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Científicos estudiaron la conexión del Amazonas y el Magdalena y se llevaron una sorpresa

El Magdalena es el río más importante a nivel económico, social y ambiental de Colombia. Lo que pocos saben es que el agua que lo nutre proviene de regiones que parecen alejadas. Un nuevo estudio liderado por la Universidad de Antioquia reveló que una de cada tres gotas llegan a la cuenca del Magdalena, en forma de lluvia, desde el Amazonas y el Orinoco.

Catalina Sanabria Devia

27 de mayo de 2026 - 09:48 a. m.
Vista aérea de la Depresión Momposina, donde está un tramo del río Magdalena.
Foto: Cortesía Camilo Montes

Juan Fernando Salazar no titubea al decir que la cuenca del río Magdalena es la más importante de Colombia. Se refiere, sobre todo, al valor que representa para la población que la habita; unas 30 millones de personas. El profesor de la Universidad de Antioquia es uno de los autores de un nuevo estudio publicado en la revista Water Resources Management, que demostró cómo regiones que parecen lejanas, en realidad guardan una estrecha y poco conocida relación con el Magdalena.

La investigación reveló que alrededor de un tercio del agua que cae en forma de lluvia sobre la cuenca del Magdalena proviene de territorios fuera de su delimitación superficial, más allá de las altas zonas de los Andes, en donde nace el Magdalena, y de las bajas tierras del Caribe, donde desemboca. En otras palabras, encontraron que una de cada tres gotas llega al Magdalena a través de lo que se conoce como “ríos voladores”, desde las cuencas de los ríos Amazonas y Orinoco, que también están en países como Brasil y Venezuela.

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José Posada Marín, magíster y doctor en Ingeniería Ambiental, quien lideró la investigación, explica que esto puede ocurrir por distintos mecanismos, por ejemplo, a través del Chorro de Bajo Nivel de Sudamérica. Se trata de una corriente atmosférica que recoge la humedad que evapotranspiran los árboles de la Amazonia, que puede ser de entre 300 y 500 litros por cada individuo y, dependiendo de la época del año, la “riega” por toda la región.

Se estima que el 50 % del agua que produce esta selva tropical se distribuye a lo largo del sur del continente, en Brasil, Bolivia y Paraguay. Incluso, llegaría a Argentina y Uruguay por medio de la cuenca del Río de la Plata. “Por eso decimos que el Amazonas no es solo el pulmón del mundo, sino también el corazón de Sudamérica”, afirma Posada.

Su estudio, en el cual también participó Salazar, arrojó que ese 30 % del agua que el Amazonas y el Orinoco aportan al Magdalena, en ciertas temporadas, puede aumentar considerablemente, hasta un 60 %. “Estaríamos hablando de que dos de cada tres gotas vienen de esas regiones”, dice Posada.

Sus hallazgos cobran todavía más relevancia teniendo en cuenta que la cuenca del Magdalena, según describe The Nature Conservancy, es el “corazón económico, social y ambiental de Colombia”, allí se genera alrededor del 80 % del PIB y se produce la mayor parte de la energía de nuestro país. El río, en sí, cuenta con más de 1.500 kilómetros de extensión.

Evidencia para tomar acciones

La apuesta de analizar esta relación entre cuencas surgió de un interés particular: evaluar el efecto que la deforestación de la Amazonia podría tener sobre la seguridad hídrica, puntualmente la de Antioquia. Allí, de acuerdo con Salazar, “es difícil decir que la Amazonia es importante, pues para los antioqueños esa región queda muy lejos. Entonces, uno de los objetivos de este estudio es demostrar que, en realidad, una parte importante del agua que sale por las canillas de este departamento y de muchos otros, viene de allá”.

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Con eso en mente, y para identificar las zonas clave que nutren la cuenca del Magdalena, los investigadores aplicaron lo que técnicamente denominan “modelos de retrotrayectorias” que, en esencia, sirven para rastrear el agua.

Basándose en proyecciones del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo, resolvieron ecuaciones matemáticas e implementaron códigos computacionales para determinar los procesos que ocurren en la atmósfera, tanto de incorporación como de descarga de humedad. Además, analizaron cómo ese transporte de agua se ve afectado por el fenómeno de El Niño, que reduce considerablemente los tiempos de viaje y altera la actividad de la vegetación.

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Posada cuenta que el estudio también estuvo motivado por investigaciones previas que han realizado y que han ido abriendo más preguntas. Por ejemplo, en septiembre de 2024 publicaron en la revista Nature una evaluación de 379 cuencas del mundo, considerando “los peligros derivados de una gobernanza y un desempeño ambiental limitados”. En ese análisis global demostraron cómo no tener en cuenta de dónde viene el agua de los ríos puede aumentar los riesgos para la seguridad hídrica.

“Por lo general, el agua ha sido vista como un recurso en disputa y, de hecho, en muchas partes se habla de hegemonía por el agua; todos quieren tener control sobre ella”, apunta Posada.

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Un ejemplo es el caso de la Gran Represa de Renacimiento Etíope en el río Nilo, la más grande de África y por la cual se ha generado un conflicto entre Etiopía, Egipto y Sudán, pues estos dos últimos han señalado que la infraestructura amenaza con reducir su abastecimiento de agua río abajo.

A ojos de Posada, más que por una hegemonía del agua, deberíamos primar por una “hidrocooperación”. Una idea que han propuesto algunos investigadores es que los países opten por percibir el agua, en vez de un recurso, como un bien común. “La atmósfera nos deja un mensaje muy bonito y es que todos estamos conectados con todos. Partiendo de esa noción de bien común, a cada persona nos corresponde cuidar el agua”, afirma el ingeniero ambiental.

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Esa es, precisamente, una de las intenciones de su estudio al explicar la relación que mantiene el Magdalena con el Amazonas y el Orinoco. Salazar, por su parte, menciona que el equipo busca incidir sobre la toma de decisiones y, de ese modo, que sectores como el eléctrico se percaten de que no solo deben actuar e invertir recursos en las cuencas superficiales que llegan a sus embalses, sino también en otros territorios. “El sector eléctrico colombiano debería ser uno de los más interesados en proteger la Amazonia”, dice.

Un panorama que inquieta

Como hemos contado en estas páginas, hay un 82 % de probabilidad de que el fenómeno de El Niño llegue este año antes de lo esperado, el próximo trimestre (junio, julio y agosto). Además, de acuerdo con la directora del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), Ghisliane Echeverry, se descartó la posibilidad de que sea un fenómeno moderado y, en cambio, se espera que sea fuerte o muy fuerte. Por su parte, la ministra de Ambiente encargada, Irene Vélez Torres, ha declarado que las regiones que más se verían afectadas por este fenómeno serán el Caribe, el Pacífico y la región Andina.

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Los efectos, de hecho, ya se están comenzando a ver. Hace apenas unos días, la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (CORPAMAG) informó que las condiciones de la temporada seca han generado una reducción en el nivel del río Magdalena. Tras analizar las entradas de agua en los caños El Salado y El Burro, los datos de lo que va de 2026 muestran una tendencia descendente.

De seguir así, alertó la corporación, “los niveles podrían acercarse a los valores mínimos registrados en las últimas cuatro décadas”. Frente a ese escenario, CORPAMAG adoptó urgentes medidas preventivas, de mitigación, control y manejo ambiental, a través de la Resolución 1303 de 2026.

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Salazar asegura que, si se quiere proteger el agua del Magdalena, es necesario proteger la Amazonia, que está en graves aprietos. Se estima que la deforestación ha arrasado con entre el 17 % y el 18 % de esta selva tropical, la más grande del mundo, que abarca ocho países. Puntualmente en Colombia, la región representa más del 40 % de nuestro territorio continental.

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“Hemos olvidado que la lluvia no se puede dar por sentada. Las precipitaciones en el Magdalena vienen de lugares específicos, como el Amazonas y el Orinoco, y lo que pasa allí influye sobre su disponibilidad de agua”, subraya Salazar. “Ese es un mensaje muy claro de nuestro estudio. Necesitamos, desde la ciencia y desde los medios, visibilizar que también existen ríos aéreos o voladores que nos conectan y que así funciona la naturaleza”.

*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.

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Por Catalina Sanabria Devia

Periodista con enfoque en temas ambientales. En El Espectador escribe, principalmente, sobre la Amazonia. También le interesan los asuntos de género y construcción de paz. Ha colaborado en medios como Rutas del Conflicto y Mongabay Latam. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (2022).@catalina_sanabrlsanabria@elespectador.com
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