Por: Alejandro Marín

Prince y la revolución

Qué difícil es hablar o escribir sobre Prince cuando todo el mundo lo está haciendo. Los perfiles y los comentarios son casi los mismos en todas partes. “Prince muerto a los 57.” “Prince, el mejor guitarrista de la historia” (ahora sí le reconocen el virtuosismo, ¿qué pensará Rolling Stone?).

Lo único que podría hacer distinta esta columna sería contar una experiencia personal.

Tengo una experiencia personal. Como gerente de producto anglo para Universal Music, a mediados del año 2006, tuve que lanzar uno de los peores discos en la trayectoria de Prince: 3121.

Prince ya llevaba más de diez años sin aparecer de manera contundente en listados de popularidad y de ventas, aunque en 2004 logró tener un hit de mediano poder llamado "Musicology", inclusive en la radio colombiana, y por esa época Sony -que distribuía el álbum en las tiendas de discos- había logrado vender más o menos unas 3.500 copias del álbum, todo un logro para un artista tan poco conocido en este territorio de reggaetón y vallenato.

El sucesor a "Musicology" era más complicado aún: una extraña mezcla de sonidos inspirada en su nuevo matrimonio. El sencillo era una canción sin ningún alcance masivo en la radio, llamada "Te Amo Corazón". Aún así, la disquera Universal Music nos obligaba a conseguirle ventas de oro en la región. Era verdaderamente imposible vender ese disco en pleno auge de Napster y con las salvajes dinámicas de consignación de producto de Prodiscos, La Música y Tower Records. Y era imposible meterlo a la radio.

Solo me quedaban dos opciones: O meterle payola, o convencer a algunos aliados verdaderos de que pusieran el sencillo como un favor. Al primero que acudí fue a Julio Sánchez Cristo, quien empujó durante una semana con muchísima fuerza y cariño la canción en La W. El Profe de Radiónica también aceptó mover la canción con bastante escepticismo y algo de frustración, porque la canción no funcionaba ni siquiera en radio pública. Luis Alfonso Salazar de La FM nos la puso unos días y luego desapareció del conteo. Finalmente nos quedamos sin radio. Vender 10.000 discos de Prince era una solicitud absurda.

Pero teníamos que hacerlo. Los planes globales de las grandes empresas discográficas no están interesados en oír nada que no sea monedas cayendo a una bolsa enorme en Wall Street. Siendo tanta la presión por vender a Prince, acudí a Andrés Nieto Molina, quien por aquella época dirigía y programaba La W Musical y respondía por el tema musical a Jordy Finazzi.

Finazzi llevaba un año y medio intentando legalizar la payola mediante una dinámica llamada “la apuesta”, que consistía en que las disqueras pagáramos por la rotación de nuestros objetivos. Yo no tenía cómo pagar la apuesta con Prince, pero igual nos fuimos a almorzar con Andrés a un restaurante en Usaquén y a discutir las posibilidades de meter "Te Amo Corazón" en la programación regular.

Después de una larga conversación, Andrés nos pidió que consideráramos la posibilidad de pagar la apuesta de Caracol Radio para garantizar las sonadas de Prince. Pero con un disco como ese, los números no daban para hacer ningún tipo de promoción pagada.

Lo más curioso de esa reunión fue que, a dos mesas detrás nuestro, coincidencialmente, estaba Alejandro Villalobos con Juan David Pinzón -un viejo amigo de la infancia que ahora trabaja en la publicidad-, y cuando terminó de almorzar, Villalobos pasó por nuestra mesa, saludó a Andrés, amigo de toda la vida, y en su mejor estilo de negocios, se me acercó al oído, me dio dos palmadas en la espalda y me dijo:

“Ojalá y esta reunión no sea para legalizar la tal apuesta de Jordy. O para pagarla. Porque si es así, olvídate de sonar en las emisoras de RCN. Caballeros: ¡Buenas tardes!”. Yo no iba a pagar la apuesta. No tenía cómo pagarla. Pero de todos modos, un empujoncito de Villalobos no venía nada mal.

Saqué a ventas 500 discos de Prince.

Edgardo Parra de Prodiscos me compró cinco.

Cuando entré al sistema un año después, se habían vendido tres en el Tower de Andino.

Así era Prince: implacable. 

***

Embarcado en una pelea a muerte contra las disqueras desde que Warner Music intentó quedarse con su nombre artístico en 1990, y completamente en desacuerdo con las dinámicas de mercadeo que le obligaban a no lanzar más de un disco al año, Prince jamás se dejó usar de las disqueras.

Su pelea constante por los derechos de su música le costaron la popularidad en los listados desde muy temprano en su carrera -su último verdadero éxito fue "The Most Beautiful Girl In The World", que llegó al número 3 en 1994-, y después de eso desapareció por completo del radar discográfico, ante la mirada despectiva de todos los disqueros y críticos del mundo, que le reprocharon siempre su deseo insaciable de lanzar material constantemente sin importar su calidad. En eso fue un visionario.

Su lucha por mantener control sobre su música lo llevó a pavimentar el camino a mediados de la pasada década para desarrollar nuevas estrategias de distribución ajenas a las mecánicas discográficas, que obligaron a Billboard a revisar sus conteos de ventas: regaló su disco "Musicology" a cambio de boletas para sus conciertos en 2004, y en 2007 regaló su álbum masivamente con copias del periódico Daily Mail de Inglaterra.

Fanático de la internet y detractor de la misma en 2010, supo desde muy temprano -así como cuando compuso "1999" en 1982- que el futuro del negocio de la música para los artistas sería vivir de sus conciertos, al punto de agendar una serie de shows sin precedentes en el O2 Arena en 2007: 21 conciertos seguidos. Todos agotados. Sin control de las disqueras.

En 2014 -24 años después de pelear con Warner Music- Prince logró lo inalcanzable: recuperó todos los derechos de su música. Y aprovechó para hacer lo impensable en la era digital: la retiró de todas partes. Solo la dejó en Tidal. Nada me ha producido más inquietud pero también felicidad que entrar a Spotify, Youtube, Deezer y demás… y no encontrar su música. Porque era suya. No de las disqueras. Qué bonito es eso, ¿no?

La música le costó la vida a Prince. Pero definió nuevos valores, nuevos estándares, pavimentó nuevos caminos, caminos de libertad, de respeto por los derechos del artista, sin importar el público, la radio o las disqueras.

A sus 57 años, Prince entendía el valor de su música mejor que cualquier otro artista de la era digital, independientemente del precio que una disquera le intentara poner a sus discos. Y ese valor, por más que la industria de la música quisiera monopolizar, manosear y explotar el talento, la visión y el poder enorme de Prince, nunca tuvo precio.  

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