12 Jan 2021 - 7:42 p. m.

Adiós al guardián del loro orejiamarillo

Gonzalo Cardona era un guía ambiental de Roncesvalles (Tolima) y guardián del loro orejiamarillo. Su cuerpo sin vida fue encontrado ayer, convirtiéndose en el primer líder ambiental asesinado en 2021 en Colombia.
Helena Calle

Helena Calle

Periodista

De Gonzalo Cardona Molina se sabe que era un orgulloso hijo de Roncesvalles (Tolima), que tenía un perro a quien amaba, que se había bañado sin reparo cientos de veces en su querido río Cucuanita, que era educador ambiental, guía ambiental, agudo observador de aves y sobre todo, guardián del loro orejiamarillo Ognorhynchus icteroti, una especie en peligro de extinción.

Eso escribió Proaves (organización colombiana para la conservación de pájaros a la que pertenecía) en el obituario que publicó 11 de enero. Gonzalo fue reportado como desaparecido el 8 de enero. La última vez que lo habían visto fue en la vereda La Unión, en el departamento del Valle del Cauca, en el camino que conduce de Barragán hacia Roncesvalles. Infortunadamente, fue encontrado sin vida. Las causas, según dijo Proaves, aún no son claras, pero todo indica que fue un asesinato.

Por desgracia, Gonzalo se convirtió en el primer líder ambiental asesinado en Colombia en 2021, y su muerte engrosa la posibilidad de que una vez más, Colombia sea el país en donde más defensores del medio ambiente son asesinados. Solo en 2019, 64 de sus voces fueron apagadas, según la ONG Global Witness.

El trabajo de Gonzalo, sin embargo, no queda en saco roto. Este hombre era guardián de la Reserva Loros Andinos en Roncesvalles (Tolima), su pueblo natal. “En Roncesvalles, antes de cualquier reserva o lo que sea, había una población de loros orejiamarillos importante, y se había documentado su presencia al sur del país pero por años no se volvieron a hacer registros. Los biólogos que descubrieron esa población en realidad fueron guiados por Gonzalo, que se conocía la región, sabía dónde anidaban los loros orejiamarillos y otras especies de loros a las que se les fueron haciendo registros. Fue una guía ambiental muy comprometida”, recuerda Olga Nieto, una de las personas que hizo parte del “parche” que terminó llamándose Proaves.

Fue en su amado Roncesvalles en donde se descubrió una población de 81 individuos de Ognorhynchus icteroti, aparentemente la última que quedaba en Colombia en los noventa, y fue gracias a él y a muchos otros que los esfuerzos de conservación dieron frutos. Además de la reserva de Roncesvalles, hay otra en Jardín (Antioquia), también de Proaves, destinada a la conservación de esta especie, que necesita de buenas porciones de bosque para anidar y alimentarse. Ahora, no es casual que fuese Roncesvalles el sitio en donde los loros orejiamarillos volvieron a aparecer. Los bosques estaban bien conservados porque era “zona roja”, de modo que la ley (también la ambiental) la aplicaba las FARC.

Eso fue en 1998. Para 2006, Proaves fundó la Reserva para lograr conservar la palma de cera y al loro orejiamarillo, que en su etapa reproductiva se traslada a estas palmas. Gonzalo era coordinador de esta reserva, y era un experto en estas especies.

Oswaldo Cortés, que gestionaba el manejo de la ecología de aves y loros, aves amenazadas y colombianas y aves migratorias en las reservas de Proaves, trabajó con Gonzalo muchos años. “Nos reuníamos tres veces al año y tenía una libreta en donde apuntaba todos los detalles del loro orejiamarillo, su ave preferida. Cuántos frutos comía, dónde anidaba, cómo era la reproducción, era muy minucioso tomando datos. Era un naturalista puro sin grandes títulos, y todos esos datos eran para la conservación. También organizaba talleres de educación ambiental con niños y adolescentes para que conocieran su riqueza natural. Era un gusto sentarse a hablar de pájaros y de historias de fantasmas en el bosque”.

Ben Freeman, un estudiante de posgrado en el Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Cornell que estudia aves en montañas tropicales también lo conoció. Trabajaron juntos en un encuentro de aviturismo en Antioquia, en 2008. Freeman era el conferencista y Gonzalo lo invitó a pajarear en el Tolima.

“Recuerdo haber conducido su moto por caminos embarrados mientras íbamos a sus sitios de estudio para ver cómo anidaban los loros. Era la temporada de reproducción y Gonzalo estaba monitoreando los cientos de nidos en palmas de cera que crecían en un pastizal empinado. Usó cuerdas para trepar rápidamente por las palmeras, luego volvió a bajar con los pichones de los loros y luego los devolvió a su nido después de pesarlos y medirlos. La mayoría de la gente se aburría un poco de trepar y bajar árboles en un pasto de vacas durante todo el día, pero Gonzalo estaba emocionado cada vez que bajaba con un loro peludo. Su pasión por los loros era obvia: me decía cómo estaba creciendo la población. Era como si estuviera hablando de su propia familia”, escribió Freeman a través de un correo.

Entre otras, era un teso en la regeneración de la palma de cera (Ceroxylon quindiuense), que a pesar de ser el árbol nacional, está agonizando. Esta especie crece tanto o más lento que un frailejón, y tarda 83 años en dar frutos por primera vez, lo que la hace extremadamente frágil ante la tala indiscriminada.

“Se llevó con él un conocimiento importantísimo porque conocía muy bien qué necesitaba el suelo para que la semilla de palma de cera creciera. Le germinaba todo, y conocía muy bien la flora alto andina. Incluso estaba pendiente de cuando las aves hacían popo para recoger las semillas de palma porque esas estaban listas para germinar”, recuerda Cortés.

Según el comunicado de Proaves, Gonzalo recibió amenazas muchas veces en su vida por su labor como guardián. “En ocasiones había sido amenazado por muchos bandos incapaces de comprender su amor por la especie y su desinterés en la política. Los eternos enemigos de la paz, asumieron que él tenía otros motivos, cuando simplemente estaba impulsado a hacer algo diferente. En sus últimos días, durante el pasado mes de diciembre, Gonzalo alcanzó a realizar el último censo nacional del Loro orejiamarillo y la Cotorra Coroniazul, su libreta arrojaba un número aún impresionante para él mismo: 2.895 loros en Roncesvalles. La alegría desbordó su corazón con el orgullo del deber cumplido”.

Este censo hizo parte del estudio que fue publicado en el boletín de la Universidad de Newcastle, en septiembre del año pasado, del equipo internacional de expertos de BirdLife International, la Universidad Sapienza de Roma, Italia, y la Sociedad Zoológica de Londres. El estudio identificó que desde el 1993 se ha evitado la extinción de cerca de 32 especies de aves y 16 mamíferos.

La investigación se basó en 17.046 especies de aves y mamíferos amenazadas, de los cuales 81 estaban dentro de la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). El grupo científico calculó la probabilidad que tuvo cada especie de extinguirse sin medidas de conservación, y demostró que sin los acuerdos de conservación, las tasas de extinción habrían sido alrededor de 3 a 4 veces mayores. Una de las especies que consideró el estudio era el amado loro de Gonzalo. Es gracias a su trabajo y al de otros tantos líderes ambientales que se dieron a la tarea de proteger al loro orejiamarillo que esta especie está un poco más lejos de la extinción.

“Es indignante que el segundo país más biodiverso del planeta siga perdiendo a sus grandes defensores a manos de la violencia. Personas como Gonzalo Cardona Molina no han hecho otra cosa que defender, cuidar y conservar nuestros grandes tesoros de flora y fauna. La biodiversidad colombiana está de luto”, dijo Hernando García Martínez, director general del Instituto Humboldt.

“Lo que más recuerdo de Gonzalo es su sinceridad. Realmente se preocupaba por los loros con los que trabajaba y estaba decidido a ayudar a que su población creciera. Realmente amaba a estos pájaros. Le encantaba compartir conmigo sus historias sobre los loros y contarme a qué loros les estaba yendo especialmente bien. Simplemente no aceptaría que este pájaro desapareciera de su último bastión cerca de su pueblo en las montañas del Tolima”, dice Freeman.

Gonzalo tenía fama de ser un enamorado de su tierra y un aguerrido caminante que trabajó durante 23 años haciendo talleres de educación ambiental en su región, fungiendo como guía ambiental de pajareros o amantes de la naturaleza, censando la población de loro orejiamarillo y ocupándose de su conservación. Paz en su tumba.

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