Viaje al Cañón Negro

Este es uno de esos lugares del mundo que se debe visitar al menos una vez en la vida. No hay lujos, tampoco atracciones mecánicas y mucho menos comodidades. Lo que hay es una obra milenaria de la naturaleza llena de vegetación con elementos propios de una aventura, como un calor intenso y abundantes mosquitos.

El Canón Negro debe su nombre al río Gunnison, que lo atraviesa a lo largo de  19 kilómetros.  / Parque Nacional Cañón Negro del Gunnison.
El Canón Negro debe su nombre al río Gunnison, que lo atraviesa a lo largo de  19 kilómetros. / Parque Nacional Cañón Negro del Gunnison.

La llegada no es sencilla, pero tampoco es tan complicada como pareciera. Basta con tomar un vuelo de Bogotá a la ciudad de Montrose, en Colorado (Estados Unidos), y disponer de 20 minutos en carro para divisar el imponente panorama.

Después de ponerse suficiente bloqueador, una cachucha y alistar la cámara fotográfica, estará preparado para conocer el cañón más profundo del mundo: el Cañón Negro del Gunnison. Cuenta la historia que fue formado por el lento pero continuo e incansable proceso de erosión, el efecto de una gota de agua a la vez, el azote de un río crecido por las inundaciones, los desprendimientos de rocas ocasionales y el implacable deslizamiento de la tierra.

Su nombre se debe, primero, a las cinceladas que recibe del río Gunnison mientras se apresura a unirse con el río Colorado, que tiene 86 kilómetros de largo, pero de los que sólo los 19 más profundos y espectaculares yacen dentro del Monumento Nacional Cañón Negro. Y segundo, a los inclinados rayos de sol que penetran las profundas y angostas paredes, las cuales están cubiertas de sombra la mayor parte del día.

Varios cañones del oeste exceden en tamaño al Cañón Negro. Algunos son más angostos o tienen las mismas paredes escarpadas, otros son más largos, pero ningún otro en Norteamérica combina la profundidad, la rocosidad y el aspecto sombrío como lo hace éste. Rasgos que han llevado a que este lugar sea preservado en su estado salvaje. Actualmente es hábitat de ardillas, comadrejas, golondrinas, águilas doradas, buitres, halcones, marmotas, osos negros y, ocasionalmente, es hogar de pumas y otros gatos en vía de extinción.

Y no es para menos. Aunque su apariencia es desértica, la cantidad de vegetación excede a la que cualquier persona podría imaginar. Dependiendo de la época del año, el clima puede ser extremadamente frío o cálido, pero siempre con un aire seco que suele impactar la piel. Si va en carro, la entrada al cañón tiene un costo de $45.000; si se moviliza en bicicleta, en moto o a pie, el valor se reduce a $21.000.

Los planes consisten en recorrer las tres paradas del cañón para divisar su inmensidad desde diferentes ángulos, conocer, por medio de un video de 25 minutos, la historia de cómo se fue formando este cráter y disfrutar del centro de visitantes en el que, además de comprar souvenirs, puede adquirir revistas y guías de viaje, palpar trozos de rocas y ver imágenes del cañón en distintas épocas del año.

Aunque el recorrido se realiza en un par de horas, la mente difícilmente se desprenderá de este majestuoso lugar, y, una vez conocido, el visitante guardará los recuerdos como si se tratara de postales.

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