
Jamiroquai regresó a darnos todo su amor, en mayúscula. En su primer concierto en el país en 16 años, esta vez en el Coliseo MedPlus, la agrupación liderada por Jay Kay puso a bailar al público con sus principales éxitos, en una noche marcada por los láseres de colores, la batería de Derrick McKenzie y el bajo de Paul Turner.
Con puntualidad británica y una voz inconfundible, encapsulada en el tiempo, salieron al escenario a las 10 de la noche a interpretar “(Don’t) Give Hate a Chance”, una declaración fraterna para el reencuentro en un mundo oscuro y dividido, que rápidamente pasó al baile del desamor con “Little L”.
Mientras afuera llovía (para sorpresa de nadie), adentro entramos en calor con “You Give Me Something”. El viaje continuó con la guitarra azulada de Rob Harris en “Space Cowboy”, para rematar el bloque con un coro perfecto de “Alright” a cargo del público. “Yeah hey, alright (right now) / We’ll spend the night together / Wake up and live forever”.
No faltaron los problemas técnicos por cuenta de los computadores con voluntad. Jay Kay los supo navegar con una graciosa incomodidad. La fiesta no se detuvo, se elevó con canciones como “Canned Heat” y se extendió hasta la platea: el vocalista y protagonista dedicó varios minutos a interactuar con el público. Apretó sus manos, firmó sus sombreros de felpa y hasta recibió una camiseta de la Selección Colombia, que luego posó sobre el escenario por el resto del show.

Al frente parecían estar los más jóvenes, los que quizá no habían nacido en los años 90, cuando en medio de la melancolía y la angustia de bandas como Oasis y Radiohead, emergió el funk de Jamiroquai, un grupo que al final hablaba de lo mismo que los demás: del corazón roto, de la perturbadora modernidad, pero también del placer. Jason, sin embargo, bailaba mejor que cualquiera.
Para los que levantaron la mano por haber estado en este viaje estelar desde los tiempos del CD y de los sombreros de penacho en MTV, hubo un agradecimiento especial.
No faltaron los pasos de baile para teletransportarse en sudadera Adidas, los sombreros otra vez ni los auriculares luminosos. Tampoco “Cosmic Girl” y “Love Foolosophy”. Nos vimos las caras antes del momento más esperado de la noche: el teclado de Matt Johnson introduciendo “Virtual Insanity”, un himno igual o más vigente que hace 30 años. “El mundo en el que vivimos… déjame decirte”.
La deuda: “Seven Days in Sunny June”. Tal vez se salde cuando se cumpla la promesa de volver a ver al “público más ruidoso de todos”. Quiero creer que realmente los conmovimos.
Así que, pensándolo bien, no quedaron debiendo nada. El funk, la música disco y el acid jazz volvieron en un ensamblaje colosal, en el que hasta hubo espacio para la cumbia y que no habría sido lo mismo sin las voces de Valerie Etienne, Romina Johnson y Hazel Fernandes en los coros.
Quienes, como yo, no habíamos podido acudir a la cita en 2006 o 2010 éramos los que teníamos la deuda: esta vez el boogie fue real.
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