Raudal de arcoíris

Un colorido salto de agua ubicado en el Vaupés, conocido como Jirijirimo, conecta a los viajeros con la sabiduría ancestral de las comunidades indígenas.

En el Jirijirimo la temperatura oscila entre los 25 y los 30 grados centígrados. /Flickr: Juan Anzola

“Al final de la tarde, el rumor del Jirijirimo se hacía cada vez más fuerte. Sonaba como cuando en la selva se va acercando una tempestad. La emoción iba de la mano del aumento del ruido sordo de las aguas. De golpe, cuando ya no podíamos conversar con el marinero porque la voz se ahogaba, nos acercamos al lugar donde el río se reduce brutalmente a unos 100 metros y se bota por una escalera de peldaños. ¿Cómo describir —anotamos en el diario— el sonido del Jirijirimo? ¿Cómo transmitir la sensación que crea un ruido de semejante caudal de corrientes enfurecidas, botándose de roca en roca, creando mares de espuma y nubes de rocío que alcanzan a crear cientos de arcoíris?”. Así describió el raudal del Jirijirimo el sociólogo Alfredo Molano, en su libro Apaporis, viaje a la última selva.

En el departamento del Vaupés, en la zona media del río Apaporis, se encuentran las vibrantes y estentóreas caídas de agua conocidas como Jirijirimo El nombre de este territorio virgen, en cuyo entorno selvático reside la sabiduría ancestral de las comunidades indígenas, significa “la cama de la anaconda”. Y es que entre las cuevas de piedra labradas por el agua blanquecina, aseguran los indígenas, hacen sus nidos esas poderosas serpientes constrictoras, que son al mismo tiempo habitantes y guardianas del río.

Viajar al Jirijirimo implica adentrarse en las profundidades de la selva amazónica. La accidentada topografía del Apaporis, que ha dificultado significativamente su navegación, ha mantenido este territorio libre de las bruscas transformaciones que suele traer consigo la actividad comercial. Bañado por la luz del sol y coloreado por la vegetación de su lecho, el Apaporis se mantiene tal cual han explicado los nativos: un gran árbol que cayó contra el suelo y se rompió, transformó su tronco en un camino continuamente fracturado, diluyó su follaje para convertirlo en agua y extendió sus ramas para dar vida a numerosos afluentes.

Pero ese nivel de conservación tiene un precio. Llegar al raudal del Jirijirimo exige una cuidadosa concertación entre los turistas, Parques Nacionales Naturales y las autoridades tradicionales agrupadas en la Asociación de Capitanes Indígenas Yaigoje Apaporis, que lo consideran un lugar sagrado. Todo un reto para quienes buscan conectarse con lo divino usando la naturaleza como puente, a la par que enfrentan los retos de trasladarse a las honduras del Amazonas.

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