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Cuando guía uno de los sobrevuelos que suele hacer por las áreas protegidas de la Amazonia, Rodrigo Botero tiene una particular manera de presentar al Parque Nacional Natural Tinigua:
—Bienvenidos al “hato ganadero” Tinigua —dice, medio en broma, medio en serio.
Volamos a 2.500 pies, algo así como la altura que sumarían cuatro torres Colpatria. Es suficiente para ver los techos de las casas, el ganado disperso y las vías que avanzan por el parque.
—Ahí pueden ver los siete ejes viales que atraviesan Tinigua de Occidente a Oriente— añade Botero, director de la Fundación para el Desarrollo Sostenible (FCDS), en el micrófono de la avioneta, en la que escuchamos siete pasajeros. El piloto y el copiloto, mientras tanto, van tarareando los accidentes geográficos en el recorrido que saben de memoria—. No me digan que esto no es un desarrollo planificado. ¡Planificación total para conectar con la Sierra de La Macarena y acabar con esta vaina!
Como es la temporada seca (entre diciembre y marzo), desde arriba se ven muy claros los fragmentos que quedan de las selvas húmedas tropicales del parque. A lo lejos, alguna otra quema, usual en estos meses, pues hay que ganarle tiempo a las lluvias que se pueden alargar por el resto del año.
Pero la parte sur del Parque Nacional Natural Tinigua no parece un hato ganadero. Son muchos hatos ganaderos con jagüeyes, casas, corrales y vías.
Seamos precisos: según el Censo Bovino del ICA, el Instituto Colombiano Agropecuario, en 2024 había 56.338 cabezas de ganado. Después de la Sierra de La Macarena, es el área protegida de la Amazonia con más vacas. Las estimaciones de la FCDS indican que de esa cantidad se producen, fácilmente, más de 63.000 litros de leche diaria.
—Es que, ¿por qué no hablamos más de Tinigua? —se pregunta la exviceministra de Ambiente, Sandra Vilardy, hoy profesora de la Universidad de los Andes—. Está bien que miremos al Chiribiquete, pero lo que está pasando aquí, en Tinigua, es tremendo. Me atrevería a decir que es uno de los procesos más dramáticos de pérdida ambiental en toda nuestra historia.
Esperanza Leal, directora de la Sociedad Zoológica de Frankfurt - Colombia, una ONG que trabaja por la conservación de la Amazonia; Ómar Franco, exdirector del Ideam y exdirector de la organización Parques Cómo Vamos, y Adriana Rojas, coordinadora de sistemas de información en la Fundación Gaia Amazonas; concuerdan con Vilardy: es uno de los casos más dramáticos de un parque nacional y, posiblemente, dicen, no tenga vuelta de hoja.
—Yo creo que, tal vez, perdimos Tinigua. Esa conectividad andino-amazónica, que es tan importante, es muy frágil. Si viéramos un mapa de 2015, la podíamos notar entre los parques Nukak, Chiribiquete, La Macarena, Tinigua y Picachos, pero perder ese bosque es interrumpir la conectividad de muchas especies —añade Leal, en una llamada.
—Para mí Tinigua es uno de los corredores ecológicos más importantes y estratégicos del país, pero hoy es uno de los parques nacionales con mayor deforestación acumulada. Esta situación traerá, de manera inevitable, consecuencias como la reducción de la conectividad ecológica y la creciente inestabilidad en la regulación hídrica de la región—complementa Franco en un mensaje de WhatsApp.
Volvamos a las cifras: de acuerdo con los datos recopilados por MapBiomas Colombia, de las poco más de 210.000 hectáreas de bosque que tenía Tinigua, en 2024 le quedaban 134.901 hectáreas. La gran mayoría (unas 72.000 ha) de todo lo que perdió (76.000 ha) fue talado en el sector sur del río Guayabero, que divide al parque en dos.
La mejor manera de dimensionar lo que ha ocurrido es detenerse un par de minutos en los siguientes mapas. Muestran una breve línea del tiempo de lo que ha ocurrido en el PNN más deforestado del país.
Como explica Adriana Rojas, lo que se ve en esas imágenes es que, mientras hace cuatro décadas era muy claro que todo ese territorio de la Amazonia estaba conectado, se empezó a fragmentar poco a poco, hasta que quedaron parches. Para ella, la funcionalidad de la parte sur ya es muy vulnerable, si no es que ya se ha perdido.
Otro de los mapas que han construido en MapBiomas Colombia ayuda a comprender mejor a qué se refiere. En él se muestra la “pérdida de conectividad ecológica”.
Fíjense en la parte oscura, que indica lo que se ha perdido entre 1985 y 2022. La más clara, es el reflejo de lo que se ha degradado. Tinigua no se escapa de ninguna de las dos categorías y apenas unos puntos aparecen en “buen estado”.
“Los parches grandes y conectados de hábitat que antes existían en el sector sur de Tinigua se han transformado en una red dispersa de relictos de bosque pequeños, irregulares y aislados”, es como lo resume un informe de la FCDS, que detalla las dinámicas de la deforestación en la Amazonia.
La frágil conectividad
El ecólogo Camilo Correa-Ayram, PhD en Geografía e investigador de la Universidad Javeriana, ha tratado de entender con más certeza qué es lo que ha estado sucediendo en esa parte de la Amazonia colombiana, en términos de conectividad. Para explicar lo que se pierde, pide retroceder un poco en el tiempo: unos 23 millones de años, cuando se empezó a gestar ese corredor por el que ha transitado la biodiversidad.
—Esa región andino-amazónica, de la cual hace parte el PNN Tinigua, es importantísima en términos evolutivos. Es un área que abarca desde el páramo, en la cordillera oriental, hasta los bosques de tierras bajas de la Amazonia. Es muy importante en términos de diversificación genética —argumenta.
Para explicar un poco mejor por qué desconectar esa autopista es “romper” procesos evolutivos de especies que han “subido” de la Amazonia a los Andes y viceversa durante millones de años, menciona el caso de una especie de mariposa de alas transparentes que estaba en las partes altas y se diversificó en dos géneros hace 7 millones de años. También recuerda el caso de roedores andinos o de una especie de colibrí que “colonizó” de abajo hacia arriba hace 22,4 millones de años.
En 2022, junto con sus colegas Paulo J. Murillo-Sandoval y Nicola Clerici, publicaron un artículo en la revista Global Ecology and Conservation en el que calcularon la “pérdida de hábitat conectado” entre el 2000 y el 2020 en la región adino-amazónica. Con base en un índice que les permitió calcular la conectividad espacial y funcional de las porciones de bosque, concluyeron que había sido del 18 %, mientras que la pérdida de hábitat había sido menor (del 13 %).
Para volver al presente, Correa-Ayram pide pensar en que hay especies que suelen aprovechar esa conectividad, como las dantas, los monos churucos, los jaguares o los tigrillos.
Como lo señalaba en aquel trabajo, para nadie es un secreto que la deforestación en la Amazonia creció a un ritmo frenético después de la firma del Acuerdo de Paz con las FARC-EP.
El PNN Tinigua tampoco se salvó de pagar ese precio. Luego de 2016, la tala ilegal aumentó: mientras en 2016 Tinigua tenía poco más de 172.000 hectáreas de bosque, pasó a tener 160.000 en 2018 y 134.000 en 2022.
El último informe de Parques Cómo Vamos (2024) lo dice claro: entre 2018 y 2023 Tinigua fue el Parque Nacional Natural donde se registró mayor pérdida de bosque: 33.575 hectáreas, es decir, un área similar a casi toda la ciudad de Medellín.
Quienes le han tenido que poner el pecho a esa situación han sido, precisamente, los guardaparques que, con pocos recursos, han tratado de sortear un escenario en el que ha aumentado la población al interior del parque, el ganado, las vías y, en algunos puntos, los cultivos ilícitos. Querubín Rodríguez Pinilla, que estuvo como jefe designado en 2017, lo resume con una frase: “La gobernabilidad es berraquísima”.
Hoy quien está al frente del parque es Edgar Lozano, quien hace una detallada introducción de los antecedentes del conflicto armado y de las viejas bonanzas (pieles, coca y ahora ganado) de las que vivieron los colonos que llegaron a Tinigua en la década de 1980 y de 1990. ¿Cuál es la salida para proteger un Parque Nacional Natural que puede tener ya, a su ojo de buen cubero —aunque aclara que no es oficial—, unas 3.000 o 3.200 familias?
La respuesta (que también es sobre un viejo debate sobre tener o no personas dentro de los PNN) ameritaría otro artículo, pero Lozano cree que un paso vital es construir confianza con quienes están dentro de Tinigua. Menciona varios acuerdos que han logrado hacer para que haya una economía mínima (abejas mieleras, cacao, turismo) que permita proteger el bosque y mantener la conectividad de lo que queda. Lo otro que cree vital es fortalecer la educación para que “haya apropiación de los procesos de conservación” (algo en lo que ahondaremos esta semana, en una segunda entrega).
En sus palabras, cada acuerdo ha costado mucho trabajo después de la Operación Artemisa, que lanzó el gobierno de Iván Duque en 2019 para combatir la deforestación, pero que recibió muchas críticas. Lo otro que le parece que no debió suceder en ese entonces fue el “ingreso de unas 1.500 familias de manera organizada entre 2018 y 2019”.
“Eso que pasó en ese gobierno fue catastrófico. Fue el período en el que más sufrió la naturaleza. ¿Por qué sucedió? Porque no implementaron el Acuerdo de Paz”, argumenta Luisz Olmedo, el director de Parques Nacionales Naturales.
A diferencia de lo que sucedió en ese entonces, reitera Olmedo, en estos últimos años han tratado de restablecer la confianza. Según él, han firmado más 70 acuerdos con las familias que están al interior del PNN Tinigua para frenar la tala y poner en marcha proyectos que ayuden a conservar la selva.
Pero, a la par que eso sucede, la deforestación no cesa. En el último año, indica la FCDS, se abrieron 58,9 kilómetros de vías (van 617,5 desde el 2018). Es un fenómeno que se mueve al vaivén de un actor que es la autoridad en la zona: las disidencias de las FARC.
“En el PNN Tinigua, la dinámica de deforestación y control territorial no puede entenderse sin la presencia activa de las disidencias de las FARC, en particular del Estado Mayor Central (EMC) y el Estado Mayor de Bloques y Frente (EMBF), estructuras armadas que ejercen autoridad en amplias zonas del parque y sus alrededores y que regulan la ocupación del territorio y la movilidad de la población”, señala la FCDS en su informe sobre las tendencias de deforestación en la Amazonia.
Son las disidencias las que le marcan el paso a la tala ilegal. En 2023, por ejemplo, la pérdida de bosque en el PNN Tinigua se redujo notablemente: pasó de 4.832 hectáreas en 2022 a 650. Pero, luego de la “reapertura de permisos para deforestar” que dio el EMC, se lee en ese documento, la deforestación se activó frenéticamente: 3.304 ha se perdieron entre abril de 2024 y marzo de 2025.
Eso es, más o menos, 29 veces el tamaño del Parque Simón Bolívar en Bogotá.
—La figura de PNN debería ser sagrada, pero creo que algunos funcionarios del Gobierno se olvidaron de eso en las mesas de negociación con las disidencias —reclama un conocido actor del sector ambiental, que prefiere no ser citado.
—Sabemos que los acuerdos no son puros y son diversos —responde Olmedo, director de PNN—. Y también sabemos que en parques como Tinigua, Picachos y Macarena hay disputas de poder, como ha sucedido históricamente. Pero nuestro rol ha sido estar ahí, aportar información, representar a la naturaleza y mantener la esperanza. Si no hay diálogo, hay guerra, y ese diálogo ya nos ha permitido acceder a zonas a las que no llegábamos hace mucho tiempo.
Aunque el paisaje que se ve desde el aire no es nada alentador, Botero también cree que aún hay tiempo para salvar esa área ubicada en el departamento del Meta y que se enfrenta a lo que él llama un “triple fenómeno: ganadería, deforestación y expansión vial”. Dice que, pese a su degradación, confía en que podría ser un “área de restauración de mediano y largo plazo”. Algo imposible, añade, si el Estado no se toma en serio la idea de estructurar una política pública de uso y ocupación de los PNN.
Por lo pronto, en Tinigua se siguen tumbando árboles: el año pasado, según las cifras de Mapbiomas Colombia, hubo 301 eventos de deforestación, que corresponden a 2.803,46 hectáreas.
Eso equivale a un área tan grande como cuatro veces el tamaño del Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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