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…la escuela de la primera Nobel de Economía

El colombiano Juan Camilo Cárdenas, magíster en economía ambiental, trabajó en Estados Unidos junto a Elinor Ostrom, la primera mujer en recibir un Nobel de Economía. El galardón le fue entregado en octubre de este año.

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En 1999 llegué como estudiante de posdoctorado por un año al “Taller en teoría política y análisis de política”, de la Universidad de Indiana. El ya famoso “workshop” que Elinor Ostrom había fundado con su esposo Vincent, desde mediados de los 70, era el sitio ideal para avanzar en una investigación doctoral que me dejaba más preguntas que respuestas.

En ese lugar había mucho respeto por la disciplina y las herramientas del otro, fuese de las ciencias sociales o de las ciencias naturales. Lin Ostrom era la persona ideal para conversar sobre cómo las comunidades construyen y mantienen sus fuentes de bienestar, razón por la que recibió el Premio Nobel de Economía de este año junto con Oliver Williamson.

Como parte de un curso que ella dictaba, tuvimos una salida de campo durante ese otoño para monitorear bosques que manejan comunidades. Este proyecto (International Forestry Resources and Institutions) fue creado por Lin Ostrom a comienzos de los 90 y hoy cuenta con una red de colaboradores que hace el seguimiento a más de 350 comunidades en el mundo en 9.000 parcelas de bosque.

Entre esa lista de comunidades estaba el caso de Kneadmore, en la zona rural del estado de Indiana. En una camioneta nos fuimos estudiantes y profesores, incluida Lin, a entrevistar a los habitantes de ese bosque. Algunos fuimos a hablar con una persona poco conversadora que vivía en una casa aislada del ruido y lejos de la carretera, y que había decidido cuidar ese pedazo de bosque desde hacía décadas a pesar de ofertas de los urbanizadores.

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Ahí estuvo Lin Ostrom, sentada en el jardín haciendo las preguntas correctas para comprender por qué alguien dedicaba la vida a cuidar un bosque de una comunidad rural de Indiana. Otros habían ido a contar y medir los árboles en el bosque donde este señor y otros más habían decidido vivir. En los siguientes días estábamos analizando los datos de las entrevistas y las mediciones.

Allí se cruzaron la biología, la ciencia política, la psicología y la economía en un solo bosque y su gente. De conversaciones como la de ese día sobre cómo cada comunidad va construyendo artesanalmente sus reglas propias para manejar su bosque, y del diálogo con las comunidades científicas de múltiples disciplinas, Ostrom ha ido descifrando los principios que guían el buen manejo de los recursos comunes.

El haber estudiado ese bosque en particular, y miles más en otras partes del mundo, le ha permitido a Ostrom derivar algunas lecciones sobre el manejo de nuestro territorio. Una de las lecciones más contundentes es el evitar caer en la varita mágica de las panaceas de una solución única para diferentes casos. Sin embargo, hay principios que sí pueden guiar esas diversas soluciones. Un ejemplo está en el permitir y promover que los grupos de usuarios de los recursos construyan sistemas efectivos de monitoreo y sanción. En algunos casos los parques nacionales estatales funcionan y en otros no, pero siempre el papel de la comunidad en la vigilancia del uso de los recursos y el cumplimiento de las reglas aumentaba la probabilidad de supervivencia de ese bosque, especialmente si ellos habían participado en el diseño de esas reglas.

De estas investigaciones surgen reflexiones para nuestro país sobre el papel de las comunidades en generar y mantener mecanismos de manejo o administración de los recursos naturales, en armonía con los sistemas estatales o de la sociedad civil misma.

Hoy tenemos un sistema nacional de áreas protegidas que incluye parques nacionales, parques regionales y municipales, así como reservas privadas de la sociedad civil. Allí hay espacios para que las comunidades de vecinos y ocupantes de esas áreas protegidas participen en la construcción de sistemas de monitoreo y sanción que sean armónicos con el contexto local, de nuevo, inspirados en algunos de esos principios, pero sin panaceas.

La multiplicidad de áreas de aplicación del trabajo de Ostrom se ha extendido al dominio, por ejemplo, de los comunes digitales (digital commons). Así como el agua o un bosque, internet es un espacio de producción de beneficios que puede sufrir de congestión, pero en el que sus usuarios tienen un acceso abierto a esos beneficios. Allí también se vuelve vital el papel de los usuarios en construir comunidades de producción, manejo y de reglas en esos procesos de producción y distribución de la información digital. Facebook, YouTube o Wikipedia, todos con propósitos tan distintos, son buenos ejemplos de ello.

En una vereda, en un barrio o en un mundo global interconectado hay espacios donde la producción y distribución de bienes o servicios depende de que los usuarios participen activamente en mantener reglas adecuadas de manejo, y Elinor Ostrom, con décadas de investigación en el campo nos ha regalado a sus estudiantes ideas para trabajar.

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