¿Qué decirle a la gente cuando te pregunta por qué no tienes hijos?

En nuestra juventud, a muchos de nosotros se nos enseña que: “Primero viene el amor, después el matrimonio y luego un bebé”. No hay ningún asterisco después de la cantaleta que aclare: “Puede que estos objetivos no se logren en ese orden o no se cumplan”.

Ilustración

Nada podría haberme preparado para todas esas actitudes invasivas que enfrento en relación con mis planes de fertilidad como mujer casada a finales de sus treintas.

Lo que hace cinco años era un tema ocasional de conversación cuando comencé a salir con Mike, mi ahora esposo, se ha convertido en una crisis de especulación hecha y derecha desde que decidimos darnos el sí en abril.

Entiendo la preocupación. En nuestra juventud, a muchos de nosotros se nos enseña que: “Primero viene el amor, después el matrimonio y luego un bebé”. No hay ningún asterisco después de la cantaleta que aclare: “Puede que estos objetivos no se logren en ese orden o no se cumplan”.

Los parientes bien intencionados me tocan el brazo y me preguntan cuándo comenzaremos nuestra familia. A mí se me ponen los pelos de punta ante la sugerencia, como si yo, mi adorable esposo y nuestro encantador gato no fuéramos ya toda una familia. Y luego viene la cara de asombro cuando les digo que no planeamos tener hijos.

“Qué lástima”, dicen. “Serías una excelente mamá”.

Con los conocidos soy más directa. Cuando preguntan: “Y los niños ¿para cuándo?”, les respondo: “Al cuarto para las… nunca”. Lo que da lugar a un silencio absoluto en la habitación. Hago como que no me doy cuenta de sus intercambios de miradas de consternación. Hasta mi médico familiar pensó que tenía vela en el entierro: el año pasado me aconsejó que “mantuviera la mente abierta” en cuanto a tener hijos.

Nunca he sabido bien qué decir cuando me hacen preguntas directas. Después de discutir algunas veces, otras darle vueltas y sentirme molesta, ahora me doy cuenta de que no tengo que reaccionar de forma tan negativa. Así que cuando quiero conservar las amistades (y a mi doctor), respiro hondo y trato de mantener las siguiente cinco cosas en mente:

La mayoría de mis amigos más cercanos —todos citadinos del tipo creativo— no tienen hijos. De hecho, rara vez hablamos de nuestras razones para elegir estilos de vida sin hijos.

Supongo que sus razones son las mismas que las mías, que van de lo vano a lo intenso: valoramos nuestra manera flexible de vivir, los hijos quitan tiempo y dinero, los costos del cuidado infantil son inaccesibles y el futuro nos causa a todos distintos grados de ansiedad. ¿Por qué dar ese salto cuando hay tantos aspectos de la paternidad que parecen tan arriesgados?

Tengo suerte de estar rodeada de tantas mujeres que piensan como yo. Si siguiera viviendo donde nací, un pequeño suburbio en las afueras de Albany, no estoy segura de que tendría el mismo apoyo. Un verano antes de que iniciara la secundaria, nos mudamos de ahí y desde entonces no he vuelto. Un vistazo rápido a mi muro de Facebook muestra que todos mis amigos de la infancia tienen hijos. Me imagino que la presión de tener hijos hubiera sido muy fuerte de haberme quedado.

Sin embargo, cuando gente que no conozco me pregunta cuáles son mis planes para una vida sin hijos, pareciera que en realidad me están preguntando qué tipo de persona soy.

Me cuesta mantenerme en calma. Después de respirar profundamente varias veces, repaso mis respuestas habituales en un tono mesurado: “Sí, adoro a los niños pero no siento una necesidad apremiante de tener hijos propios. No, no es porque soy una maldita egoísta”.

Después, amablemente afirmo que mi esposo y yo estamos tomando decisiones con base en lo que a ambos nos parece bien como pareja. No doy más detalles si no quiero.

Cuando insisten, parecen más molestos porque su sentido del orden se cuestione. Algunas veces eso puede llevar a interacciones que parecen hostiles.

Muchos asumen que tener hijos después de casarse es la evolución natural de la vida. Incluso parece que mi renuencia a tener hijos es una afrenta personal, como si estuviera criticando sus elecciones.

No solo es exasperante justificarme ante personas que no tienen nada que ver en el proceso, sino que además casi nunca muestran entusiasmo por mi decisión, salvo que también hayan decidido no tener hijos.

“Algunas veces es necesario que nos mantengamos alejados de situaciones en las que es probable que surja el tema”, comentó Maureen Kelly, directora médica de Medicina Reproductiva de Society Hill. “Así que en el transcurso de los años he visto tantos pacientes que me han dicho que evitan ciertas reuniones familiares porque están seguros de que alguien les hará preguntas incómodas”.

Me consuela conocer a muchas más mujeres que ahora están tomando el mismo camino que yo.

Según los datos más recientes del Centro Nacional para Estadísticas de Salud, la tasa de fertilidad en Estados Unidos ha disminuido a 62 nacimientos por cada mil mujeres cuyas edades oscilan entre los 15 y los 44 años. En una sociedad que ofrece muy pocas garantías para las madres (e importantes penurias económicas), se está volviendo cada vez más común retrasar la llegada de los hijos hasta los treintas o simplemente evitar tenerlos.

Aunque me veo obligada a articular mis razones a los demás más que mi esposo, he de decirlo claramente: esta fue una decisión que tomamos juntos.

No se debería cuestionar a las mujeres acerca de sus decisiones de planificación”, comentó Kelly. “Esto incluye a madres, hermanas, amigas cercanas, conocidas y otras parientes. Esta es una cuestión muy personal y debería ser algo de lo que no se debe hablar salvo que ella misma lo traiga a colación”.

Dada la naturaleza tan delicada del tema, Kelly recomienda hacer lo que la mujer en cuestión decida: “Si ella quiere hablar del tema, hay que hacerlo en sus propios términos y apoyarla en todo sin juzgarla”.

“Si una mujer se acerca a ti como su confidente”, dijo, “no hables de lo fácil que fue para ti ni compares sus luchas o decisiones personales con las tuyas ni las de alguien más”.

Discutir estos temas tan dolorosos ha aumentado mi compasión por aquellos seres queridos que batallan con sus propios problemas de fertilidad. Hago lo mejor que puedo para darles mi apoyo incondicional sin importar el resultado que esperan.

Algunas veces me imagino a esta otra mujer que soy yo y que tiene hijos y vive en un universo paralelo. Ella se desvive para acomodar encuentros de juegos en su agenda, organiza el calendario de las siestas y dice que sí a peticiones para ver Moana varias veces seguidas.

Me imagino a esta mujer en un momento de calma mientras se pregunta cómo hubiese sido su vida de no haber tenido hijos.

Le diría que tan plena como la de ella como madre; yo también me siento satisfecha con la vida sin hijos que he elegido.

 

**  2017 New York Times News Service

 

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