28 Mar 2022 - 2:00 a. m.

Debate sobre La Lindosa: ¿De cuándo es el arte rupestre de la Amazonia colombiana?

Un reciente estudio publicado en la revista “The Royal Society” revivió un intenso debate sobre las figuras de arte rupestre que hay en la Serranía de La Lindosa, en Guaviare. Mientras un grupo de investigadores sugiere que son especies de la Edad de Hielo, otros las atribuyen a la época colonial. ¿Quién tiene la razón?
María Paula  Lizarazo

María Paula Lizarazo

Periodista de Amazonia y Ambiente
Perros de guerra que investigadores colombianos han atribuido a la época colonial. / F. Urbina, La Lindosa, 2011
Perros de guerra que investigadores colombianos han atribuido a la época colonial. / F. Urbina, La Lindosa, 2011

Entre 1847 y 1848, el comerciante Pedro Mosquera recorrió parte de la Amazonia. Partió desde lo que hoy es Solano, Caquetá, y llegó a Bogotá por los Llanos Orientales. Se cree que los datos más antiguos que hay de arte rupestre en la Serranía de La Lindosa (Guaviare) son las pictografías que Mosquera encontró en su recorrido y consignó en sus diarios. Sobre ese viaje, Agustín Codazzi escribió en una carta en 1852 que Mosquera suministró “conocimientos nuevos sobre la geografía de un territorio que nadie había recorrido ni descrito”, pero lo cierto era que hacía miles de años La Lindosa y toda la cuenca amazónica ya había sido recorrida y habitada. Para entonces, tanto Mosquera como Codazzi atribuyeron aquellos trazos a los españoles.

En el siguiente siglo, en 1977, una misión holandesa en conjunto con investigadores del Instituto Agustín Codazzi buscó realizar una geografía detallada de la Amazonia. Cuentan que un grupo de indígenas gambusinos le comentó al geólogo Jaime Galvis, quien lideraba la expedición, que en unas piedras en el Chiribiquete había pinturas de elefantes: se trataría de mastodontes. Esa habría sido otra de las primeras pistas que se tuvo de fauna extinta en la región. En 1992 se haría una expedición científica exclusiva al Chiribiquete. Y aunque, en palabras de Fernando Urbina, profesor jubilado de la Universidad Nacional, en todas las serranías de Colombia hay arte rupestre, es poco lo que se ha inventariado.

Una investigación publicada hace unos días en la revista The Royal Society, en la que participaron profesores de la Universidad de Exeter (Reino Unido) como José Iriarte y Alan K. Outram, y de las universidades de Antioquia y la Nacional, como Francisco J. Aceituno y Gaspar Morcote, entre otros, apunta a que algunas de las figuras de arte rupestre que hay en esta Serranía corresponden a la Edad de Hielo, una era que terminó hace más de diez mil años. La investigación del grupo de Iriarte entra en disputa con publicaciones de otros estudiosos, como Urbina, quien explica que Colombia es uno de los países del mundo en el que hay más arte rupestre; en Sudamérica, se ha encontrado principalmente en Brasil, Colombia, Bolivia y Argentina. Y hay un dato crucial: pueblos indígenas en aislamiento continúan creando arte rupestre en la Amazonia.

Existen dos formas de este tipo de expresiones: pictografías (representaciones pintadas sobre las rocas) y petroglifos (grabados que se tallan en estas). Solo en el río Caquetá se han registrado alrededor de cinco mil figuras, de las cuales la mayoría son petroglifos y menos de diez son pictografías, mientras que, por ejemplo, en La Lindosa, la mayoría son pictografías. Pero la pregunta de qué es arte o desde qué lugares de enunciación se asume esta respuesta es uno de los debates que por décadas ha estado presente en esta disciplina. (Le puede interesar: El polémico “descubrimiento” de pinturas rupestres en Guaviare)

Alexander Herrera, profesor de Historia del Arte en la Universidad de los Andes, afirma que “hay quienes no hablan de arte porque la calificación estética está fundada en nuestra modernidad”, pero, para sintetizar la discusión, Herrera dice que hablar de arte rupestre responde “a una idea que busca revalorar la importancia de estas manifestaciones gráficas”. Es bajo esa noción que se han estudiado las piedras de la Amazonia y ahora se revivió un debate en torno a la datación de algunas de las figuras que hay en La Lindosa.

La publicación de Royal Society se basa en cinco figuras y los argumentos se centran en la apariencia y características morfológicas de los animales de las figuras; las fechas arqueológicas que relacionan La Lindosa con el Pleistoceno tardío (el final de la Edad de Hielo), la presencia de ocre en las pinturas y la representación de fauna extinta identificada en registros arqueológicos y paleontológicos anteriores en otras regiones de América.

La primera es un oso perezoso gigante (Megatheriidae) rodeado por humanos. Está ubicado en Cerro Azul, en el Panel de las Dantas. A la figura le han identificado “garras enormes, cabeza grande y tórax robusto”. En esta figura, Urbina no ve un Megatheriidae sino un chigüiro. “No puede ser un Megatheriidae porque este tiene una cola muy robusta en la que se apoya, equilibrándose para poder ramonear los arbustos, y en la figura esta cola no aparece; además, sus garras no le permitían asentar la planta de las patas”, y en la figura esta cola no está. Ante la consideración de Urbina, el artículo publicado en “Royal Society” insiste en que hay otros “rasgos morfológicos significativos característicos de un perezoso terrestre gigante extinto” y que existe una superposición temporal entre registros de los primeros humanos que llegaron a Sudamérica y la extinción del Megatheriidae, por lo que su extinción podría responder a la cacería. (Lea: Enseñar sobre deforestación en los 13 municipios más afectados)

La segunda figura es un Gomphotheriidae (conocido como mastodontes), encontrado al Occidente de La Lindosa, con “una cabeza detallada y una parte superior robusta”, que también ha sido identificado en piedras del Chiribiquete. La tercera figura son los caballos ubicados en los paneles 1 y 3 de Cerro Azul, a más de cuatro metros del suelo. La cabeza grande y el cuello robusto, afirman, se atribuyen a los caballos americanos de la Edad de Hielo. En cambio, Urbina los identifica como équidos (o caballos) de la Colonia traídos por los españoles, pero Iriarte y sus colegas escriben que en esos “el cuello como la cabeza son considerablemente más delgados (…) Tendemos a favorecer la hipótesis de que se trata de caballos del Pleistoceno. Nuestro juicio se basa tanto en las características anatómicas de los caballos (...) como en la observación de que la mayoría de las pictografías indígenas poscolombinas de caballos están pintados con jinetes humanos”.

La cuarta figura es un camello (“Camelidae”), encontrada en el panel Nuevo Tolima, que puede diferenciarse de un venado porque las extremidades delanteras son más cortas que las traseras y no lleva cornamenta. No hay evidencias de la relación o interacción de los humanos con estos animales en la Edad del Hielo y, por ahora, aunque la reconstrucción artística que se hizo para el estudio simula la apariencia de un lama o vicuña (familias de los “Camelidae”), ninguna excavación ha confirmado información cronológica de esta especie en la zona. Sobre los camélidos, Urbina plantea que a Philipp von Hutten, comandante alemán y primer europeo en avistar la serranía de Chiribiquete, en 1546, indígenas del río Papamene le hablaron de las llamas u ovejas de los Andes, como se denominaron inicialmente.

Y la última figura es un Acraucheniidae, ubicado en el panel Raudal del Guayabero. De este animal no se ha identificado mucha evidencia en el noroeste sudamericano, aunque se ha registrado su presencia por Venezuela.

Propuestas contrarias

Fernando Urbina es filósofo y se ha dedicado al estudio de la mitología y el arte rupestre. Empezó a dar clases en la Universidad Nacional en 1963. Ha publicado alrededor de cien artículos académicos y siete libros. Su trabajo en la Amazonia se resume en cuarenta trabajos de campo. Una de esas visitas, en junio de 2011, fue a La Lindosa. “Lo primero que uno hace es identificar figuras reconocibles: esto parece un venado hembra o macho, esto una culebra, esto un pájaro, ¿qué tipo de pájaro será? Yo estaba en esas cuando vi un toro, solo que en sus patas lucían tres dedos”, cuenta. (Lea: “Los campesinos no son el problema, son la solución”)

En ese momento, el equipo con el que fue no creyó que se tratara de un toro, precisamente por los dedos. Pero después de unos meses, revisando las dos mil fotografías que tomó, cuando llegó a la número 111 vio un mural en el que había “puras manchas, estaba muy deteriorado”. Se puso a detallar una de las manchas y encontró un caballo “y ahí empezó el asunto. Inmediatamente pensé que era un caballo amerindio, o sea, un caballo extinto. Pero recordé el toro y luego recordé la espada que está cerca del toro. Luego encontré tres toros más. Luego tres caballos más. Entonces pensé que estos équidos seguramente no son amerindios, sino que son caballos europeos”. A lo largo de la década, en varios artículos Urbina ha debatido con el grupo de Iriarte. En el último artículo publicado en Royal Society, lo que se plantea está propuesto “como una hipótesis, necesitan otras evidencias para confirmarlo. Unas de las evidencias que se buscan es que aparezcan restos de esos animales extintos asociados a gente, a un fogón, por ejemplo”, dice Urbina. El profesor tiene dos argumentos esenciales. Uno es el estado de conservación en el que se encuentran las figuras aludidas. Para el investigador, no es probable que piezas de miles de años se encuentren en ese buen estado expuestas a la intemperie. Pero aclara que seguramente la mayoría de pinturas en La Lindosa son prehispánicas.

Otro de los argumentos es un elemento del que aún no se ha manifestado el grupo de Iriarte: Urbina registró en el arte rupestre de La Lindosa perros de guerra. Muestra sus fotografías de estas pinturas de perros y señala que “no hay ningún animal en el mundo en estado natural que tenga botines (como una protección acolchada) en las patas, además, mira esas aureolas en la cabeza (son collares ofensivos), mira la actitud de la gente, es de miedo. No hay ningún animal en estado natural con esas características. Mira también que hay cuerpos humanos despedazados, asociados a los perros”. Los perros de guerra, las formas de las figuras rotas de los humanos, la espada y los caballos hacen parte de un ambiente poscolombino que Urbina relaciona con la misión alemana, que, en convenio con Carlos V, se adentró en la Amazonia a mediados del siglo XVI para buscar oro: “En esos años (1536-1572) pasaron en sucesivas expediciones más de dos mil caballos por La Lindosa y muchos iban sin jinete porque eran caballos de repuesto, y en sus informes de exploración los aventureros europeos consignaron los aperreamientos”.

¿Quién tiene la razón?

Para definir cuál de las hipótesis es certera aún faltan estudios. Alexánder Herrera afirma que fechar arte rupestre es de las cosas más difíciles, al borde de lo imposible. Habría que explicar por qué están tan bien conservadas las pinturas y habría que hacer unos estudios microclimáticos. Además, sobre la interpretación de los perros o de los perezosos gigantes es muy difícil determinar si lo uno o lo otro, porque no sabemos si se estaba tratando de representar algún animal o si es un ser imaginado”.

Otro de los argumentos del grupo de Iriarte para relacionar las pinturas con la Edad de Hielo es el uso del ocre en la realización de las figuras. Un tema en todo esto “es la asociación con lo humano, que es la asociación con el ocre”, dice Herrera, pero “el problema con eso es que en toda la Amazonia tenemos una bioperturbación impresionante”, lo que significa que el ambiente amazónico ha jugado un papel importante en el estado actual de las pinturas.

Ahora, hay dos aspectos que Herrera agrega al debate. Por un lado, es normal encontrar en un mismo panel pinturas de diferentes fechas, de modo que en La Lindosa podría haber figuras hechas en la Edad de Hielo y otras de la Colonia, en lo que coincide con Urbina.

Por otro lado, para Herrera, la discusión en Colombia debería cuestionarnos sobre las formas en que se está investigando: “Sería interesante incluir más a los pueblos indígenas en la discusión en torno a las interpretaciones y las prácticas, que van de la mano. Además es que en Colombia no hay conversaciones entre los diferentes investigadores, porque aquí lo arqueológico no hace parte de un discurso de construcción nacional, como sí lo hace en Perú, México y Bolivia”.

*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.

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