Sinú, tierra de costumbres y versos

El río que atraviesa Córdoba continúa siendo el mejor motivo de orgullo de sus pobladores. Su cauce ha inspirado a poetas y ha mantenido vivos hábitos milenarios.

unta de Piedras, a pocos kilómetros de San Bernardo del Viento, es uno de los más atractivos lugares de Córdoba. Allí, los turistas van en lanchas a fotografiar pelícanos. / Fotos: Pavel Regina.

Algunos, en realidad, sólo se habían acercado al Sinú, ese inmenso río que atraviesa a Córdoba, para comprobar el origen de estos versos: “Hay una tarde varada frente a un río/ y entre los dos un niño canta/ vaiviniéndose en su mecedora de bejuco”. Porque hasta entonces, para los del interior del país no había retrato más nítido de aquel lugar que huele a fruta madura, que las líneas que hace ya varios años escribió Raúl Gómez Jattin, su más vigoroso poeta. Por eso habían decidido embarcarse en esas lanchas rápidas y comprobar con sus ojos lo que una vez sentenció William Ospina: “En ninguna parte de sus versos se siente más la plenitud del vivir que en aquellos que describen su tierra (...) Frente a ese río, el río de su infancia, está Raúl cantando. El sol es como un fantástico fruto o como la promesa de una salamandra luminosa. Todo en la naturaleza parece capaz de dolor y de vida”.

Y allí estaba ese inmenso caudal que se desparrama desde la Cordillera Occidental, en los confines de Antioquia. Una gigantesca serpiente que, aún sin el habitual sol de las nueve de la mañana, brilla entre las ceibas y los almendros. Su cuerpo entero, que baja desde el Nudo del Paramillo con su color cobrizo y se junta con el mar en San Bernardo del Viento, les genera verdadero orgullo a los ribereños. Al hablar sobre él, ellos, que bien pueden ser de Cereté, Montería, San Pelayo, Lorica o San Antero, se remojan los labios y se les hincha el pecho. Igual sucede cuando mencionan al poeta del Sinú o al escritor David Sánchez Juliao. Es como si ahora los tres, junto a Manuel Zapata Olivella, fuesen una raíz indestructible de la cultura cordobesa.

Desde el aire esas tierras se ven como múltiples cartones verdes cortados a ras y de forma milimétrica, por los que corren cientos de reses y la vegetación tupida a la vera del río parece tragarse las barcazas. Cada tanto unas casuchas de palos y tejas rústicas se levantan sobre montículos de tierra húmeda. Por fortuna, el invierno este año ha sido compasivo y las crecientes sólo han dejado en algunas ramas altas trozos de bolsas plásticas.

El eco de los motores de esos botes —algunos rústicos, algunos de casi $200 millones— resulta la mejor diversión para las familias que les dan la espalda a enormes fincas ganaderas. Los niños, al oír esos bostezos lejanos, salen corriendo a las orillas y, descalzos, saltan, baten sus manos y corren en un intento por alcanzar la velocidad de las lanchas que cada diez o veinte minutos evaden los planchones: unos ordinarios ferrys que se mueven de lado a lado transportando gente con un viejo mecanismo de poleas.

Al detenerse en alguno de esos pueblos es inevitable contagiarse del ritmo caribe. En San Pelayo, por ejemplo, porros y vallenatos suenan con fuerza desde el interior de inmensas casas donde los viejos, siguiendo esa tradición milenaria, se sientan en mecedoras toscas frente a grandes puertas de madera que siempre están abiertas. Igual sucede en Santa Cruz de Lorica, que recibe a los visitantes con un sol feroz y un mercado de comercio frenético.

Allí, en medio de sombreros, carteras y sandalias de caña flecha, siguen latentes los aires de la cultura siria y libanesa. Su gastronomía de quibbes, tahine y coca cola; su arquitectura y sus mismísimos recuerdos no han logrado desprenderse de aquellos extranjeros de acento enredado que llegaron por el Atlántico en los primeros años del siglo XX. De ello, aunque hayan pasado tres y cuatro generaciones, siguen hablando con altivez los pobladores. Y lo hacen con una alegría que, pese al terror que hace años trató de implantar el paramilitarismo, parece seguir intacta.

El Sinú, aunque cada vez trata de eludir los escombros y las dificultades que bajan desde Antioquia, continúa siendo aquel paisaje capaz de parir algunos de los mejores versos de Colombia. San Antero, con sus cuatro tipos de manglares, y San Bernardo del Viento, con unas playas que todavía se antojan vírgenes, resultan su mejor complemento.

Sin embargo, muchos ya empiezan a añorar mejores tiempos. Peces como el bocachico, protagonistas de relatos legendarios, poco se ven por las aguas. Su presencia, antes sustento de miles de habitantes, es ahora una suerte de invierno. Por eso, las barcas areneras han sustituido las redes y los anzuelos.

En los más de sesenta kilómetros que hay desde Montería hasta Lorica, se ven en las orillas canoas largas en las que dos costeños, morenos, jóvenes y corpulentos, se lanzan y en veinte o treinta segundos clavan un balde en las profundidades. Luego lo jalan con una cabuya gruesa y poco a poco logran reunir seis metros cúbicos de arena. Duran alrededor de una hora y media en la que no paran de clavarse y respirar con ansias. Luego, con ayuda de niños menores de quince años, llenan a punta de palazos grandes volquetas. “Es que vea: el río nos lo ha dado todo —dice uno de los más pequeños—. Siempre hemos vivido de él. Ahora está empezando lo del turismo; vamos a ver”. Hace sol, apenas es mediodía y las gotas de sudor empiezan a escurrírseles por el mentón.

 

* Inivtación de la Gobernación de Córdoba

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