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Hoy comienza la espera

Esta tarde empieza la cuenta regresiva: los cuatro largos años que faltan —con sus largos días— hasta que nos llegue a los futboleros el próximo Mundial de Fútbol.

James Rodríguez es el actual goleador del Mundial Brasil 2014 con seis tantos. Además, es uno de los nominados a mejor jugador del torneo.  / AFP
James Rodríguez es el actual goleador del Mundial Brasil 2014 con seis tantos. Además, es uno de los nominados a mejor jugador del torneo. / AFP
Foto: AFP - EITAN ABRAMOVICH

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Los futboleros, sí: no me gusta la palabra fanático, con su aceptación tácita de irracionalidad o violencia, ni tampoco la palabra hincha, porque no hay en español ninguna palabra noble o bonita que contenga el fonema ch. Pues bien: para los futboleros, que no vivimos en años sino en Mundiales, esos cuatro años son una espera insoportable, y sólo podemos sobrellevarla gracias a la conciencia de que las emociones de cada nueva Copa del Mundo son directamente proporcionales al tiempo que pasamos esperándola. En otras palabras, buena parte de la gracia de los Mundiales es que sólo vengan con largos intervalos. Si un tecnócrata como los que abundan en la Fifa decidiera reducir esos intervalos para ganar más dinero —y hacer el Mundial cada dos años, por ejemplo—, algo grande se perdería, como si a un niño le llegara la Navidad también en julio.

La razón no se reduce al violento síndrome de abstinencia que padecemos durante la espera. El hecho de que los Mundiales ocurran cada cuatro años tiene serias implicaciones: por ejemplo, un futbolista no suele jugar más de cuatro en toda su vida. No son muchos los que, como Pelé, Maldini o Maradona, han conseguido esa cifra; y sólo dos, el gran Antonio Carbajal y Lothar Matthaus, han llegado a los cinco. Esto quiere decir que un futbolista promedio tiene apenas un par de oportunidades en toda su vida, acaso tres, para pasar a la historia. Así las cosas, ¿cómo no darlo todo? ¿Cómo no dejarse la piel en la cancha? A pesar de sus lágrimas, a James Rodríguez le quedan todavía dos Mundiales: su desempeño en Brasil le debería permitir unirse a un equipo en que pueda aprender más que en el Mónaco, cuyos cheques abultados no reemplazarán nunca lo que se gana jugando con los mejores. Al gran Falcao —privado de una oportunidad irreemplazable por un defensa francés con dos pies izquierdos— le queda todavía un Mundial en las piernas, pero no es seguro que llegue a él en las condiciones físicas que tenía en las eliminatorias de Brasil. Así entienden los profanos lo que siente un equipo cuando es eliminado: para muchos de sus jugadores no habrá una segunda oportunidad sobre la faz de la Tierra.

Por todo ello, un Mundial decepcionante es una cachetada, un insulto a la pasión futbolera. “¿Cuatro años esperando para esto?”, decimos cuando un Mundial pone gato por liebre. Eso fue lo ocurrido en 2006: del Mundial de Alemania nos quedó, por todo recuerdo, el cabezazo que un jugador genial e irascible le propinó a un jugador mediocre y petardista. Nada de fútbol, nada de goles, nada de heroísmo: a eso que jugaba el campeón, Italia, sólo puede llamársele fútbol si uno destierra de la definición todo lo que hace que el fútbol valga la pena. En Sudáfrica, por fortuna, este campeonato volvió a ser lo que debería ser siempre. Uruguay dejó momentos épicos y la final fue una mezcla maravillosa de tradición y sorpresa: un equipo veterano de dos semifinales perdió con uno que nunca había pasado de cuartos de final. Cuatro años después, el equipo perdedor de esa final se dio el lujo de pasarles por encima a los campeones. El fútbol —se sabe, pero no sobra volver a recordarlo— es generoso: siempre da derecho a la venganza.

Y así llego al Mundial de Brasil, que termina hoy. Tengo para mí que es uno de los mejores de la historia reciente: no recuerdo, desde México 86, tantas subversiones, tantos reveses impredecibles y a la vez tanta fidelidad a los fantasmas de la historia (en las semifinales había diez estrellas y un equipo que ha sido subcampeón tres veces). En el fútbol no existe la justicia: existe el talento, el esfuerzo y el tremendo azar, y a veces sus conjunciones premian a quien lo merece. Y, sin embargo, nos sigue pareciendo posible echar mano de la idea de injusticia cuando pensamos en Colombia, que jugó el mejor fútbol del torneo y salió por una puerta donde el portero era el árbitro. Nos parece que hubo justicia en la masacre de que fue víctima Brasil, cuyo técnico marrullero y oscuro aprendió que nadie le da la espalda a la hinchada, a la tradición, al juego bonito, al talento y a la limpieza sin pagar las consecuencias; nos parece justo, también, que Alemania esté en la final: su juego de cartas abiertas mezcla el hambre ofensiva del Brasil de Ronaldo con el fútbol total de la Holanda de Cruyff. Viéndolos es inevitable recordar la definición inmortal de Gary Lineker: “El fútbol es un juego simple: 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos, y al final los alemanes ganan”.

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La final que se juega hoy entre Alemania y Argentina se jugó ya una vez, hace 24 años. No es un partido que recordemos con gusto: en esa tarde fea salieron campeones los alemanes con un penalti más que dudoso. Lo único más triste que una final decidida desde los doce pasos es una final decidida desde los doce pasos faltando cuatro minutos: así ganaron los alemanes. Pero el equipo de Völler y Klinsmann, más conservador de lo que le permitían sus estrellas, es muy distinto de la aplanadora sin piedad de Joachim Löw. La Argentina a que se enfrentan es un equipo melancólico pero aguerrido que ha reemplazado en el protagonismo a Messi por Mascherano: el mejor del mundo, tan diluido después de la fase de grupos, ha cedido el liderazgo a un defensa central de la vieja escuela, uno de esos tipos de fútbol tercamente físico que parecen construidos en aluminio y que son capaces de echarse la suerte de todo un país sobre los hombros. Sobre el papel, Alemania es superior. Pero fue un alemán, Sepp Herberger, quien dijo para siempre la única verdad del fútbol: “El balón es redondo. El partido dura 90 minutos. Hasta aquí los hechos. Lo demás es teoría”. Quería decir lo que los futboleros sabemos irremediablemente: que en el fútbol no hay nada predecible.

Por una mezcla de sentimentalismo y nostalgia, a mí me gustaría ver al enano Messi levantar la Copa; si ganara Alemania, sin embargo, ganaría un fútbol ofensivo y despierto, un fútbol capaz de demostrar que la precisión técnica no va siempre de la mano con el aburrimiento. Y eso no estaría mal. Claro, siempre que Müller no nos prive del placer de ver a James Rodríguez recogiendo la Bota de Oro. Con los dos, de todas formas, nos veremos otra vez dentro de cuatro años.

Hoy comienza la espera.

 

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