Alejandro Obregón, la fuerza del color

Fue uno de los artistas más importantes de la escena plástica nacional. Combinó la estética con la denuncia.

Alejandro Obregón. / Archivo - El Espectador
Alejandro Obregón. / Archivo - El Espectador

Alejandro Obregón nació en Barcelona, España, en 1920, y falleció en Cartagena en 1992. Su infancia y adolescencia transcurrieron en España, donde comenzó a forjar su pasión por la pintura, gracias a la posibilidad de conocer las obras de Goya, Velázquez y Picasso, y las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira, que acabarían siendo una gran influencia, pues de ellas surgieron sus legendarios toros y cóndores. Cuando Obregón cumplió 16 años, su familia se trasladó a Barranquilla. El cambio de cultura, de ciudad y de ambiente impresionaron al adolescente, en especial el exuberante trópico, con su luz radiante y aire de libertad. Aprendió entonces a comer pescado con ñame, sancocho de sábalo, a fumar Pielroja (que fumó hasta su muerte) y a tomar ron blanco.

En 1938 se trasladó a Boston, Massachusetts, con el fin de estudiar aviación, carrera que casi concluyó, pero por problemas con un profesor fue expulsado de la escuela y regresó a Barranquilla, a trabajar en la fábrica de textiles de su padre como supervisor de producción. En 1939 pasó a ser conductor de camión en las recién abiertas petroleras del Catatumbo, lo que constituyó otro gran estímulo para su carrera de pintor, pero duró poco allí: comprendió que su destino estaba en los pinceles, la paleta, la espátula y los colores. Viajó entonces por segunda vez a Boston, en 1940, con el fin de estudiar pintura. Luego de algunas dificultades para conseguir cupo en alguna academia, pues se le consideró “inepto”, se matriculó en el sótano del Museum of Fine Arts School, donde funcionaba una escuela para niños. Duró en ella apenas un semestre y allí realizó su primera exposición. Viajó luego a España, como vicecónsul de Colombia en su Barcelona natal.

En esa ciudad se vinculó a la famosa Escuela de Artes de la Llotja, pero fue expulsado poco después por defender vehementemente el arte americano. Ingresó entonces en el Círculo Artístico y después se convirtió en autodidacta. Permaneció en Barcelona hasta 1944 y allí realizó una exposición individual. De regreso a Colombia se radicó en Bogotá, ciudad en la que compartió estudio con el pintor Ignacio Gómez Jaramillo, y se vinculó al mundo intelectual y bohemio de la capital. Comenzaba ya a mostrar su característico estilo vital y fogoso, como demuestra su lienzo Retrato de Bolívar, de 1944, en el que pintó con colores violentos al Libertador.

El año siguiente, en una exposición retrospectiva de 62 obras suyas que se llevó a cabo en la sala Gregorio Vásquez de la Biblioteca Nacional de Bogotá, se podía apreciar el abandono de los colores violentos, que pasó a reemplazar por tonalidades grises. Sus temáticas dominantes fueron autorretratos, cabezas femeninas y paisajes. El cambio definitivo en la pintura de Alejandro Obregón comenzó en 1947, cuando incorporó a su pintura lo que se ha dado en llamar “expresionismo mágico”, con recuerdos del cubismo. Introdujo la temática de los peces, de las barracudas, pero también los acontecimientos de la época, pues presenció en Bogotá los sucesos del 9 de abril de 1948. Comprendió que a través del arte podía denunciar y, como decía, “nunca solucionar, porque la pintura por sí sola nunca arregla nada”. Imbuido de cierta conciencia social, se dedicó a la búsqueda de un lenguaje propio, empeño en el que persistió hasta su muerte, en 1992.