18 Sep 2013 - 10:00 p. m.

¿Dónde surgen los orgasmos?

Tras más de 10 años de investigación, un equipo de neurocientíficos logró identificar el área del cerebro que controla la eyaculación y el clímax en ambos sexos.

Nuño Domínguez / Esmateria.com

El holandés Gert Holstege comenzó masturbando gatos a finales de los años setenta y acabó pidiendo a parejas que tuvieran sexo delante de él. Su anuncio en busca de gente dispuesta a meterse en una máquina que escanearía sus cerebros mientras llegaban al orgasmo tuvo un éxito “inesperado”, relata Holstege, neurocientífico de la Universidad de Groninga, sobre los experimentos que realizó en el año 2000 y que han aportado muchos de los pocos datos que, aún hoy, se conocen sobre lo que ocurre en el cerebro de hombres y mujeres durante el clímax.

Holstege eligió once mujeres heterosexuales diestras y el mismo número de varones, también heterosexuales. De pie y metidos en un escáner (PET) debían dejar que su pareja los acariciara hasta alcanzar el orgasmo para que la actividad en sus cerebros quedase grabada.

“Tuvieron que ensayar antes de realizar los experimentos pues la máquina sólo grababa durante dos minutos y era mucho mejor si el orgasmo llegaba en los primeros 30 segundos”, relata Holstege. De aquel experimento se aprendieron muchas cosas. Ahora se sabe que, al contrario de lo que se pensaba, el orgasmo no se traduce en un frenesí de actividad cerebral sino más bien en un gran apagón. También se observó que lo que sucede ahí dentro es muy, muy parecido, a un chute de heroína. Pero hasta hace muy poco había una pregunta sin responder: ¿en qué punto del cerebro se origina el orgasmo?

La respuesta se frustró por algo muy humano: las imágenes que tomó el escáner en el momento del clímax salían movidas. No había forma de concretar el lugar exacto del encéfalo que se activaba en el momento cumbre. Más de 10 años después, un nuevo software ha logrado estabilizar las instantáneas e indicar el área del cerebro responsable del orgasmo. El estudio de Holstege, recién publicado en el Journal of Sexual Medicine, apunta a un lugar del tallo cerebral conocido como tegmento pontino dorsolateral. El trabajo de Holstege demuestra que la zona izquierda de esta parte del cerebro controla tanto la eyaculación (masculina y femenina) como el orgasmo, sin que haya diferencias entre sexos. En los participantes que no lograban alcanzar el clímax en esos dos minutos no se activaba la zona en cuestión y lo mismo sucedía cuando los orgasmos eran fingidos.

A la luz de sus datos, Holstege cree que es hora de cambiarle el nombre al tegmento pontino dorsolateral para hacer honor a su función. En su estudio propone bautizar a este punto del cerebro como “centro de estimulación de los órganos pélvicos”, o POSC, sus siglas en inglés.

El POSC es como una autopista nerviosa que conecta al cerebro con los órganos sexuales en los que el orgasmo se hace físico. La zona en la que se encuentra el epicentro del orgasmo no tiene nada de místico, ni es característico de la sofisticación cerebral de los humanos frente a otras especies. “La función y la actividad de esta zona es básicamente la misma en gatos que en personas”, confiesa Holstege.

Sus resultados también han mostrado otro paralelismo entre los estudios con humanos y aquellos inicios con felinos. Aparte del orgasmo y la eyaculación, el POSC en gatos y humanos también controla los vaciados de vejiga. Holstege ha mostrado que las funciones que permiten orinar se concentran en el lado derecho del POSC y las orgásmicas y eyaculatorias, en el izquierdo, siempre y cuando la persona sea diestra. “Sin micción no hay sexo”, resume el neurocientífico.

Pero a pesar de lo visto en este estudio, el orgasmo es mucho más complejo de lo que parece. El camino hasta el clímax comienza con estímulos físicos o visuales que, al llegar al cerebro, se dan de bruces con la corteza prefrontal. Es aquí, uno de los epicentros de la conciencia, donde se decide si es un buen momento para tener sexo.

“Si estás en una situación de gran ansiedad, tu cerebro decide que tener sexo no es una buena idea, porque en parte implica que los hijos que puedas concebir tendrán una menor posibilidad de sobrevivir”, explica Holstege. Prueba de estos mecanismos es que en los campos de concentración nazis las mujeres dejaban de ovular y de menstruar, comenta el neurocientífico, porque “si el individuo no se siente a salvo, hay menos posibilidad de que sus hijos lo estén”.

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