La vuelta ?al mundo

Recuerdo que cuando era muy pequeño, mi papá salía mucho de la ciudad y yo acompañaba a mi mamá a dejarlo en el aeropuerto.

Había algo en el olor de ese lugar que me hacía pensar que viajar era rico y hasta ahora todavía lo creo. Cuando viajábamos en familia, el plan se convirtió en ir más allá de lo simple y en explorar sin ceñirse a los itinerarios. ?

Con mis papás ya había conocido parte de Estados Unidos y Venezuela, pero el primer gran viaje lo hice con cinco amigos y mi papá, recorriendo Suramérica en carro. Nuestro principio básico era devolvernos una vez tuviéramos la mitad de nuestro presupuesto. Cada uno llevaba mil dólares y cumplimos la cuota en Buenos Aires, una ciudad que para mí fue todo. Sin embargo, ya allí, los presioné para ir a Uruguay y Brasil. El regreso fue caótico porque se fundió el carro, pero con eso adquirí mucha experiencia de viajero. ?

Luego, me fui a vivir a Noruega en un programa de intercambio cultural. Estuve un año. Es un país rico, organizado, muy perfecto. Si uno se adentra en uno de sus bosques, se encuentra en la mitad de la nada un quiosco donde venden lo que uno quiera. Lo mismo me pasó cuando fui a Dinamarca y a Suecia, que son igualitos. Uno se da cuenta que las sociedades civilizadas son posibles pero son tremendamente aburridas, les falta la parte más picante. ?

Antes de terminar mi año de intercambio, duré un mes viajando por interrail y durmiendo en camping, la opción más económica si realmente se quiere conocer. Estuve en Francia, Italia, Grecia, Alemania, Holanda, visité cuanto museo me apasionaba. A mí no se me olvida haber acampado en una montaña a las afueras de Florencia y ver la ciudad de noche. Me acuerdo que había cargado una botella de aguardiente durante el viaje y me la tomé con una amiga en la carpa. Eran pequeños placeres, era algo un poco más mundano. De hecho, como donde el olor me parezca delicioso o donde vea que es agradable. Lo más raro que he probado son grillos en salsa de soya en Tailandia. Ese toque de improvisación siempre ha hecho que me vaya bien.?

Fue en ese momento, cuando ya vivía en Inglaterra y había decidido ser fotógrafo, que se me volvió obsesión darle la vuelta al mundo. Me di cuenta que podía hacerlo porque tengo una buena relación con mi soledad. En un viaje corto a Escocia había conocido a una mujer de la eco-comunidad Auroville en India, así que me fui para allá, aprendí una larga lista de cosas bonitas y después de dos meses, definí que quería seguir viajando por el país, que se convirtió en mi favorito porque es el único lugar diferente en todo el planeta. Después, lo que hice de puro antojo fue saltar de país en país. Duré un año y medio en esas, pero la ruta la iba decidiendo en el camino. ?

Fui a Nepal a conocer los Himalayas, luego ingresé a China por el Tíbet, salté a Vietnam y llegué también a Laos, donde me impregné de la filosofía budista. Por el voz a voz me enteré de que los novicios salían a las cinco de la mañana en silencio a recibir alimento de los habitantes. Las personas se paran en las puertas con una olla en la que han cocinado algo, arroz, vegetales, y pasan los monjes y se le da a cada uno una porción. Tengo una fotohistoria de eso. ?

Allí también supe que para pasar a Tailandia se podía cruzar el río Mekong en lancha durante tres días. Fue alucinante parar en mitad de la selva y pedirle hospedaje a los indígenas. Después viajé a Malasia y crucé hasta Australia y allí se me acabó la plata. Me devolví a Colombia después de seis años de estar afuera pero regresé con esa sensación de que el único continente que no he pisado es África. También me falta conocer Japón y hacer la ruta transiberiana. Ahora, estoy viajando mucho por Colombia y voy cada tanto a Perú y Nueva York. Todavía tengo bastante que recorrer.

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