Un recorrido con los sentidos por Colombia, Perú y Brasil

El río Amazonas es un afluente lleno de significados, historia y misticismo que hay que estar dispuestos a ver, escuchar, sentir y tocar.

Los atardeceres del Amazonas son uno de los atractivos que más valoran los turistas en esta región del país. iStock

El Amazonas es uno de esos lugares que hay que visitar alguna vez en la vida. La selva, el río y su biodiversidad son sólo algunas de las cosas para descubrir en esta mística región llena de historia, tradición y mitos, en la que se conservan más de 30 comunidades indígenas y miles de especies que conforman el pulmón del mundo.

A Colombia le pertenece solo el 2 % del total del tramo del río, sobre el cual se desarrollan tres actividades. La primera es la conservación, que se acentúa en lugares como el Parque Nacional Amacayacu y comunidades indígenas asentadas sobre su ribera, que velan por la conservación de las especies más conocidas y amenazadas; la segunda es el comercio, debido a que el río es el límite entre Colombia, Perú y Brasil, por donde ingresa la gran mayoría de alimentos y productos que se consumen en la región, y por último, es centro de turismo, porque en Leticia confluye la mayor parte de los visitantes que llegan del centro del país, y es porque para llegar a este departamento hay que hacerlo en avión, ya que no existen carreteras que crucen la selva.

Leticia es una ciudad tropical con mucho que ofrecer. Lejos de ser un lugar desolado, es puerto y sede de civilización cultural, en el que confluyen lenguas indígenas con el portuñol. Sus calles están llenas del comercio que deja su cercanía fronteriza con Brasil y de lugares históricos como el Museo Etnográfico del Banco de la República o, selva adentro, el Parque Mundo Amazónico, donde se protegen y conservan tanto especies de plantas aborígenes como parte de la historia de las tribus más grandes de la zona: ticunas, boras y uitotos. Pero la magia del Amazonas está sobre el río, o dentro de él. 

Partir desde el puerto de Leticia es comenzar con la maravilla de sus casas sobre palos que alcanzan los 14 metros, la altura a la que puede llegar el afluente en la temporada de lluvias. Verdes, rosas y azules se ven las casas, que van desapareciendo a cada orilla del inmenso río, que en su tramo más ancho puede expandirse hasta 48 kilómetros.

Ya en el río la decisión es qué país conocer. Hacia el occidente está Brasil y la ciudad de Tabatinga, al oriente Perú y las reservas indígenas, pero además, en este mismo costado está Colombia, Puerto Nariño y sus calles libres de motos y vehículos.

Lo primero que sobresale es el color natural del río. Desde su nacimiento en el nevado Mismi, en Arequipa, Perú, el agua lleva consigo los sedimentos naturales del lugar que lo hacen único hasta su desembocadura en el océano Atlántico. Luego, están los troncodrilos, como los lugareños llaman a los restos de árboles que flotan a lo largo del Amazonas, y finalmente el atractivo que todo turista quiere ver: los delfines rosados y las pirañas. 

Estos últimos son tan irreales como todo lo que se encuentra en la zona. Las pirañas no muerden si no se sienten amenazadas y los delfines no están constantemente saltando en el río. Verlos a ambos es tan mágico como ver a un pirarucú de oro, uno de los peces más grandes y apreciados de la región, o una anaconda en su estado de mayor pasividad. 

La diversidad de especies que se encuentran en el Amazonas ha hecho de la región una zona proclive a la comercialización ilegal de especies. A pesar de que algunas comunidades indígenas sobreviven de la preservación de animales como los perezosos o guacamayas, es innegable que el mejor estado en que se podrían encontrar es dentro de la selva, alejados de los humanos. No es una tarea fácil, aunque hay buenos ejemplos, como el de la Isla de los Monos, donde a pesar de que los animales tienen un contacto directo con los humanos, viven en su ambiente natural.

Y es esa la mejor forma de admirarlos. Nada como encontrar un tucán en medio de los árboles, dando pistas sobre su paradero con su canto, un águila sobrevolando la copa de los árboles que no se ven afectados por las inundaciones del invierno o un mono, capuchino, blanco o araña, observando con calma lo que pasa en su camino.

Además de la fauna, la riqueza en flora es indiscutible. La victoria regia es una planta con una flor de un día que es impensable no disfrutar. Dormideras, asaí, uña de gato, yagé o marañón son especies fáciles de encontrar y palpar, y que ya sea por su tamaño, sabor o forma ,son reconocidas en la zona.

Por otro lado, están los indígenas, en su mayoría occidentalizados por evangélicos que han llegado al Amazonas a convertirlos, pero que han tratado de preservar algunos de sus conocimientos, como los ticunas, que viven en la reserva de Macedonia, sobre la laguna de Tarapoto, quienes a pesar de convertirse al catolicismo, conservan su lengua y la memoria de algunos ritos, o aquellas comunidades que han decidido no tener contacto con el hombre blanco y seguir viviendo como desde el inicio. 

Esto hace aún más llamativo el sentir de la selva. Llena de riqueza viva como espiritual. De historias como las de los delfines que salen disfrazados del río para llevarse a las doncellas bellas y vírgenes, o de historias sobre cómo duendes deambulan en la selva o jaguares que en dos patas cargan a las tortugas como presas.

Para conocer el Amazonas es necesario tener activados los cinco sentidos. Estar dispuesto a sentir tanto el roce de las plantas como escuchar el zumbido de los insectos. Conocer el Amazonas es saborear sus condimentos y frutos, así como ver el sol perderse en medio de los últimos tonos del cielo y del río, único, y lo mejor, que aún es nuestro. 

*Invitación de Fontur

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