Los espejos de la cordillera

Aguas que han sido el reflejo de historias de amor y de secretos de pueblos antiguos. Una parada en Nariño y Antioquia.

Arrancamos. Teníamos la firme idea de emprender un viaje en el que las lagunas se convirtieran en parte de nuestro itinerario y, finalmente, nos vimos cautivadas por un paisaje que derrumbaba cualquier fotografía que hubiéramos visto antes.

Salimos desde Bogotá, tomamos un vuelo rumbo a San Juan de Pasto y luego de ir a la laguna de La Cocha, ubicada a 20 kilómetros de la ciudad, nuestra segunda parada fue en Antioquia, en el municipio de Guatapé, a 79 kilómetros de Medellín, para conocer el embalse.

Lo cierto es que, más allá de supuestos, estos lugares encierran relatos fascinantes acerca de su origen y alrededor de ellos se han transformado los pueblos en complejos turísticos.

Primer trayecto: La Cocha
Pareciera ser una versión diminuta, quizá ficticia, de una Venecia helada, con casas tan juntas que apenas se alcanzan a diferenciar por los colores y, justamente por ellos, alguno dirá que evocan los tonos de la casa que Hansel y Gretel encuentran en medio del bosque. Llegamos allí, a Encano, luego de 40 minutos en carro desde San Juan de Pasto y de haber hecho una parada en el mirador para observar lo que íbamos a recorrer en lancha.

Fuimos a la laguna de La Cocha con dos amigos locales, Camila y Javier, quienes se encargaron de que viviéramos una aventura en esa tarde de domingo. En el camino, previo a una lluvia medianamente espantosa que cesó a tiempo, probamos el helado de paila, gotas suaves que hacían olvidar la existencia de la crema y de cualquier sabor que hubiéramos experimentado en algún momento.

Una vez estuvimos en Encano, comimos trucha frita, el plato típico después del cuy, en un restaurante de madera de donde veíamos las lanchas que se apilaban debajo de unos pequeños puentes y a las que fuimos para emprender el trayecto, negociado por nuestros acompañantes.

No son más de 10 minutos hasta la isla de La Corota, pero el frío, que es otro digno participante de este viaje, lo hace sentir más largo y, pese a la duda, tocar el agua de la laguna no representa una agonía. La niebla cayó rápido entre las montañas, en algún punto todo se tornó grisáceo y sólo un par de lanchas, entre ellas la nuestra, encallaban en el muelle azotado por las aguas y por un árbol resquebrajado desde la raíz que flotaba como si siempre hubiera estado de esa manera.

Una hora de espera. Eso fue lo que nos dio Luis, nuestro navegante, en medio de la humedad del bosque entramos a la caseta de Parques Nacionales Naturales para dejar constancia de la visita en un libro de registro y para que dos niños de 17 años fueran guías de aquel trayecto.

Dirían después, mientras caminábamos por un sendero de relieves hacia el mirador, que la laguna de La Cocha se había originado por un amor infiel. Contaban que la esposa del cacique de la región huyó con su amante y que en su escape se toparon con un niño a quien le pidieron agua de una vasija. La mujer, temerosa, se la echó en su cabeza y poco a poco esas gotas se desbordaron por el valle. Ella murió ahogada porque los dioses no le perdonaron su traición.

También relataron, entre risas, que en la isla de La Corota era común que a los duendes les diera por jugar. Y recordaron el relato de una pareja, que nunca solicitó guía, y fue llevada por un par de niños rubios a través del camino. Cuando terminaron el recorrido y llegaron al punto de partido se dieron cuenta que los pequeños habían desaparecido y nadie supo darles razón de ellos. No los habían visto jamás.

Llegar al mirador de la isla de La Corota es perder la razón en un atardecer que cae sobre las aguas azules y las montañas que las circundan. El único que suena es el viento. Un rugido leve, pero permanente, que causa revuelo.

Segundo trayecto: Guatapé
Después de saber que en la cima se podía apreciar uno de los más impactantes paisajes de Colombia, de haber comido uno de esos desayunos típicos paisas con arepa, huevos, buñuelos, calentao y chocolate, y de enterarnos que al bajar probaríamos otro plato emblemático de la cocina antioqueña, decidimos subir con más energía los 675 escalones de la piedra de Guatapé, uno de los monolitos más grandes y antiguos del mundo, desde donde se puede apreciar la magnitud del embalse de El Peñol.

El camino fue duro, pues a pesar de que por momentos las escaleras se adentran en las grietas de la roca, a la salida el ardiente sol de las 11 de la mañana nos dejaba exhaustas. Al llegar a la cima y contemplar a más de 500 metros de altura montañas con cientos de casitas blancas y hoteles que se sumergían entre las aguas azules, todo el cansancio que sentimos valió la pena.

Para hospedarse
Hotel Sindamanoy
Se encuentra en el Encano, en una de las orillas de la laguna de La Cocha, por tanto cuenta con un hermosa vista desde sus 23 habitaciones. El hotel ofrece cabañas hasta para seis personas y diferentes planes con traslados para visitar sitios turísticos de Nariño y Ecuador.

Chalet Guamuez
Construido en 1964 por el suizo Walter Sultzer, este lugar de Nariño es un espacio para disfrutar de la tranquilidad y el paisajismo pero también para divertirse en familia y vivir momentos de aventura realizando cabalgatas, caminatas, ciclomontañismo y paseos en lancha.

Hotel Portobello Mall
Ubicado en el corazón de Guatapé, frente al malecón del embalse, este hotel tiene como característica particular que cada una de sus habitaciones está decorada de manera diferente, permitiéndole a cada huésped vivir una experiencia única.

Hostería Los Recuerdos
Es uno de los más tradicionales hoteles de Guatapé. Sus huéspedes pueden elegir entre tres tipos de habitaciones, programas especiales y la posibilidad de llevar a cabo diferentes actividades como deportes naúticos en el embalse y visitas a El Peñol, entre otras.

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