Maestros de honor

El indígena valluno Aníbal Bubú y la bogotana Sandra Suárez recibieron anoche el premio al Gran Rector y Maestro 2013.

Aníbal Bubú, elegido el mejor rector del país.   / David Campuzano
Aníbal Bubú, elegido el mejor rector del país. / David Campuzano

El educador de las tradiciones

A los 31 años, finalmente, logró graduarse del bachillerato. Obtener ese diploma fue una real proeza para Aníbal Bubú Ramos, indígena nasa, quien nació en lo más alto de las montañas de Florida, Valle, en una lejura en la que no existían ni escuelas. Eran una docena de hermanos que, además, habían nacido condenados a no estudiar porque había que trabajar para ayudar a su madre viuda, a llevar la carga de la familia.

Y ese fue el destino de todos, menos de Aníbal Bubú, quien tuvo la suerte de ser amparado por su abuela paterna en una casa menos recóndita y así pudo estudiar hasta quinto de primaria. Sólo hasta ahí porque, nuevamente, ir a un colegio con bachillerato era imposible por la lejanía. Entonces, al igual que sus hermanos, se dedicó a sembrar la tierra y se convirtió en jornalero. A los 24 años se inscribió en un colegio de Cali para validar la secundaria. No logró pasar el examen final, pero siguió empeñado en estudiar. Seis años más tarde se graduó como bachiller pedagogo y a los 35 como licenciado en ciencias sociales.

La obstinación por estudiar era también el sueño de construir una escuela en la montaña en que nació. Una con educación étnica, que respondiera y preservara sus creencias, sus tradiciones. En 1990, él y un grupo de compañeros de la comunidad lograron que la Gobernación del Valle y la Alcaldía de Florida compraran una tierra para levantarla, pero sólo en 1998 comenzó a funcionar porque les faltaba aprender a educar a su pueblo y ese conocimiento se los dieron los viejos.

Hoy Bubú es el rector del Instituto Departamental de Educación Básica Indígena Comunitaria. Es el rector de 1.960 niños indígenas nasas y emberas de 18 municipios del Valle. Es el mejor rector del país, según el premio Compartir.

‘El cuerpo tiene mucho que decir’

“El cuerpo es un vestido maravilloso que cada quien elige cómo lucir. La danza es mi lenguaje, y la manera en que logro que mis alumnas expresen sus temores, sus problemas de convivencia, sus gustos, su rebeldía”. Sandra Suárez, profesora de la institución pública Magdalena Ortega Nariño, de Bogotá, cita a los ensayos de baile a las 8 de la mañana, en horario contrario al de clases o durante los descansos.

Hace once años, después de pelear y reconciliarse con la danza, entró a ese colegio femenino para invitar a sus alumnas (algunas víctimas de violencia intrafamiliar, abusos o desórdenes alimenticios) a dejarse sanar por los movimientos. Aunque lo soñó y de niña ponía a sus hermanos a servirle de público en sus “funciones”, nunca recibió un título de bailarina profesional. Cuando tenía 18 años, su hermano menor murió y con él el sueño de las academias. Durante una década no bailó y se dedicó al estudio de licenciatura informática, hasta el día en que a través de la experiencia artística de Álvaro Restrepo y su Colegio del Cuerpo de Cartagena reconoció en su legítima pasión, el baile, el camino liberador del duelo.

Volvió a ella, a los estiramientos, la música, las coreografías y la academia, se volvió maestra y se dedicó —así como Restrepo en Cartagena— a “salvar” niñas a través del baile. “Ellas se liberan, expresan, se comunican. Pero también adquieren disciplina, seguridad, aprenden a convivir con la otra, ponen a prueba la memoria. Ahora, hasta los profes bailan y a las niñas les impresiona ver cómo los cuerpos rígidos de los adultos, y las posturas de autoridad, también pueden contagiarse de alegría y ritmo”.

 

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