Taiwan, una revolución cultural

Mercados nocturnos, títeres, orquídeas, jade, peleas diplomáticas y otras impresiones de una extraordinaria isla al otro lado del mundo.

La entrada principal del salón conmemorativo Chiang Kai-Shek en Taipei. /123rf

 Taiwán ha emprendido una discreta, ambiciosa y paciente revolución cultural que empieza por guardar tradiciones ancestrales que fueron perseguidas en China cuando llegó el comunismo, y sigue con una lucha de reconocimiento internacional como país soberano y demócrata, a pesar de que China Continental crea que es un apéndice, una provincia secesionista. Las calles de Taipei, la capital, son una muestra de esa diversidad.

Cada 30 cuadras hay un suntuoso templo budista o taoísta, y no es raro encontrar a su lado un edificio imponente, después un Starbucks, un almacén Channel o un mercado nocturno popular, donde hacen masajes en los pies y venden sopas sabrosas, calamares fritos y hasta culebra.

Se puede pasar la tarde en un mercado de orquídeas, tomando té oolong, esa bebida azulada que beben todo el tiempo en Taiwán y dicen que es milagrosa, rejuvenecedora. O cruzar la calle y de pronto encontrar un mercado de jade, una piedra fría y dura que tallaban desde la antigüedad y hoy sigue siendo admirada y portada como una gema de protección. Pero en la noche, ese caminar lento y contemplativo puede cambiar de forma estrepitosa por sonidos eléctricos y cadenciosos en una discoteca, como Luxus o Myst, que nada tienen que envidiarles a las de Nueva York, Sídney o Londres.

Al día siguiente, con un poco de resaca, bien puede uno ir a los baños termales de Beitou, a 30 minutos de Taipei en metro, para conocer una tradición japonesa que queda como eco de los tiempos en que esta isla fue gobernada por los nipones.

Los asuntos políticos son igual de complejos e interesantes. Taiwán formaba parte del territorio chino hasta que los japoneses ocuparon la isla, China se la cedió con un tratado que puso fin a una guerra entre ambos países. Los taiwaneses se resistieron y fundaron la República Independiente de Formosa, que sólo resistió 184 días la avanzada del ejército imperial japonés. Los nipones gobernaron Taiwán 50 años, hasta que Japón, derrotada en la Segunda Guerra Mundial, dejó la soberanía de la isla en manos del bando nacionalista que también había sido vencido por la entrada del régimen comunista de Mao a China Continental.

Desde entonces las relaciones de la llamada República China, como también se conoce a Taiwán, y China Continental son bastante tensas. Sobre todo desde 2005, cuando China promulgó una ley antisecesión en la que amenazó con intervenir militarmente a Taiwán si declaraba su independencia. Por ahora, los tiempos son más sosegados, el gobierno de Ma-Yinjeou dice que hay que mantener el statu quo para dejar que la solución llegue con el tiempo, no importa que eso signifique cien años.

Y el statu quo es preservar el difícil equilibrio de no a la guerra, no a la unificación y no a la independencia. Claro, mientras que aguardan a que tarde o temprano los chinos pidan a gritos márgenes reales de deliberación política, social, cultural y económica.

El experimento de Ma-Yinjeou ha funcionado, ya que pasó de no tener contactos con China a firmar 18 acuerdos comerciales de importancia. Y aunque no es fácil distinguirlos en las calles, los taiwaneses se ufanan de decir que son cada vez más los chinos que los visitan. Lo cierto es que Taiwán no ha renunciado a ese pulso por el reconocimiento mundial. Para ellos ya no se trata de un capricho político, sino de una necesidad producto de un crecimiento comercial y económico enorme que los ha puesto en la mira de todos.

Esta semana, por ejemplo, empieza a definirse en Montreal (Canadá) el ingreso de Taiwán a la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), al menos como observador. En todo caso, las autoridades resaltan con esperanza que es la primera vez que han sido invitados a una asamblea del OACI, después de perder su escaño en las Naciones Unidas, hace 42 años, cuando su lugar fue ocupado por la República Popular China, y que esta vez el presidente Barack Obama respaldó su entrada.

“¿Quién podría negarse a que mejoremos la seguridad del mundo?”, se preguntaba el vicepresidente de China Airlines, Steva Yang, al decir que es un asunto “de estricta seguridad” y daba algunos datos: tienen 1,3 millones de vuelos anuales y el tránsito de más de 40 millones de pasajeros. Controlan más de 150 rutas semanales a Europa, 400 a Estados Unidos, 660 a Japón y más de 1.200 a China Continental.

Taiwán, donde las jóvenes usan pestañas postizas para resaltar su mirada, un metro moviliza a millones de personas sin que se vean colas o empujones, aún existe el teatro de marionetas y hay tantas historias de amor como de artes marciales, sigue buscando ser reconocida. Al menos su revolución cultural ya parece imparable.

*Invitación de la Oficina Comercial de Taipei.

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