Porno

Antes del primer poema, el primer flirteo, el primer beso de amor. Antes, incluso, de que llegaran las fuerzas necesarias para la primera conversación galante, estuvo el porno.

Forma violenta y arcaica de iniciación sexual; el porno llegó a mí como llegan la mayoría de iniciaciones: desde arriba, heredado, socializado por los alumnos mayores de la escuela primaria que cada año se deshacían de sus antiguas revistas, cumpliendo una importante misión pedagógica a la sombra del currículo oficial.

Ver por primera vez a esas mujeres era confuso. No sabía uno si las estaban desollando o descuartizando. Había algo violento en esos días inaugurales con las revistas de sexo explícito. Algo que te golpeaba, pero de un magnetismo ineludible.

Así que primero vino el porno. Después el resto. Porno y hombre establecieron desde el comienzo relaciones tan solidarias como el de los perros con sus amos. Ante la curiosidad, la duda, el rechazo o el aburrimiento, el porno siempre estuvo allí, listo para dar una mano amiga y un poco de consuelo.

Un día, casi siempre de repente, un acontecimiento igual de violento irrumpe en nuestras vidas. Las mujeres se hacen presentes y, de repente, el porno, el pobre porno, el leal porno, es enviado, irrevocablemente, a los cajones invisibles del silencio.

Meses, incluso años de cómplice relación, son de repente borrados de un tajo. Muestra de ingratitud humana: al irrumpir en el mundo real y decente de las mujeres, el hombre le da la espalda a quien por tanto tiempo le dio consuelo.

Pasan los años, y a veces el viejo amigo se cruza en el camino. En un motel, en la vitrina de un sex shop de una ciudad populosa o haciendo zapping cuando, en pareja, se ve cable un sábado a altas horas de la noche, el porno se cuela, sigiloso y lascivo, con las artimañas de una antigua amante despechada. ¿Cómo reconocer este antiguo amorío? ¿Cómo explicar que antes de ti estuvo él?

Debo confesar que aquella es una pelea perdida. Intenté por todos los modos que el porno le gustara. Primero, con argumentos narrativos: “Mira, esta tiene una historia hasta divertida”. Luego, con argumentos anatómicos: “Mira, a que nunca te has visto a ti misma en esa posición”. Luego, con argumentos afrodisiacos: “Mira, ¿no te gusta?”. Y no. No le gustó.

A veces, en una esquina, en un cuarto de motel, en algún canal de soft-porn barato durante del zapping de media noche, el porno y yo cruzamos vistas. Y entonces sonrío con nostalgia. Él me hace guiños y me recuerda viejas pasiones. Yo pretendo que no lo he visto.  

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