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La tradición y las patadas

Escribo esto, como decía Horacio Quiroga, bajo el imperio de la emoción: minutos después de la eliminación de la mejor selección Colombia de todos los tiempos. El problema, claro, es que Quiroga desaconsejaba justamente esto, aunque se refiriera a la escritura de cuentos y no de artículos sobre fútbol. Es posible entonces que en este artículo se cometan excesos y aun errores. (El imperio de la emoción es poderoso.)

El árbitro Velasco Carballo le muestra a Thiago Silva una de las pocas tarjetas que sacó en el partido.  / EFE
El árbitro Velasco Carballo le muestra a Thiago Silva una de las pocas tarjetas que sacó en el partido. / EFE
Foto: EFE - Lavandeira jr

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Tal vez sea un error, por ejemplo, decir que el arbitraje de Velasco Carballo fue vergonzoso: en lugar de proteger al equipo que quería jugar fútbol, fue cómplice de la única estrategia que se le ocurrió a Scolari: la falta más o menos violenta que corta el juego, la exageración histriónica de cualquier contacto, la marrullería. No se contuvo Scolari ni siquiera para amedrentar preventivamente al árbitro con teorías de la conspiración indignas de un equipo como Brasil. Y lo peor es que dieron resultado, pues Velasco Carballo les permitió a los brasileros todos los excesos mientras sancionaba a James por una falta que, comparada con las que había recibido, era una banalidad.

No recuerdo la última vez que un equipo brasilero cometió casi treinta faltas en un solo partido, ni un ejemplo tan triste de dimisión total como el que dio ante Colombia Neymar, más dedicado a retorcerse con gestos de dolor que a ponerse el balón en los pies para justificar su reputación. Este Brasil es un lamentable remedo de la gran tradición brasileña: un grupo de jugadores de fantasía que Scolari, por artes misteriosas, ha transformado en un prodigio de aridez con un fútbol rácano que se desarrolla a punta de golpes y debe matar de la tristeza a Pelé o a Zico. El gran David Luiz rescató a la Canarinha con dos gestos —anotando un golazo y consolando con caballerosidad genuina a un James destrozado—, pero eso no nos hará olvidar la nostalgia del fútbol brasilero, ausente por completo de este mundial en que todos los demás participantes de octavos estuvieron a la altura de sus obligaciones.

Entre ellos, claro, la selección de Pékerman. Es cierto que el equipo estuvo irreconocible durante el primer tiempo, desfigurado a la vez por los fantasmas de la ansiedad y por las patadas de los brasileros, temeroso y desorganizado tras conceder un gol absurdo por pura falta de concentración. Pero en el segundo tiempo demostró coraje y también elegancia, y se acercó mucho a esa máquina de hacer fútbol que había sido en los cuatro partidos previos. Ahora lo importante es no ceder al afán caníbal que nos caracteriza: Colombia es un equipo de fábula, y para siempre le quedará el crédito de haber jugado, con distancia, el mejor fútbol de la fase de grupos. O quizás debería decir: el mejor fútbol de la fase de grupos en el mejor Mundial desde México 86. No caigamos, entonces, en la enfermedad nacional del desconsuelo.

Yo, por lo pronto, le agradeceré siempre a este equipo el partido con Uruguay, que es lo mejor que le ha pasado al fútbol colombiano desde el 5-0. He visto todos los goles del mundial, y creo que no hay entre ellos —ya saben: el imperio de la emoción— uno como el primero de James Rodríguez. Lo he vuelto a ver varias veces, tratando de identificar las fuentes de su magia, y lo que me sigue deslumbrando es el microsegundo en que James, al ver el balón flotante que le llega desde la cabeza de Abel Aguilar, gira la cabeza para ver lo que sucede a sus espaldas: dónde están el portero, los defensas uruguayos y los delanteros colombianos. Luego duerme el balón en su pecho como si tuviera velcro, y el resto ya se sabe.

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No es fácil explicar a los aficionados ocasionales que en un mundial también juega una presencia invisible: eso que algunos llaman la tradición y otros la historia. Es un ingrediente misterioso, pero su importancia es innegable: no es por nada que sólo 8 equipos se han repartido las copas del mundo, a pesar de que más de cien han clasificado desde 1930. El fútbol, en ese sentido, es profundamente conservador: sus dioses protegen siempre a los mismos. En estos cuartos de final, la presencia de Colombia, Costa Rica y Bélgica ha roto un poco con las preferencias de la historia, pero uno tiene buenas razones para pronosticar que la final no nos deparará ninguna sorpresa. Salvo el trueque de personalidades que tendrá la primera semifinal: los brasileros jugando el juego físico y pedestre que antes era de los alemanes, y los alemanes, en cambio, tratando el balón con cariño como el Brasil del pasado. Vivir para ver.

 

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