Invisible y real

Un pequeño retrato de esta tierra de artistas, a través de algunos de sus más importantes escritores. Calles, plazas y lugares que marcaron la historia de la literatura.

Un asilo. Un cuartucho de dos por dos, paredes derruidas y dos camas de metal, enclenques, ruidosas. Dos niños, Mijaíl y Fiodor, el mismo apellido, Dostoievsky, una sola ciudad, Moscú, y el lejano pasar y sonar del río Moscova. La vida y el aire que suplicaba Raskolnikov en Crimen y castigo después de purgar su pena de destierro en las estepas de Siberia, “necesito aire, aire, aire”.

Moscú, San Petersburgo, Siberia, los mongoles, el frío, la pureza, las almas perdidas, las Almas muertas de Gogol, La muerte de Iván Illich de León Tolstói, Anton Chéjov y Alexander Pushkin, la poesía, la miseria y la grandeza, los zares, Rasputín, la Revolución de Octubre, los bolcheviques, Lenin, Stalin, la muerte, el horror, la nobleza, la Plaza Roja desierta, el Kremlin. Rusia.

Una calle iluminada a medias por una hilera de faroles titilantes. Uno, dos, cinco bares y el caótico griterío de unos cuantos hombres con demasiado pasado a cuestas. Cervezas, brindis y Dios en la boca de unos cuantos. El silencio del remordimiento en la de otros. Por allí pudieron haber pasado Raskolnikov y Marmeladov.

Uno, con su pena por delante. El otro, devorado por el alcoholismo y la derrota. Por allí pudo pasar Voland, el demonio inventado por Mijaíl Bulgakov ya en el siglo XX, en El maestro y Margarita, un hombre hecho diablo o al revés, que cambiaba de apariencia según le conviniera y ofrecía riquezas a cambio de voluntades, vida eterna a cambio de pecados, lascivia hecha carne a cambio de espíritus. Premios, honores, venias.

Por allí debió pasar Voland. Pasó y se metió en uno de tantos bares, y conversó y gritó como todos los otros, como tantos y tantos desde que Rusia comenzó a existir, por allá entre los siglos III y VIII después de Cristo, fundada por una noble clase vikinga que le puso por nombre la Rus de Kiev.

Con los siglos, la Rus de Kiev se desintegró en muchos estados feudales cuyo centro estaba en el Principado de Moscú. Para el siglo XVIII Rusia se había expandido entre Asia y Europa hasta convertirse en el tercer imperio más grande de la historia. Nacía en Polonia y acababa en el océano Pacífico, lindando con Alaska. Eran los tiempos que dejaron por herencia Pedro I de Rusia y Catalina La Grande, tiempos de esplendor. Exagerados en el amor, en la bandera, los ademanes y la fe.

Tiempos que con el paso de los años derruyeron la grandeza, y desde la grandeza y como consecuencia de esa grandeza cayeron en el vacío, y en el vacío y del vacío surgieron Gogol, Pushkin, Dostoievsky, Tolstói y sus personajes. Humanos, demasiado humanos. Frágiles, perturbados. El asilo del Hospital Marinski en el que nacieron y vivieron su infancia los hermanos Dostoievsky aún se mantiene en pie, y el cuartucho de camas metálicas es una especie de museo, la memoria eterna del lugar en el que comenzaron a surgir los humillados y ofendidos y los demonios del escritor. Por debajo pasa el metro de Moscú, uno de los más complejos del mundo. Intrincado, pero fluido. Histórico. La estación del Hospital de Marinski fue bautizada como Dostoievsky.

En uno de sus murales aparece pintado un enorme Raskolnikov con un hacha en la mano. En el suelo yace la usurera Aliona, a quien acaba de matar. Ficción, realidad, la lejana Rusia de mil ochocientos y tantos, la cercana Rusia que intenta dejar atrás algunos de los vestigios de la Unión Soviética. Los diarios de caracteres cirílicos informan que un hombre mató a hachazos a una mujer, y que llevaba en el bolsillo Crimen y castigo.

Los columnistas hablan de lo que habló Raskolnikov. Del bien, del mal, de la potestad de impartir el bien y el mal, de la propia mano y de la mano de Dios. Rusia es el escenario, y el hombre, el protagonista. Como escribió Stefan Zweig: “La tragedia anda por dentro. Y su argumento es siempre uno: la superación de todos los obstáculos, la lucha por la verdad. Todos estos hombres se preguntan, como Rusia, su patria: ¿Quién soy? ¿Qué valgo? Y se buscan, o, por mejor decir, buscan la esencia superlativa de su ser, fuera del suelo, fuera del tiempo, fuera del espacio”.

Se buscan en la Muerte o en el temor a la Muerte, como León Tolstói, que la presintió y la lloró, la descubrió y le arrancó su manto de misterio, la desnudó, desesperado, como a las prostitutas que desnudaba en sus tiempos de juventud, sólo para amarla, sólo para olvidar una madrugada agónica en Moscú que describió con un “Trato de echarme a dormir, pero, apenas en la cama, el terror me hace levantar. Es una angustia, una angustia como la que precede al vómito; parece que mi ser se va a romper a trozos, sin llegar nunca a romperse, sin embargo. Trato de dormir otra vez; pero el terror está conmigo, junto a mí, rojo, blanco..., algo se quiere romper dentro de mí y, sin embargo, no pasa de ser una sensación”.

Él era la vida, y tanta vida no podía sucumbir ante una debilucha muerte, pero sucumbió, claro. Sucumbió y tuvo que describirla con todos sus horrores en La muerte de Iván Illitch, cuando el protagonista se diluía y en medio de sus tormentos gritaba: “No quiero, no quiero”. Sucumbió cuando se enfrentó a ella para describir el morir en Tres muertes, sus páginas más psicológicas según Zweig, retratos que hubieran sido inconcebibles sin “aquel sacudimiento catastrófico, sin aquel pavor que lo hace tambalear todo de arriba abajo, sin ese temor vigilante y desconfiado; para poder describir así esas muertes, Tolstói ha tenido que vivir su propia muerte y por adelantado, hasta en las fibras más pequeñas de su ser, y vivir esa muerte en sí mismo en el futuro, en el presente y en el pasado”.

El 28 de octubre de 1910 Tolstói empezó a morir. Ya había escrito que sólo en soledad se podía aproximar a Dios, y él quería creer en Dios. Lo había buscado desde el 30 de agosto de 1878, un día después de su cumpleaños número 50.

Lo había retado, acorralado, insultado, pero Dios era el único camino que le quedaba después de haber recibido la gloria en vida por Guerra y paz, por Anna Karenina, por los honores de los zares, por los comentarios de los críticos y su título de noble. Un día exclamó: “Señor, dame fe”. Ese día, sobre las seis de la mañana, como una sombra, salió de su habitación hacia la cochera de su casa y se metió en un carruaje que instantes más tarde se dirigía hacia el Cáucaso a paso muy lento.

Buscaba a Dios. Compró su boleto que lo llevaría a Él a nombre de T. Nikolaieff. Se subió en un vagón de tercera, medio oculto por una capa, y se detuvo en el convento de Schamardino para despedirse de su hermana, la abadesa. Estuvo con ella unos días. El 31 continuó su camino con una de sus hijas, de incógnito, pero en una vuelta de su huida un transeúnte lo reconoció. Entonces todos los pasajeros supieron que en ese tren de tercera iba León Tolstói. Lo supieron los periódicos. Su fotografía salió en las primeras planas. Policías, periodistas, curiosos, familiares, amigos y enemigos, detectives y enviados del zar salieron en su búsqueda.

La orden imperiosa era detenerlo en la primera parada que hubiera. Dios se había alejado de nuevo.

Tolstói se recostó contra una ventana. Sudaba. Pasaba del frío al hervor. Temblaba. Su hija lo cubrió con una manta. Habló con el conductor de la locomotora. Le explicó que su padre se sentía muy, muy mal. Se detuvieron en Astapovo. El maquinista le ofreció su pequeño cuarto para que pasara el tiempo que necesitara, y allí el gran hombre se fue extinguiendo, acurrucado en una cama de metal, con su diario y un lápiz en una tembleque mesita de noche. El pueblo, el país y su esposa se asomaban por una ventana, pero no podían ingresar. Con él sólo estaban su hija, el médico y un extranjero. Quizás el Dios que tanto había buscado, la Muerte, la Muerte, su antigua enemiga, su vieja cómplice. La Muerte amiga durante sus últimos días, y Rusia. Toda la Rusia que él escribió y describió, la que predijo, la que nunca pudo ser, la que, de alguna forma, se nutrió de él.