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Sur del Atlántico: una tragedia de medio siglo

Se cumplen cinco años del desbordamiento del Canal del Dique. En busca de una solución definitiva, no hay que olvidar 50 años de sufrimiento campesino y desidia estatal.

28 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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Mañana 30 de noviembre se cumplirán cinco años de la ruptura del Canal del Dique. Este hecho fue sin duda uno de los desastres ambientales más dramáticos de nuestra historia reciente. Cientos de familias del sur del departamento del Atlántico perdieron sus animales, cultivos, casas y hasta los lazos sociales que las mantenían unidas. Los pocos animales que lograron salvar murieron por alguna enfermedad o fueron vendidos por precios irrisorios para cubrir otras necesidades inmediatas. La gente del Dique cuenta también que varias personas murieron de tristeza y muchas otras no han salido de la depresión por haberlo perdido todo.

La conmemoración de los cinco años de la ruptura del Dique usualmente requeriría recordar lo que pasó en 2010 y hacer un balance de la situación actual de los damnificados. Sin embargo, la tragedia del sur del Atlántico no empezó hace cinco años con la llamada “ola invernal”. Las aguas torrenciales animadas por el fenómeno de La Niña encontraron una infraestructura hídrica deteriorada, un paisaje agrícola precario y unas familias campesinas altamente vulnerables. Para muchas de estas familias, la tragedia de la región ha sido un proceso histórico cuyos inicios se remontan cinco décadas atrás.

Del agua a la tierra

Al menos desde la década de 1950, el Estado colombiano ha tenido la intención de convertir el sur del departamento del Atlántico en una despensa agrícola regional. El problema inicial fue la cantidad de agua en la región. Ciénagas y caños se inundaban temporalmente durante ciclos anuales asociados a las lluvias y las dinámicas hídricas del río Magdalena. Ninguna empresa agrícola a gran escala prosperaría en un ambiente tan cambiante. Pero el general Rojas Pinilla creyó encontrar la solución. En 1955 autorizó la construcción de un terraplén a lo largo de 70 kilómetros para proteger el sur del Atlántico de las inundaciones. Como consecuencia, las ciénagas se empezaron a secar y la tan anhelada tierra agrícola pareció emerger.

Quizás ni el general ni sus funcionarios se imaginaron lo que sucedería. En el sur del Atlántico no solo había agua en grandes cantidades. También había gente. Cientos de familias derivaban su sustento de la pesca y la agricultura estacional. Con la desaparición de las ciénagas, la pesca inevitablemente entró en crisis. En 1962 la Corporación Autónoma Regional del los Valles del Magdalena y el Sinú (C.V.M.) hizo una encuesta en la región para conocer el estado de la pesca. “Se observó muy poca actividad y un alarmante estado de pobreza”, dice el informe de la C.V.M. Además, de 459 canoas registradas antes de las obras de desecación, el equipo encuestador registró solo 9. De 1.130 pescadores, sólo encontró 18. Muchos de esos pescadores se unieron a una de las primeras olas migratorias masivas hacia Venezuela. Otros vieron en la agricultura emergente una nueva opción de vida, pero el problema fue que ellos no fueron los únicos interesados en las nuevas tierras.

Las nuevas tierras liberadas por la desecación de las ciénagas se convirtieron en campos de batalla entre agricultores, pescadores y terratenientes. Víctor D. Bonilla relata, por ejemplo, que de un área de ciénagas desecadas se liberaron 1.974 hectáreas de tierra. Unos pocos terratenientes se adueñaron de 1.907 hectáreas, mientras que 90 campesinos ocuparon las 67 restantes. Esta desigualdad creó las condiciones para la movilización de los campesinos, quienes se organizaron con la ayuda de sindicalistas y sacerdotes jesuitas para reclamar un acceso más equitativo a la tierra. La movilización fue tan fuerte en lugares como Manatí, que hubo quienes desde afuera decían que allí nacía una nueva Marquetalia. Aunque varios campesinos fueron encarcelados y otros recibieron amenazas y retaliaciones, muchos de ellos accedieron a la tierra y lograron un lugar en la naciente economía agrícola de la región.

Estas luchas por la tierra coincidieron con la creación del Incora, la reforma agraria y la incorporación de las ideas del desarrollo en Colombia con el apoyo del Banco Mundial. Una población de campesinos pobres a la espera de las “bondades” del desarrollo, una zona libre de inundaciones y lista para ser cultivada, un programa naciente de reforma agraria que formalizaría la propiedad de la tierra y la cercanía a los puertos de Barranquilla y Cartagena hicieron del sur del Atlántico una de las regiones más estratégicas para la materialización de los sueños del desarrollo y el progreso.

Los sueños del desarrollo

En 1967, el Banco Mundial aprobó un préstamo al gobierno de Colombia y junto al Incora se inició uno de los planes más ambiciosos de la época: el Proyecto Atlántico Número 3, que se propuso introducir la “agricultura moderna” y crear una economía agroexportadora en el sur del Atlántico. Desde 1967 hasta 1975, infraestructuras de riego y drenaje, nuevos cultivos, formas cooperativas de producción, tractores, expertos y técnicos nacionales e internacionales, trabajadores rurales migrantes y pescadores convertidos a la agricultura crearon un paisaje agrario nunca visto en la región.

Lo que era antes una zona pobre y marginal, poco a poco se perfilaba como un modelo nacional e internacional de desarrollo agrícola. El mismo director del Banco Mundial visitó la región y representantes de gobiernos vecinos observaron en persona lo que prometía ser la base del progreso. Ingenieros israelíes trabajaron junto a los campesinos de la zona en los nuevos cultivos. Funcionarios del Incora viajaron a Irán, Israel, Perú y México para capacitarse y hasta algunos líderes campesinos viajaron a los EE.UU. para tomar cursos de cooperativismo. El sur del Atlántico fue una de las zonas que le permitieron a Colombia experimentar lo que luego se conoció como “globalización”.

Pero las expectativas fueron más allá de la realidad. Ni el terraplén de Rojas Pinilla ni las infraestructuras de drenaje construidas por el Incora fueron suficientes para contrarrestar las inundaciones. En diciembre de 1970, intensas lluvias produjeron una ruptura en el Canal del Dique y varios trabajos del Proyecto Atlántico Número 3 se tuvieron que suspender. En 1971, 1975 y 1978, nuevas inundaciones destruyeron los cultivos de varios campesinos. Fue como si las aguas las aguas del Magdalena y el Dique reclamaran constantemente los humedales donde solían reposar.

Otros factores minaron la prosperidad del Proyecto Atlántico Número 3. El debilitamiento institucional del Incora y del proyecto de reforma agraria en general, afectó los créditos, el mantenimiento de las infraestructuras de riego y drenaje y el acceso a maquinaria agrícola. La alcalinidad y la salinidad se convirtieron también en un obstáculo para la productividad y pronto la idea de producir para exportar se desmoronó. El modelo cooperativista fracasó por deficiente manejo contable, dificultades técnicas y disminución de la demanda de los productos agrícolas.

A pesar de que los campesinos tuvieron acceso a la tierra y a la producción agrícola por unos años, los objetivos generales del proyecto nunca se cumplieron. De hecho, en 1982 un consultor del Banco Mundial escribió que el Proyecto Atlántico Número 3 había sido un total fracaso. Ese mismo año, 250 familias beneficiarias del proyecto ya habían dejado su tierra para emigrar a Venezuela en busca de mejores oportunidades. Una segunda ola migratoria al vecino país se activó como consecuencia de la crisis económica.

En 1984 (también un 30 de noviembre) el Canal del Dique volvió a colapsar. Una vez más los campesinos quedaron sin nada. Lo poco que quedaba de la agricultura comercial desapareció y en su lugar el Estado promovió la ganadería a pequeña escala. “Somos ganaderos por obligación, no por vocación”, suelen decir algunos campesinos de la zona. Y no es para menos. Muy pocas personas en realidad obtienen ganancias significativas de la ganadería. Otras prefieren no hacer cuentas exactas para no confirmar lo que ya saben: que producen a pérdida y solo para satisfacer necesidades inmediatas. Si no fuera por las remesas desde Venezuela, Panamá y los EE.UU., la situación hubiera sido más crítica aún. Este paisaje en crisis fue el que recibió al fenómeno de La Niña en 2010 y junto a este desastre también recibió la inversión estatal en el nombre de la adaptación al cambio climático.

Historia y adaptación

En 2012 el ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo anunció un plan para convertir el sur del Atlántico (¡una vez más!) en un “centro modelo de producción y exportación agrícola”. El entusiasmo por el recién firmado Tratado de Libre Comercio con los EE.UU. parecía ambientar su promesa. Sin embargo, el mayor avance de ese plan de recuperación económica hasta el momento es el proyecto de repoblamiento bovino, el cual consistió en asignar alrededor de 5.000 vacas a cerca de 1.000 campesinos ganaderos en la región. No cabe duda de que este proyecto ha tenido un impacto importante en la economía local y el bienestar de la población afectada por el fenómeno de La Niña. Pero en cierta manera este proyecto lo que hace es restaurar una economía históricamente en crisis que tiene pocas posibilidades de convertirse en un “modelo de producción y exportación agrícola”. Y ni qué decir de las potencialidades de este proyecto en términos de adaptación al cambio climático. Pareciera que para el ministro Restrepo y sus sucesores, la tragedia del sur del Atlántico empezó en 2010. Esperemos que la historia y la memoria lleguen algún día a sus escritorios.

* Geógrafo y antropólogo.

 

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