin excepción, se encienden al oír los grupos de chirimía —con clarinetes, saxofones, tamboras, redobles— que siguen a las comparsas. Son como volcanes llenos de fuego que mueven sus extremidades con frenetismo, con una coordinación y un ritmo inalcanzables para quienes no son del Pacífico. A cada tanto se apuran unos tragos para conjurar el sopor que produce andar por unas calles de pavimento pobre sobre las que se cruzan, a mediana altura, miles de cables de energía.
El alterado tráfico de bandadas de motos hoy está estático. Su lugar lo ha tomado un público que celebra y se menea con la música, que retuerce la pelvis y sacude los hombros a velocidades hechiceras. Se les ve y se les siente el aguardiente y la cerveza flotando en los huesos. Se les ven también unos dientes blanquísimos y alineados, relampagueando como los truenos que se asoman en la selva, al otro lado del río Atrato.

Horas antes, ahí, en esa serpiente, la más caudalosa de Colombia, varios botes con motor levantaban olas de poca altura, invadidos de ritmos y colores. En esa “balsada”, como la llaman, subían y bajaban, en una competencia de algarabía, imágenes de San Francisco de Asís. Se arrimaban a vera y vera. Del lado de Quibdó: la catedral, el malecón, el mercado, aplausos, tablas, trozos de muros, enredijos de alambre y, más allá, barrios de palafitos, esas casas de madera enclenque y techo de zinc que nacen sobre la ribera. Del otro lado: la inconmensurable selva y unas chozas regadas entre árboles inmensos.

Y entre esa multitud que no ha dejado de agitar sus corazones en todo el día, no son pocas las luces de los flashes. En medio de este atardecer que empieza a acumularse en todos los rincones, los fotógrafos, asombrados con tanto brillo y con las pieles tan tersas y límpidas, parecen pequeñas gotas de mostaza.

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Después de que comienza a meterse la noche, nublada e implacable, Quibdó pretende devolverle el resplandor al cielo con cantidades abultadas de pólvora. En conciertos de amplificadores potentes y estruendosos, todos se aferran con fervor a las pocas horas del festejo que arrancó el 20 de septiembre. El motivo no puede ser otro: después de media noche se dará inicio a la redención.

Una caminata extenuante y prolongada se organiza desde las 3 de la mañana, justo cuando la lluvia entra como una explosión. Esos cánticos y oraciones de los gozos franciscanos recorren las calles hasta que la ciudad logra desperezarse. Es viernes y acá, al occidente del país, las misas precedidas por una voz de fondo de barril se toman todas las esquinas.

Luego, la lluvia y la mañana se suavizan y la tarde entra con unos rayos que relamen de nuevo las cabezas de cuidadosos cortes. Con ellos también viene una procesión en la que filas larguísimas de devotos rodean a San Francisco de Asís. Él, grande, imponente, con cadenas doradas bajándole por el pecho y girasoles mordiéndole los pies, es cargado por once chocoanos. Y las cámaras, claro, al verlos, disfrutan de los latigazos que el sol les da, gozan con las muecas, con la beatitud eterna que camina a un solo ritmo sobre el borde de esas casas opacas y todas, sin excepción, con partes sin terminar.

Al llegar a uno de los doce barrios ponen a San Pacho en un altar. Buscan entonces la sombra y se recuestan en unas tapias que todavía tienen estelas de pintura roja del paro minero del 1º de agosto. La humedad constante llega hasta el intestino. Mañana, tal vez, sea igual y Chocó vuelva a adueñarse de su belleza fantasmaL.


* Invitación de Fontur

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