Ponme el sombrero

Me gusta esmerarme a la hora de hacer el amor.

Tengo en mi iPod una lista de música que procuro actualizar, me preocupo por la intensidad exacta de la luz y me esfuerzo por descifrar el genio de la compañera: ¿anda con ganas de un asalto violento y fugaz? ¿Lo preferirá lento y de amplio preámbulo? ¿Querrá que baje? ¿Querrá bajar?

A los hombres nos gusta que el sexo salga bien. Nos importa quedar satisfechos. Satisfacer. Terminar la velada con una mirada recíproca de sorpresa y admiración: ojos que dicen “que gran amante que sos”.

Dentro de este descomunal esfuerzo, siempre me costó saber qué hacer con el bendito anticonceptivo, que siempre se atraviesa en la perfecta armonización de la velada, como una barricada antipática entre el deseo y el placer.

Por años ensayé con voluntad de atleta romper la marca de tiempo que me demoraba poniéndome el forro. Fueron años de disciplina, de ensayo y error, de encontrar el lugar idóneo donde guardarlos, de dar con el movimiento preciso para sacarlo sin dejar el jugueteo, de dominar el arte de abrir el sobre con una sola mano, de sacarlo con la punta de los dedos y en uno, dos, tres segundos, tomarlo, apretarlo, bajarlo, ajustarlo y ya está.

Hoy puedo declarar, triunfalmente, que soy un experto ponedor de condones. Ya la velada no se interrumpe ni el amigo se acobarda ante la amenaza de asfixia o la repentina interrupción.

Soy igual de bueno al momento de quitarlo de encima. El procedimiento no riñe con la charla amigable post coito, ni con el abrazo silencioso. Sé anudarlo para que la alfombra no sufra, y aprendí que a los anticonceptivos no se les debe inflar, a veces suceden catástrofes.

Así de esmerado soy, y me gusta que las mujeres también lo sean. Por eso no entiendo por qué, frente a los preservativos, se hacen las pelotudas. Lo observan con una cara como de quien la cosa no es con ellas, dejan que el compañero haga toda la aburrida labor con una falta de compromiso inaceptable, y cuando uno, de puro iluso, les pide un poquito de participación, se enfrenta con la más cruda y antisexy realidad: las mujeres aún no saben poner condones.

No les enseñaron. No ensayaron. No les interesó aprender. Ahora, en plena faena, verlas poner un condón es peor que ver a Mr. Bean arreglarse para el trabajo. Yo invito, a hombres y mujeres por igual, a que en aras del esmero erótico, se preocupen mutuamente por que la chica se profesionalice en la materia.

Yo mi parte ya estoy impartiendo seminarios intensivos. Después de varios intentos, mi pupila aún no pasa de la primera clase: cómo adivinar al instante, cuál es el derecho y el revés.

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