Kimberley, la grandeza australiana

Ubicada al borde del Océano Índico, es una de las regiones menos pobladas del planeta. Su fauna y diversos paisajes se mantienen intactos.

Aunque muchos lugares del mundo resultan propicios para alejarse del embrujo de la tecnología y del vertiginoso crecimiento de las ciudades, muy pocos, en realidad, permiten alcanzar tan anhelado propósito. Pero, pese a ello, aún existen rincones en los que verdaderamente es posible deshacerse de la cotidianidad, de los rugidos de los motores, del acoso de la globalización. Uno de ellos es Kimberley, una de las regiones menos pobladas del planeta.

Ubicado en el oeste de Australia, bañado por el Índico y por el mar de Timor, y lleno de inconmensurables desiertos y bosques, este territorio, de poco más de 420.000 kilómetros cuadrados, es dueño de una descarnada belleza.

Allí, donde apenas viven 41.000 personas distribuidas en varios poblados y donde se necesitan helicópteros para poder recorrer la totalidad de los parques naturales que alberga, es posible apreciar, como en pocas partes, una extraña mezcla: su aridez inmensa de gigantes cañones y piscinas naturales se puede romper de un tajo cuando aparecen caudalosos ríos o playas blanquísimas que hacen parte de un mar repleto de perlas y, de vez en vez, de cocodrilos de agua salada, acaso los más grandes de la Tierra.

Tal es el encanto de Kimberley, que en 2003 la Unesco declaró el Parque Nacional Purnululu como Patrimonio de la Humanidad. Pero no fue únicamente por los varios tonos que tiene la red montañosa, que puede verse ocre en algunos pedazos y, de golpe, mostrarse naranja y, luego, en la punta, apreciarse verde. Tampoco por resguardar una buena cantidad de aves, reptiles, roedores, sapos y ranas que en muchas ocasiones han resultado ser endémicos. La Unesco también tuvo en cuenta que esos cañones arenosos donde cada tanto aparecen cascadas y uno que otro rebaño, fueron el resguardo de las culturas aborígenes australianas, unos grupos tremendamente hostiles que se opusieron a ser la primera colonia de un conjunto de británicos que se había tropezado con sus riberas.

Tal habrá sido la resistencia que hoy, después de más de un siglo y medio de aquellos fallidos intentos, muchos de los pueblos de la costas occidentales australianas mantienen vivas las costumbres e, incluso, la gran mayoría son descendientes directos de nativos. De hecho, pasar algunos días con esas comunidades es uno de los grandes atractivos, además de pasear en camello por las playas, atravesar los cerros en camionetas, navegar por las arterias fluviales, tomar un crucero entre cataratas e islas, hacer esnórquel o sobrevolar las cascadas de la meseta Mitchell. Con esas pequeñas comunidades se puede pescar de rústicas maneras o explorar la vida marina.

No en vano, para Lonely Planet, Kimberley ocupó el segundo lugar en un escalafón de las regiones que se deben visitar en 2014. No hacerlo en los próximos años resultaría un craso error: hoy su población crece a un ritmo de casi el 5%, una tasa tres veces mayor que la del resto del estado.

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