Porto de Galinhas, dos días junto al mar

Hay lugares exigentes y este, en Pernambuco, Brasil, obliga a tener los cinco sentidos para disfrutar, contemplar y agradecer las maravillas de la naturaleza, que no escatimó en tiempo para adornar cada pedazo de su territorio. Relato de una viajera que no quería regresar.

Para disfrutar un viaje solo se necesitan los cinco sentidos. O, al menos, eso es lo que practico. Ojos con capacidad de asombro, oídos sensibles, olfato fino, gusto exquisito y tacto suave que logre percibir la más delicada brisa. Lo demás es añadidura. Para serles sincera, en esta ocasión al avión me subí con la maleta emocional medio vacía. Sin capacidad de asombro y con la sensibilidad alborotada. De conectarme se encargó el destino. ¿Cómo empezó? Con el único inicio que estaba escrito para esta historia: de a poco.

Porto de Galinhas, Brasil, 26 de agosto de 2017.

El encuentro tardó 40 minutos en carro desde Recife, capital del estado de Pernambuco. Por la ventana de la van, a la derecha, se alineaban las palmeras y un horizonte de sabana verde al que la vista no llegaba. A la izquierda, moles de cemento y vidrio guiaban el camino. Mientras mantenía la mirada al frente podía jurar que iba rumbo a un paraíso escondido. De esos que, con la vegetación, el olor a naturaleza y el silencio, logran llenar de paz el alma. ¿Qué más faltaba? Nada, pensé.

De Porto de Galinhas había oído que es el quinto destino más visitado de Brasil y el primero de Pernambuco. Que por diez años consecutivos fue considerada la mejor playa del país por los lectores de la revista Viagem e Turismo y que en 2013 logró el segundo premio Traveler Choice de Tripadvisor. ¡Ojalá algún galardón reconociera el momento mismo en el que su mar verde azulado y su playa caliente silencia la mente y despierta los sentidos!

Aquí nada está escrito. No hay itinerario que valga o guía que lo obligue a seguir un horario. Si quiere caminar, camine. Si quiere nadar, nade. Si se quiere broncear, este es el lugar. Si quiere sentarse bajo la sombra de una palmera con el sabor de una cerveza (cerveja, en portugués), bienvenido sea. No importa el día, ni la hora, en Porto de Galinhas toda la semana puede ser festivo. O acaso cómo podría ser la vida en un destino que cuenta con siete playas contiguas: Camboa, Muro Alto, Cupe, Porto de Galinhas, Maracaípe, Pontal de Maracaípe y Playa dos Carneiros.

Mi recomendación siempre será ir al ritmo del cuerpo. Y aquí sí que se aplica. Sin embargo, no les permita a las desbordadas ganas de descanso perderse de planes tan únicos como pasear en buggy desde 240 reales ($222 mil) para cuatro personas, practicar deportes náuticos como el windsurf o kitesurf, nadar en piscinas naturales rodeado de bellos corales por 25 reales ($25 mil) por persona o recorrer la Praia dos Carneiros a bordo de un catamarán.

Decir qué es lo mejor que tiene esta región no es tan sencillo. De hecho, lo describo como un balance entre dormir al pie de una palmera colgando de una hamaca o bañarse en arcilla para exfoliar la piel; entre descansar en un lujoso resort o pasar la noche en una de sus rústicas posadas; entre deleitarse con su típica comida de mar o calmar antojos comunes de sushi o pasta. El turista más explorador puede probar algunos de sus platos de cocina tradicional que se encuentran en los puestos de la calle, mientras el más sofisticado separa una cena en uno de los múltiples restaurantes de la calle principal. (Sugerencia: en cualquiera de los dos casos, es imperdible comer tapioca y beber una cerveza local).

A Porto de Galinhas se puede ir en familia, en pareja, con los amigos y hasta solo –como buen país latino, en Brasil es fácil encontrar compañía–. Para cualquiera de los anteriores escenarios, otros planes imperdibles consisten en visitar el Proyecto Hippocampus, que trabaja por la conservación del caballito de mar; el ingreso por persona cuesta 12 reales ($11 mil); y visitar el Museu das Tartarugas (Museo de las Tortugas), en el que guías expertos cuentan la importancia de preservar esta especie.

Es todo lo que tengo por contarles. El resto lo descubrirán en su visita. Conocerán qué se siente dormir todas las noches con el sonido de las olas y entenderán por qué la vida nos lleva a lugares impensables en momentos inesperados. A veces es justo coger un avión y atravesar el mundo para que las piezas encajen, para asimilar que, como dice la periodista argentina Leila Guerriero: “Se mira hacia atrás con vértigo. Hacia adelante con curiosidad. Nunca a los lados. Y se sigue y se sigue. Y todo parece bien, y hasta muy bien, o razonablemente bien. Hasta que un día se mira alrededor y ya no hay vértigo. Ni nada inesperado. Ni prodigios ni desastres”.

*Invitación de Copa Airlines.

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