El primer cat café de Colombia

Gatos y Blues, en el sector de La Soledad, en Bogotá, rescata gatos bebés, les ayuda a recuperarse y a encontrar un hogar. Al son de un buen blues es posible jugar con los felinos.

Andrea Echeverri y Diego Martínez inauguraron el cat café el año pasado.Cristian Garavito - El Espectador

“Cuando mis ojos hacia el amado gato van, como a una piedra imántica, hacia mí se regresan dócilmente, y me miro a mí mismo, y con asombro compruebo el fuego de sus pupilas pálidas y en la mirada fija, vivientes ópalos, translúcidos fanales”, reza una de las paredes de Gatos y Blues, el primer cat café de Colombia. El poema de Baudelaire, dedicado a los felinos, describe a la perfección el encanto natural de los gatos, su belleza y su misterio.

A estos lugares, que nacieron en 1998 en Taiwán y que poco a poco han ido ganando popularidad –hay por lo menos tres en Bogotá– los comensales llegan a relajarse, tomar una bebida caliente y compartir un rato agradable jugando y consintiendo a los gatos. Si hay química, pueden terminar adoptando uno.

“Esa voz perlada que se filtra en mis cavidades tenebrosas, como innúmero verso me complace, como droga que estimula la alegría. Adormece todas las crueldades, el éxtasis en ella se aposenta, y para volverse inteligible prescinde de palabras”, insiste el francés, contradiciendo la imagen egoísta y oscura que suele tenerse de los felinos.

Quizás esas particularidades, sumados al encanto bohemio de los gatos, fueron los que enamoraron a Andrea Echeverri, docente e investigadora de cine y mente maestra detrás del café. Según ella, la idea “surgió básicamente del amor a los gatos” y de las ganas de, de alguna manera, completar la familia una vez Tomás, su hijo, fue lo suficientemente grande.

Primero llegó Gâteaux, que necesitaba hogar. “Un año después me encontré un gatito enfermo y malherido, entonces decidimos rescatarlo y cuidarlo, le pusimos Aki”. Luego se encontraron a Lulú, abandonada y desnutrida. Con tres gatos en la casa, era momento de buscar soluciones.

Tres años antes, Andrea y su familia habían viajado a Londres. “Allá nos enteramos de la existencia de los cat cafés, pero era con cita y no pudimos entrar”. Sin embargo, la semilla quedó plantada.

De regreso a 2017, Diego, su esposo, quería un cambio. Ha sido periodista especializado en blues por más de 20 años e incluso tiene uno de los programas más reconocidos del género en Iberoamérica, Historias del Blues. Es su pasión. Pero incluso las pasiones más intensas, cuando uno está en un mismo sitio, piden nuevos aires.

Teniendo en cuenta los altibajos de la docencia y preocupada por el futuro, la familia tomó la decisión de crear su propio negocio. “Como no pude conocer un cat café, creé el mío”, cuenta Andrea riendo. Combinando su amor con el de Diego, lo más lógico era que el blues ambientara el lugar, a fin de cuentas, es un género nocturno, libre e independiente. Hasta se podría decir que tiene un espíritu muy compatible con el de los gatos.

Comenzaron sin una gota de experiencia. Él estudió barismo, ella hizo cursos de negocios, gerencia, mercadeo, ventas, planeación, producción y hasta de creación de juguetes para gatos. A la par, hicieron un gran sondeo en redes sociales y, teniendo en cuenta la opinión de 300 personas, decidieron dejar su casa en La Candelaria y montar el café en La Soledad, junto al Parkway.

Los gatos están presentes desde el momento que el visitante sube la escalera y entra a la casona. A los costados, como formando una L, están las mesas y en el centro, delimitado por dos paredes de cristal que van desde el piso hasta el techo, está Gatolandia, la sala de juegos donde aguardan los mininos. Todo está debidamente separado para que la comida y los gatos no se junten, no sólo porque puede ser molesto para las personas, sino también porque “nos preocupa que un gatito coma comida humana, que no les sienta bien, les hace daño. A fin de cuentas, ellos son nuestra razón de ser”.

Todos los gatos del café provienen de lugares o condiciones de extrema vulnerabilidad, y llegaron allí de la mano de rescatistas bien referenciados o conocidos por Andrea y Diego. Las condiciones es que sean menores de seis meses, de forma que no sean muy territoriales y no sean muy grandes para el espacio disponible en Gatolandia, después de todo es un espacio con juguetes, puentes, rascadores y camas, muy similar a un jardín de infantes. Además deben llegar con exámenes de virales hechos.

“Hubo un momento en el que nos suavizamos con esa condición, y aunque los teníamos aislados, perdimos a dos gatitos que estaban enfermos”, relata Andrea. Es consciente de que la fragilidad de los más pequeños es absoluta y aunque está lista para ayudar en la recuperación a quienes llegan enfermos, de hecho, les hace todo el esquema de vacunas, les da la mejor comida posible y hasta los esteriliza para evitar la sobrepoblación felina, prefiere evitar los riesgos más grandes.

Cuando los gatos sortean todo este proceso, quedan disponibles para la adopción. Quienes entran a Gatolandia y se enamoran de uno de ellos llenan un formulario que evalúa su estabilidad emocional, su estabilidad económica y sus condiciones de vivienda. Estos datos, comparados con las personalidades de los felinos, ayudan a determinar cuál es el mejor hogar para cada uno. 

“Nieve es supersociable, no le gusta estar sola, entonces para ella buscamos un hogar en el que haya más gatitos; Lola es territorial, por lo que es mejor una casa donde no haya más gatos, y Rayitas es escapista, así que la casa no puede tener patio ni terraza”, comenta la docente. La única recomendación para llevárselos es adquirir el kit de llegada al hogar, que incluye arena, comida, juguetes y una arenera.

Todo el proceso termina siendo beneficioso tanto para humanos como para gatos. Por un lado, y como Baudelaire, Andrea está convencida de los beneficios de tener un minino: “Porque son mágicos, dan paz, relajan, curan el cuerpo y el alma. Mejoran la frecuencia cardíaca, solucionan muchos problemas de huesos por la vibración del ronroneo y se llevan la depresión”.

Por el otro, tomarse un café, comer algo, dar un aporte económico para entrar a Gatolandia o adoptar y llevar el kit les asegura bienestar a los felinos. “Así ellos les pierden miedo a las personas porque llegan es a consentirlos y nosotros reunimos fondos para poder rescatar cada vez más gatitos”, concluye Andrea.

 

últimas noticias

¿Donde nadar con tiburones?

Rush, la nueva apuesta de Toyota

Ucumarí, un robot para la exploración espacial

Aventura en los desiertos del Perú

Una aventura 4x4 por Quindío