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La asfixia presupuestal en todos los espacios que dan vida a este pueblo de Colombia, la amenaza, el miedo, los fusiles, las bombas, la fumigación, el fracking, el pasar por encima de la constitucionalidad…y se olvidan… se olvidan que hay un sentir en el alma de la mayoría de habitantes, hay un algo que el espíritu de nuestra ancestralidad invoca y convoca, y el corazón siente: la dignidad.
En medio de la amnesia colectiva a la cual han inducido el actual sistema de producción, los regímenes políticos, el todo vale, la inmediatez, el adiós a la historia y el pensamiento crítico, los diferentes gobiernos, la celeridad de hechos…, sí, en medio de todo esto existe la memoria colectiva inconsciente o no, que aparece cuando la urgencia llama.
¿Qué busca el actual gobierno? De verdad ¿Conoce la historia de este país? O ¿se quedó con la información sesgada, general y descontextualizada que entregan los medios de comunicación? O ¿están informados, si acaso, desde sus residencias en Estados Unidos y Europa?
Al margen que sean de extrema derecha podrían presumir de formación y cultura, de conocimiento de las leyes colombianas y de un discurso profundo que avale sus propuestas y acciones y no de la simpleza ramplona que han demostrado ante el congreso de la República u otros espacios y que esconden con la pedantería.
Para evitar otros momentos negros en la historia de Colombia necesitamos continuar construyendo un estado social de derecho y la capacidad de diálogo y negociación del actual gobierno. ¿Podrá?
Está claro que el desconcierto empieza a quedar en el pasado para el movimiento social que continúa con su razón de ser: trabajar por los derechos y defenderlos cuando están en peligro.
Es cierto que parte de la dirigencia del movimiento social entró en política o fue cooptada por el gobierno anterior, que no cuenta con financiación, sin embargo, las organizaciones de carácter nacional, regional y local están en alerta.
Para toda la ciudadanía no funciona el terremoto utilizado como pretexto, el juego con el dolor de las víctimas y las culpas para el antecesor. No se puede olvidar que el movimiento social tiene una larga experiencia con sus logros, desaciertos, sus grandes pérdidas (asesinatos, torturas, cárcel, desapariciones…), sus formas organizativas, variadas propuestas y un sinfín de creatividad. Está integrado por sujetos de hecho y de derecho.
La experiencia también la tienen las instituciones que se ven ante el reto de velar por el cumplimiento de las normas y aunque en muchos casos pueden atender a intereses personales e ideológicos no son monolíticas. Y ¿los partidos? Poco a poco se decantan a partir de sus intereses no por los de quienes les votaron.
El señor Abelardo de la Espriella que no tiene patente de corso, podría considerar al país como si fuese su hacienda con la obediencia debida a los hilos de dos potencias que no ha ocultado: Estados Unidos e Israel. Somos parte de la repartición mundial, lo que llama a preguntarnos si la respuesta de los pueblos tendría que ser global.
Ningún pueblo está sometido a cumplir en conciencia leyes, en este caso “resoluciones” que saltan el Acuerdo Constitucional, que no son para el bien común, son más formas de violencia, según afirmaciones de Santo Tomás y no de Marx. Y disculpen, pero la ignorancia es atrevida. ¿En la “nueva imposición cultural” se refieren a Calos Marx o a Groucho Marx?
Permítanme un paréntesis con una frase de Groucho, no de Carlos: “El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes fingir eso, lo tienes hecho”.
Ahora me quiero referir a la DIGNIDAD, sí, así con mayúscula ese valor inalienable, inherente e igual para todo ser humano que es libre, autónomo y no es un objeto que se tramita en el mercado.
El preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos inicia:
“Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana; …”
Por dignidad los pueblos han reclamado y exigido sus derechos, los de cada persona y los de su colectividad. En la película “La estrategia del caracol”, dirigida por Sergio Cabrera, un periodista después de escuchar la proeza de unos inquilinos sin recursos económicos que serán desalojados de la casona de un rico en Bogotá, pregunta al culebrero que allí vive: “¿Y todo eso para qué?”
La indignada respuesta no se hizo esperar: «¿Para qué? ¿Cómo que para qué? Pues para… ¿Para qué le sirve a usted la dignidad, ah? ¿Es que esa palabra no existe o qué?… Para la dignidad del hombre, para la dignidad nuestra»
Cine no apto para desconocedores de los derechos humanos.
*Columna de opinión por Fabiola Calvo.
Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.