Una aventura 4x4 por Quindío

A bordo de poderosos vehículos todoterreno, recorrimos el segundo departamento más pequeño de Colombia. Este edén cubierto de cultivos, montañas y valles ofrece algunas de las mejores postales del país.

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Estábamos saliendo de un bosque tupido, por una carretera destapada, hacia una de las tantas carreteras abismales que recorren nuestro país; una secundaria. Las montañas comenzaban a oler a café, a plátano y a palma de cera, mientras que en la radio, como por obra del destino o de la casualidad, sonaba Paradise, de Coldplay. Tan pronto los árboles nos dejaron ver el cielo, tuvimos que detener el auto. Nuestros ojos no podían creer lo que estaban viendo.

Habíamos llegado al Quindío el día anterior, miércoles, por invitación de Chevrolet. La marca del corbatín había decidido poner sus mejores vehículos, o al menos todos los que tienen tracción 4x4 o sistema AWD, a disposición de un grupo de periodistas y varios de sus clientes, para recorrer las mejores y más retadoras carreteras del departamento, visitar paisajes inesperados y probar deliciosas tazas de café.

Toda caravana necesita una base de operaciones, y en este caso el lugar elegido fue el Hotel Mocawa, un resort ubicado en La Tebaida, que combina la colorida estética típica de una hacienda cafetera con todas las comodidades de un hospedaje de primera categoría, en medio del paisaje montañoso que caracteriza al segundo departamento más pequeño de Colombia. Otra de sus ventajas es su ubicación, a menos de medio kilómetro de la vía que conecta al municipio con La Paila y Armenia, facilitando todos los recorridos.

Pero las vías pavimentadas son solo un medio para el fin; después de todo, en una buena aventura 4x4 el camino es tan importante como el destino. Lo es aún más en autos con prestaciones robustas como las de la Trailblazer y la D-Max, pues lo hacen todo más divertido; o lujosas, como las de la Equinox y la Traverse, que lo hacen mucho más cómodo a pesar del terreno. Eso sí, todas sin excepción ponen a prueba la pericia del piloto y los nervios de los pasajeros.

Una primera prueba de ello la tuvimos durante el recorrido que lleva del hotel a la hacienda Maravelez. El destapado que lleva a la finca es leve, pero se compensa con una impresionante vista sobre el valle del mismo nombre, custodiado a ambos lados por montañas y bañado por dos ríos: el Quindío y el Barragán. Al bajar a este, los caminos se cubren por túneles de árboles y cultivos de varias frutas y, por supuesto, café.

Allí, en medio de este edén de bolsillo, está la hacienda, de corredores largos y tejas de cerámica. La casa y las tierras le han pertenecido a la misma familia durante seis generaciones y —además de sembrar interminables cultivos de piña, una de las más dulces del mundo, y guadua— desde hace seis meses recibe huéspedes. Así, además de probar el poderío de la Trailblazer en uno de los ríos, también pudimos conocer el proceso detrás de estos cultivos. Otros visitantes pueden hacer caminatas ecológicas, paseos a caballo o en bicicleta, en busca de monos aulladores, iguanas, tortugas, iguanas y armadillos, para terminar observando el esplendor del valle, en pleno atardecer, a la sombra de un caracolí centenario.

A la mañana siguiente llega el plato fuerte. Muy temprano tomamos rumbo hacia Salento, uno de los pueblitos más lindos de Colombia. De paso podemos ver un poco del Jardín Botánico y algo de Calarcá, pero seguimos, porque el camino es largo. Tras una parada de descanso en el municipio, hogar del Valle de Cocora, retomamos camino por entre las montañas. Cañones majestuosos, páramos y vías cada vez más complejas se muestran casi intactas hacia el oriente, a Tolima. Se trata de la ruta libertadora, recorrida antaño por Alexander Von Humboldt, Simón Bolívar y cientos de colonos.

Más adelante se encuentra el bosque de Tochecito, un cañón que sorprende al ojo con su naturaleza intacta y sus más de 600.000 ejemplares de palmas de cera. Se trata de la concentración más amplia del mundo de ejemplares de nuestro árbol nacional. Una cifra que se ha mantenido así durante más de 50 años a causa del conflicto armado, que no permitía la entrada de aventureros al lugar. Mientras los penachos tupidos se bambolean y acarician las nubes, vale la pena bajar la velocidad y contemplarlos, pues hay quienes dicen que no pasará mucho antes de que nos quedemos sin este paisaje; después de todo, la zona aún no se encuentra protegida.

Con la tracción en las cuatro ruedas activada, seguimos nuestro camino hacia el municipio de Toche, donde aguarda dormida la última parada, en cierto modo desconocida para muchos. El recorrido es largo y requiere paciencia, así que por más que los autos sean cómodos, es recomendable contar con al menos un cambio de piloto (sobre todo si no se es experto), buena música, agua y snacks a bordo. Además, los constantes cambios de altura y climas obligan a tener bloqueador y hasta una buena chaqueta.

Luego de cinco o seis horas de haber tomado camino llegamos al cerro Machín, en plena Cordillera Central de los Andes, que es un volcán activo pero en estado de reposo. Si bien la montaña está cerca de La Línea, pocos la reconocen y mucho menos saben que es un volcán, pues se trata de una catalogación 100% confirmada hace poco más de dos décadas.

Lo anterior se debe, en parte, a que a simple vista el Machín no parece una montaña de fuego. De hecho, su altura a los 2.750 metros lo hacen el de menor altura del país, mientras que su cráter, de 2,4 km de extensión, es uno de los más amplios. Lo suficiente como para albergar una especie de laguna y un domo cubierto de vegetación en el que se levantan palmas de cera. Como si fuera un corcho, esta pequeña montaña tapa el boquete, pero deja lugar para que haya fumarolas.

Esto, sin embargo, no ha evitado que familias como la de don Ramón, uno de los líderes comunitarios y guías del cerro, construyan sus hogares, canchas e incluso colegios dentro del cráter, las laderas y hasta las faldas. Es que la belleza del paisaje y la tranquilidad del lugar tienen una vibra que atrae a los visitantes. Allí los planes son de camping, picnic, termales y caminatas hasta la fumarola; eso sí, a riesgo de cada quien, pues dicen los geólogos expertos que el Machín podría hacer erupción en cualquier momento.

Orgullosos, felices, de haber subido al Machín, tomamos el camino de regreso a La Tebaida. Saliendo de un sector cubierto por árboles hacia un precipicio nos agarra el atardecer, que pinta de verde y naranja el panorama mientras Chris Martin canta sobre el paraíso. Más adelante, en el bosque de Tochecito, ahora cubierto por la niebla y la lluvia, el sol y la casualidad vuelven a hacer de las suyas y nos regala un arcoíris. Mientras Tolima y Quindío se despiden con todos los colores, en el auto suena Stairway to Heaven, de Led Zeppelin. Manejar por los paisajes de Colombia verdaderamente es una maravilla.

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