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Amazonas: viaje a “una barbarie sin registro”

Publicamos un capítulo del libro “Viaje al fin del Amazonas. Crónica de la lucha por la selva de la que depende la vida en el planeta”, investigación basada en viajes por Brasil de la periodista argentina Silvina Heguy, ganadora del Premio Rey de España y narradora en medios como "Anfibia", "Clarín" y ahora en "Crónica".

Especial para El Espectador *

27 de agosto de 2019 - 12:03 p. m.
El libro del sello editorial Debate responde el interrogante que todos nos hacemos: ¿Cuáles serán las consecuencias para la humanidad si el mayor espacio virgen del planeta no logra protegerse y superar el peligro de extinción por la desforestación causada por la soja transgénica, la minería y las centrales hidroeléctricas?
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Más allá de la intimidante inmensidad

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Los árboles ya no mueren de pie. En la selva amazónica, en el corazón geográfico de Brasil, dos hombres con motosierras los hacen caer. El último acto de ese cumarú de más de treinta metros es rugir como un animal herido. Es la fricción con otros lo que provoca el sonido tormentoso. Después hay silencio. Se rompe con el aletear de pájaros que se desbandan. Algo se perdió en el equilibrio de la naturaleza y nadie lo registra.

Por minuto, el equivalente a una cancha de fútbol sembrada de árboles se pierde en esta parte del planeta. La tala ilegal sobrevive porque hay demanda. “Cada árbol caído tiene ya su comprador”, dice el jefe de ese campamento. “Estos van para China, para muebles. Saldrán por el puerto del sur. Es una cadena ilegal que cuenta con sus cómplices en cada etapa”. (Más: Entrevista de El Espectador con la exministra de Medio Ambiente de Brasil).

Las advertencias sobre la degradación de la selva amazónica son alarmas de ambientalistas que parecen quedar en eso. Hay estadísticas que se pierden. Las cifras son verdaderas construcciones de laberintos desde donde discuten por tener la razón, con aura científica. La realidad son caminos de tierra, selva herida por rutas, pobreza, peleas de hombres y mujeres pobres contra hombres pobres con armas y pagados por poderosos.

Una vez ahí, hace calor; el cielo del atardecer es rojo, de un tono único; la superficie es inabarcable; los árboles, altísimos; hay animales jamás vistos, anacondas capaces de tragar a un hombre entero, y la crueldad de la muerte no sólo es parte de la pelea por la superviviencia del más apto; hay pistoleros, traficantes, buscadores de oro, ladrones de tierra de guante blanco y promesas oficiales sin cumplir. La selva parece concentrarlo todo.

La sucesión de sus tragedias la ha vuelto una barbarie sin registro. La desconexión con lo que sucede se esconde en la hiperconexión permanente. Se sabe más de las matanzas de los pueblos indígenas de la Amazonía por los conquistadores españoles y portugueses que la llevada adelante por la dictadura militar en las décadas de 1970 y 1980, cuyo plan sistemático recién está saliendo a la luz desde los archivos secretos.

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Por momentos, la realidad parece no poder salir de la selva y desafiar un cambio. El territorio, como la ignorancia, no ayuda. Los exploradores de siglos pasados recorrieron la cuenca amazónica dibujando mapas, clasificando flores y animales, analizando comportamientos, discutiendo el buen o el mal salvaje, yendo detrás de ciudades perdidas con paredes cubiertas de minerales preciosos. Los periodistas apenas llegan. Muchos de los que lo hacen se ocupan de registrar al milímetro el comportamiento de alguna especie al borde de la extinción. Otros pasan meses filmando sus propias aventuras como modernos Indiana Jones. El espectáculo contenido en lo superficial. Hay pocos que logran valiosas investigaciones sobre las mafias que se enriquecen de la selva. Es difícil unir un rompecabezas tan complejo, y esa dificultad ayuda a la impunidad. La selva parece infinita, no importa un árbol menos, una cultura corrompida por el dinero, un río sin peces. Las cumbres climáticas son reuniones que logran poco, más allá de la advertencia. La ley y el Estado no están para frenar a los asesinos a sueldo capaces de matar a una monja cuando termina de leer el Evangelio. La llegada es siempre tarde: sobre los cadáveres o la selva incendiada. (Más: Satélites de la Nasa muestran cómo arde la Amazonia).

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La Amazonía está mucho más que amenazada. Tiene presiones reales como la tala, la minería, el avance de la agricultura, la explosión demográfica o la construcción de represas. Sobrevivió a volcanes y otras desventuras climáticas durante cincuenta millones de años, pero fallan sus anticuerpos para la acción del hombre, o para su indiferencia. Acercarse a ese escenario es una tarea difícil. Este libro pretende contar historias cuando a veces se abre un claro en la selva y se puede atravesar su intimidante inmensidad. Pretende ser una crónica de viaje que mira más allá de la maravilla de la naturaleza y donde el hombre se muestra en todas sus facetas. Una pieza para que ese rompecabezas alguna vez logre unirse y evitar que las próximas generaciones vivan con una Amazonía transformada en un desierto y con la selva como un territorio mítico del pasado.


Ceremonia

El chamán más viejo de la tribu Erikibatsa apenas habla portugués. Fuma unos cigarrillos de hojas verdosas que huelen dulce y canta. Canta en la noche un lamento suave, monótono, acompasado, que sólo por momentos se hace agudo. Elías, así se llama el chamán, canta en la noche sentado en medio de la choza principal de la aldea. Es una ini, una casa tradicional de la etnia Manoki, una estructura de madera cubierta con hojas gigantes de la selva amazónica.

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Elías canta y llama a los espíritus y al resto de la comunidad. La noche ya está fría, pero aún no tiene la humedad desesperante de la madrugada. A la tarde, había autorizado a “los blancos” a presenciar la ceremonia. Pero adentro de la choza no se ve nada, todo está oscuro. Cada tanto, un celular inservible para comunicarse —en esta parte del mundo no hay señal de operadoras telefónicas— ilumina una mínima parte del interior. Cuando una de esas linternas intermitentes se enciende, los ojos intentan captar detalles y así poder armar la escena. Hay gente acostada sobre esterillas y en las cinco hamacas que cuelgan de los postes que sostienen la estructura de la casa, un gran espacio de unos veinte metros de largo y unos ocho de ancho. Acomodarse en ella es difícil, casi no hay lugar libre. Hay adultos, y chicos durmiendo en los brazos de sus madres. Y está el canto de Elías, que lo envuelve todo.

El chamán fue convocado por Manoel Kanuxi, el cacique de la tribu Manoki, una de las treinta y nueve etnias que viven en Mato Grosso, cifra que convierte a este Estado brasileño en el segundo lugar de mayor diversidad de este país de por sí diverso. En total, se calcula que son ciento setenta los grupos indígenas que habitan la cuenca de la Amazonía. Alrededor de cincuenta de ellos nunca tuvieron contacto con otra civilización que no fuera la suya.

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Manoel había enviado su aviso a Elías un par de días antes por medio de un mensajero. En él le explicaba que lo necesitaba. En su comunidad ya no quedan chamanes y sin ellos no hay quien sea capaz de entender las razones “profundas” por las que suceden las cosas. Y Manoel quería saber algo concreto: cuál era el origen de las últimas muertes entre su gente.

Junto con otros chamanes de su tribu y con parte de su comunidad, Elías viajó casi trescientos kilómetros para llegar hasta la reserva Manoki. Los Erikibatsa viven cerca de la ciudad de Comodoro, también en el Estado de Mato Grosso y pegada a Bolivia. Una región que hasta principios del siglo XX compartían con otros pueblos indígenas como los Nambikwára e Enawenê-nawê que actualmente se agrupan en reservas protegidas por la ley federal brasileña. “Rodeados de soja”, dice uno de ellos. La región figura siempre en la lista negra de los desmontes que elabora el gobierno brasileño. Es el centro de lo que llaman el arco de la deforestación, una franja que avanza comiendo la selva y que mide cuatro mil kilómetros. La misma distancia que une Madrid con Moscú en un viaje en auto de más de cuarenta horas.

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El canto de Elías se repite sin pausa y, de a poco, se van uniendo a él las voces de las mujeres. En diez minutos formarán un coro perfecto. Una familia local llega con dos baldes de plástico blanco. En uno está la masa de mandioca que estuvieron preparando durante la tarde. En realidad, rallándola hasta dejarla compacta. Al hornearla, después, será un pan firme y rico sin ningún aditamento. En el otro balde hay un jugo de caña dulce. Al verlo, una mujer se levanta de la esterilla sobre la que descansa y dice que esa bebida le gusta mucho. Con una jarra saca un poco y bebe. Después se la pasa a otro y éste a otro, así van tomando todos.

Con un movimiento rápido, Elías saca algo de abajo de sus piernas. Muestra una lata de cerveza Brahma. El silencio se vuelve un murmullo. Llevar alcohol a una reserva indígena en Brasil está prohibido. Elías señala la lata. Una mujer mayor le pide verla. “Es el diablo”, dice ella. Él afirma con la cabeza y le asegura que es la culpable de muchos de los males de la comunidad, pero que no es la única. Uno de los secretos de esta parte de Brasil es que, a pesar de la prohibición, el alcohol suele entrar en las reservas y cuando esto sucede surge la violencia doméstica.

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La ceremonia continúa. “Saudade ficará nesta casa” (“la añoranza quedará en esta casa”), anuncia en portugués Elías tras media hora de cantos. La oscuridad es pura incomodidad e inquietud. Afuera, la luna creciente y las estrellas son un techo más tranquilizador sobre esta área rodeada de una selva baja, de donde llegan gritos de animales. Dos mujeres, que han decidido abandonar la ceremonia, caminan en la oscuridad hacia sus hamacas. Mañana deberán comenzar a trabajar temprano en la limpieza espiritual de la tribu. Unos palos altos pintados con pigmentos negros y rojos extraídos de la selva son la señal de que los chamanes en cuanto llegaron comenzaron a pedir protección. Hay dos iguales en la entrada de la aldea, sobre el camino de tierra que viene de la ruta. Los chamanes dicen saber cuál es la causa de las desgracias. “Es algo muy malo”, advierten, pero por ahora no lo dirán.

Las cruces del cementerio indígena están demasiado cerca de la canchita de fútbol, donde los chicos Manoki y Erikibatsa juegan a la pelota. El cuerpo trozado de un anta de más de trescientos kilos se asa sobre un fuego lento. “Es una rata gigante”, bromea Celsio, uno de los hombres que vigilan las brasas. La carne está casi negra y muchos lo “caranchean” directamente de la parrilla.

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Celsio también es el encargado de cortar la leña. Con el hacha, da en el centro de un tronco caído. La corteza estalla y el panal que había dentro se esparce por el aire. Al segundo, está rodeado de cientos de abejas “africanizadas”. Han venido del otro continente de la mano de apicultores y nada las detiene en estas tierras supuestamente extrañas. Los chicos dejan de jugar al fútbol para meter la mano en el tronco abierto y comer la miel. “Irixi, irixi” [“abejas, abejas”] mientras ríen.

Celsio se acerca nuevamente al fuego. Una mujer descansa en una hamaca de tela gruesa. Tiene a su hijo de once años encastrado en el cuerpo. Nació con una malformación, casi no puede moverse y creció como si fuera parte de su madre. Celsio se presenta como uno de los líderes de su grupo, como uno de los hombres más fuertes, se describe para explicar por qué todos aceptan sus órdenes. En su aldea viven más de dos mil personas. Han quedado aislados entre campos de soja, vuelve a contar. Ya no cazan tantos animales y los pocos que logran atrapar, asegura, tienen gusto diferente porque van a comer a los sembrados y el sabor de su carne cambia con las plantas nacidas de semillas genéticamente modificadas. También asegura que cuando a los sembrados los rocían con agroquímicos, el aire huele raro. Los Erikibatsa no cuentan con los servicios estatales básicos.

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La cruz nueva del cementerio no tiene más que una semana. Es la de Silvio, uno de los líderes jóvenes Manoki. El muchacho viajaba en su moto por la ruta que une la reserva con el pueblo de Brasnorte cuando un camión lo atropelló. El conductor asegura que intentó frenar pero no pudo, algo falló. Los testigos confirmaron la versión. Un año atrás, y casi en el mismo lugar, en un accidente parecido murió Bernardino, el hermano de Silvio.

“Demasiadas coincidencias”, pensaron los Manoki. Los hermanos eran los encargados de recorrer la llamada “Tierra Nueva”, que de nueva tiene poco. Los jóvenes soñaban con levantar una aldea en el territorio que sus ancestros habían ocupado históricamente, antes de que fueran desplazados por el gobierno brasileño hacia una reducción jesuita a mitad del siglo XX.

“Yo nací ahí, en la Tierra Nueva”, dice Manoel como presentación. El cacique no debe medir más de un metro sesenta. Tiene el pelo largo y negro, con algunas canas, peinado con raya al costado, y sus ojos se achinan cuando se ríe. Hace sesenta y dos años su madre lo parió en ese lugar que ahora su pueblo trata de recuperar. Manoel, junto con el resto de la comunidad, fue trasladado hacia la Misión Utiariti. Según les dijeron los del gobierno, fue para darles refugio de las matanzas y enfermedades que comenzaron a sucederse a partir de la aparición de los hombres blancos en su territorio. Sucedió en la década de 1940. En el internado, a Manoel, como al resto, le prohibieron hablar su lengua y le enseñaron catecismo. Por eso, cada vez que cuenta una historia de su pueblo usa un latiguillo, “en nuestra religión tradicional”, para hacer la diferencia con la católica que aprendió en Utiariti.

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Fue en 1968, cuando los jesuitas impulsaron su cierre, que Manoel volvió a donde vive actualmente. Es un conjunto de pequeñas aldeas de cuatro a cinco casas cada una para los 460 Manoki que existen en la actualidad. Ir de una vecindad a otra es transitar por caminos de tierra en los que resulta fácil perderse: para un extraño, todo el paisaje se asemeja. En la aldea central funciona una escuela; un salón hace de centro de salud y también hay una pequeña biblioteca en la que se exponen los elementos tradicionales de esta cultura indígena, collares y vestidos hechos con flores y plumas coloridas.

Ningún explorador de la selva describió a los Manoki hasta 1910, cuando la zona comenzó a ser explorada con el fin de tender el cable para el telégrafo. Los primeros registros que los mencionan coinciden también con las matanzas. Fueron tan feroces que tres décadas más tarde, cuando llegó el traslado a la reserva jesuita, habían quedado apenas cincuenta y dos Manoki. En la reducción se casaron con gente de otros pueblos, como los Nambiquara, Paresí o Kaiabi hasta que volvieron a su zona original, la Irantxe, como la llaman, una superficie de cuarenta y cinco mil hectáreas que se extiende entre las ciudades de Campo Novo do Parecis y Brasnorte, en el estado de Mato Grosso. Es un área de mata baja y de transición que se transforma en selva amazónica. Los ríos Cravari y Sangre, bautizado así por su color rojo, son los límites. La lucha por la ocupación de estas tierras sigue siendo un fenómeno tan actual como lo fue a principios del siglo XX.

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* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

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