San Miguel de Allende: el corazón de México

Arquitectura colonial, artesanías, arte moderno y deliciosos platillos han hecho de esta ciudad uno de los mejores destinos mexicanos. Sus hermosos atardeceres enamoraron a Cantinflas.

La fachada neogótica de la parroquia de San Miguel Arcángel fue diseñada por el albañil local Ceferino Gutiérrez en el siglo XVII. / Latin News XXI

Van sonando los corridos y los desgarros entre trompetas, vihuelas y guitarrones conforme el vehículo se aleja de Querétaro camino de la perla consentida de Guanajuato. De escolta llevo al sol y de brújula un sofisticado aparato con roaming de datos. Cada viaje a México tiene mucho que ver con el corazón. No hay nada en esta tierra que deje tu sensibilidad indiferente.

Hay un paseo muy recomendado al llegar a San Miguel de Allende para embeberse súbitamente en su belleza en una especie de trance sensorial, y a partir de ahí dejarse masajear el alma. Es el que se hace plácidamente a bordo de su típico tranvía, con un pintoresco recorrido de poco más de una hora y dos paradas, una en la zona del Chorro, donde se conservan en color teja los lavaderos tradicionales, el intercambiador de chismes que precedió a las redes sociales, y otra en el mirador que dejó absorto a Cantinflas. Al derroche visual se une la narración de leyendas, historias, cuentos y anécdotas de ilustres visitantes y residentes, y sirve para salir lo suficientemente extasiado e instruido como para seleccionar después cuáles lugares patear detenidamente. Si tu tiempo es limitado, es bueno ser selectivo, pues cada rincón vale la pena.

El flechazo de Cantinflas

La llaman en México la ciudad de las bodas, el lugar donde todo el mundo quiere ir a celebrar su matrimonio, y una vez allí es fácil entender el porqué. Es algo parecido a lo que sucede en Colombia con la Heroica. Su eslogan dice de ella que es “la mejor ciudad del mundo”, y el año pasado celebró orgullosa su posición como destino número uno en el mundo, según los lectores de la revista Travel+Leisure.

La Unesco declaró en 2008 todo su conjunto arquitectónico como Patrimonio Cultural de la Humanidad y larga es la lista de artistas, cineastas o músicos que la eligieron como locación o morada. Luis Miguel grabó en uno de sus atardeceres el videoclip de La fiesta del mariachi tras siete años de silencio. Es muy llamativo el flechazo que tuvo con la ciudad el mundialmente famoso Mario Moreno, Cantinflas. Cuentan que acudió por primera vez invitado por un torero y que al llegar al mirador y pararse ahí contemplando el horizonte quedó hipnotizado por la magia que brota de cada pedazo del paisaje. Enseguida compró una casa, que regaló a su mamá y que actualmente es el edificio principal del hotel Posada La Ermita; luego amplió su propiedad construyendo bungalows para invitar a sus amigos, y más tarde compró también la casa vecina y no compró una más adyacente porque el dueño no se la vendió.

Cantinflas no fue el único que sucumbió al embrujo. En su poder de enamorar al visitante mucho tiene que ver la luz plena del sol de México que cae formando arreboles de amaneceres y atardeceres, donde el contraste con la silueta de sus fachadas, iglesias y torres forma postales inolvidables; y su paz emanada al regazo del cromatismo de su arquitectura colonial en las plazas, calles empedradas e iglesias centenarias, podría decirle al viajero colombiano que es como una mezcla del casco antiguo de Cartagena, Villa de Leyva y Santa Fe de Antioquia.

La ciudad del arte

San Miguel de Allende es la perla del estado de Guanajuato, a unas tres horas en automóvil de la Ciudad de México, y es una visita obligada para almas sensibles a las bellas artes. Tiene una atmósfera cosmopolita por su flujo turístico constante y se ha convertido en uno de los pueblos de México donde más inglés puede escucharse debido a los numerosos estadounidenses que decidieron comprar casa.

Voy caminando, haciendo camino al andar, y en este camino siento su energía creativa. San Miguel es una ciudad inspiradora, llena de arte por doquier, y no sólo por su patrimonio arquitectónico; hay otro arte dinámico que te arropa, te envuelve, tanto el arte moderno concentrado en las galerías de la Aurora como el popular del mercado de artesanías del corredor que atraviesa la calle Loreto, con miles de las famosas cruces de latón y lámina natural repujadas, algunas de ellas con oraciones caladas, expuestas para la venta y a modo de hermoso adorno de paredes de casas, restaurantes o cafeterías, y otras cobrizadas para colgantes.

San Miguel lindo y querido

Suenan los acordes de La bikina al compás del beso tierno de las parejas de enamorados, atraídos como las aves al epicentro arbolado de la plaza con cada puesta de sol. La atmósfera se ameniza con la música popular mexicana y el cielo se tiñe de azules, amarillos y naranjas. El romanticismo inunda la noche. Los mariachis suenan junto a la iluminada parroquia de San Miguel Arcángel, rondando de terraza en terraza o rodeando el famoso quiosco de su plaza, donde uno puede pasar horas viendo la vida pasar, solo o arrunchado, con una michelada, un tequila o incluso una aromática.

La gastronomía juega con las cartas marcadas de vajillas artesanales y locales centenarios, decorados entre el tipismo y la exquisitez, y de sus platillos me quedo con los deliciosos molcajetes en restaurantes como Los Milagros, la Fonda de San Miguel o la Casa Allende. Yo pedí el mixto de arrachera y cecina y todavía disfruto su sabor. Otro placer es el de echarse en brazos de sus churros alargados y chocolate caliente en San Agustín, restaurante ubicado en una antigua mansión del siglo XVIII a pocos pasos del templo de San Francisco, cuya fachada churrigueresca es una de las tantas maravillas presentes en este paseo a través del tiempo.

Puro corazón

A San Miguel de Allende se la conoce también como “el Corazón de México”, por su situación geográfica en el centro del país, y ese corazón aparece por doquier en los puestos de artesanías y las tiendas del centro en forma de adornos en vidrio soplado de todos los colores, un lindo mensaje subliminal de amor y espíritu bondadoso, una prueba de la dulzura de carácter de sus gentes, tan dulce como sus famosos tumbagones, una especie de obleas enrolladas espolvoreadas con azúcar glas que parecen anillos. Cuenta la leyenda popular que al ponerlo sobre el dedo meñique y morder por la mitad debe quedar el otro pedazo entero sobre el dedo; si la mitad restante del bocado se desmorona significa que usted es infiel. Mejor no hacer la prueba: de 14 intentos que vi no hubo un solo caso de lealtad. Tal vez fue la torpeza del turista. También le ofrecen Pedos de Monja, chocolate relleno de la vecina Querétaro.

Me despido de esta joya desde el lugar que marca su impronta, tanto de noche como de día, la parroquia de San Miguel Arcángel, símbolo de la ciudad, regia en el fuerte color arcilla de las horas del atardecer. Erigida a finales del siglo XVII, su llamativa fachada de estilo neogótico fue diseñada por un maestro albañil local, Ceferino Gutiérrez, sobrepuesta en 1880. A vueltas con el asombro del prodigio de Ceferino, enfila el vehículo nuevamente el camino del altiplano rumbo a la Ciudad de México. Ahora es Juan Gabriel quien se despide en mitad de mi canto desgarrado. Aquí todo es puro corazón.

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