Nuestra tierra

La magia de San Agustín

Este municipio huilense esconde algunos de los misterios más atractivos del país. Sus piedras milenarias, finamente talladas por una cultura desconocida, y su poderosa riqueza natural lo convierten en un destino inigualable.

Mauricio Alvarado

San Agustín tiene más preguntas que respuestas. Los sitios arqueológicos que rodean al municipio huilense, que no son pocos, albergan más de 500 esculturas hechas en piedra entre los siglos II a.C. y X d.C., por una cultura que, por falta de datos como un nombre exacto, es conocida como Agustiniana, en honor a un santo del que no se sabía nada por estas tierras hasta la llegada de los españoles, 500 años después de la desaparición de esta misteriosa civilización.

No se sabe con exactitud cómo las hicieron, ni de qué forma las transportaban. De hecho, lo único grabado en piedra son las figuras, pues la simbología escondida detrás de estas todavía está libre a la interpretación. Si bien su presencia resguardando tumbas indica que se fabricaron a modo de ornamento funerario, es difícil asegurar que un hombre, una mujer, un guerrero, un chamán, un animal o un híbrido antropomorfo representa solo eso, o una petición por abundancia, un estatus social, a una deidad o a un estado del ser como la vida o la muerte.

Otros vestigios encontrados en las montañas de los Andes y en la cuenca del Magdalena, así como paralelismos con otras culturas como la Kogi, en la otra punta del país, parecen indicar que lo expuesto al aire libre en estos parques transmite justamente esos significados, deducidos por antropólogos, arqueólogos e investigadores durante los últimos 100 años. Hoy los guías, que junto a curiosos recorren el mayor conjunto de estructuras megalíticas de Suramérica, narran historias sobre un complejo sistema de pensamiento, en el que la espiritualidad parece serlo todo.

El enigma prevalece, y es precisamente eso lo que hace de San Agustín un municipio tan atractivo, incluso una parada obligada tanto para colombianos como extranjeros. Poco a poco, este pueblito de bareque, pintado de blanco y verde, devela un eslabón perdido en la historia de la humanidad. Los secretos de la vida y de la muerte, inmortalizados en la piedra, aguardan ser contemplados.

Pero, ¿a dónde ir? La elección más clara, la más conocida, es el Parque Arqueológico Nacional de San Agustín, donde están las cuatro mesitas principales. Desde el parque central del pueblo se puede llegar en taxi, a caballo e incluso a pie en un recorrido de 40 minutos. El ingreso, para adultos, es de $20.000 e incluye una especie de pasaporte precioso, con información de los cinco sitios arqueológicos dentro de la reserva y los otros nueve que se ubican cerca de allí. El librillo, además, tiene espacio para sellar las visitas.

Es necesario contar con por lo menos cuatro horas para recorrer todo el parque. Se arranca por la mesita D y luego la casa museo, que cuenta con ocho salas de exhibición donde se expone la historia detrás del descubrimiento de los megalitos en 1913 por el alemán Konrad Theodor Preuss, pasando por la excavación y la creación de las zonas protegidas. Algunas esculturas menores, sarcófagos de piedra y varias herramientas dan pistas sobre lo que se hacía en San Agustín.

Luego está el bosque de las estatuas, que dispone de 39 esculturas finamente talladas, dispuestas en un recorrido de 800 metros. Es el lugar perfecto para fijarse en los ojos de las figuras, se dará cuenta que ningún par es igual a otro. Luego se pasa a las mesitas, que se imponen, no solo con sus estatuas, sino también con sus montículos, templetes y las tumbas donde estas fueron encontradas. No obstante, son la fuente de lavapatas, con su complejo entramado de canales y piletas, donde se observan tallas de figuras humanas y reptiles, y el alto de lavapatas, los verdaderos cúlmenes de este recorrido, por la vista excepcional que ofrecen sobre la región.

Fuera del parque hay otros sitios reconocidos como el Alto de las Piedras, donde aguarda la enigmática figura del Doble yo, una de las más icónicas de la región; La Pelota y El Purutal, donde las piedras todavía conservan sus pigmentos negros, rojos, blancos y amarillos; o los petroglifos de El Jabón. Todos llaman la atención y están muy cerca del pueblo, pero si el tiempo es corto, la recomendación es visitar La Chaquira.

Se trata de un grupo de rocas volcánicas talladas con formas de varios animales, ubicadas al filo de una montaña. Al bajar por esta, se llega a un mirador, donde se encuentra la más reconocida de las figuras, un bloque de tres caras, cada una con una figura en posición de adoración, mirando hacia el cañón del Magdalena. Junto a esta es posible observar el paso del río más importante de Colombia y la caída de algunas cascadas. Se cree que fue un observatorio astronómico; uno en el que la imponencia de la naturaleza, la riqueza del suelo y la paz reinan.

Sin embargo, no hay mejor punto para contemplar el Magdalena que el estrecho del río, a unos 30 minutos en carro desde La Chaquira. Como su nombre lo indica, es el lugar donde más angosto se ve este afluente, y uno en los que más fuerza parece tener. Poderosa, el agua se ve flanqueada por una especie de plataforma natural, hecha de piedra volcánica, incrustada por pequeñas conchas fósiles, casi imperceptibles a la vista. La energía de este lugar recarga, y la presencia de mariposas amarillas le da una magia sacada de literatura.

En sí, San Agustín es una tierra encantadora. Su hechizo se esconde detrás de los misterios inmortalizados en piedra y la imponencia de la naturaleza. El salto de Bordones, una de las caídas de agua más altas del país, con las cascadas del duende, la paz y el ángel, son excelentes planes para los amantes del ecoturismo, mientras que los aventureros más asiduos pueden emprender la travesía de tres días hacia la Laguna de La Magdalena, donde nace la arteria más importante del país. Sin más, este pueblito bien podría ser el corazón de Colombia.

¿Cómo llegar?

Desde Bogotá, tomar un vuelo de Satena hasta Pitalito, Huila. Allí tomar una van en la terminal de transporte (vale $7.000 por persona) hasta San Agustín.

¿Dónde dormir?

El Hotel Estorake, a medio camino entre el pueblo y el parque arqueológico fue inaugurado hace un año. Con un estilo campestre y colonial, es una de las opciones más exclusivas de San Agustín.