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Entre el fuego y la palabra: mujeres que crean puentes por la Amazonía

Un diálogo sobre autonomía indígena, territorio y la fuerza transformadora con la que las mujeres sostienen la vida y los procesos organizativos en tiempos de crisis climática.

Patricia Suárez Torres (OPIAC) y Luisa Fernanda Bacca (Instituto Panamazónico)

22 de abril de 2026 - 09:55 a. m.
(Imagen de referencia) Mujeres amazonicas.
Foto: Ricardo Sanchez Gomez

Esta crónica nace del diálogo entre Patricia Suárez Torres y Luisa Fernanda Bacca. Aunque las líneas que la conforman surgieron de un espacio de conversación y escucha mutua —donde compartimos historias, visiones sobre la Amazonía y reflexiones frente a la crisis climática— este diálogo no comenzó allí. Se ha ido tejiendo a lo largo de los años, en encuentros interculturales, procesos comunitarios y organizativos y caminos compartidos en defensa de la autonomía indígena y de la visión plural que consagra la Constitución colombiana. Nuestras trayectorias —antes en Gaia Amazonas y hoy desde la OPIAC y el Instituto Panamazónico— han entrelazado búsquedas, preguntas y aprendizajes que encuentran en este texto una manera de hacerse palabra conjunta.

Patricia:

Crecí escuchando hablar de las Entidades Territoriales Indígenas (ETI). En mi casa, mi hermano repetía que había que prepararse para cuando llegara ese tiempo de reconocimiento del gobierno propio. Yo no entendía del todo, pero sabía que se trataba de algo importante: defender la vida y nuestra existencia como pueblo Murui.

—Había que estar listas —es lo que siempre recuerdo y lo que me ha inspirado a formarme en el mundo urbano y rural..

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Las ETI están reconocidas en la Constitución Política de Colombia desde 1991, como parte del ordenamiento político-administrativo del país, en el mismo nivel que los municipios y departamentos; y dotadas de autonomía política, fiscal y administrativa. Sin embargo, su implementación ha sido un camino largo — de más de treinta años— y se ha impulsado desde el territorio, desde nuestras autoridades y nuestros procesos de manejo y gestión propia. En la Amazonía, son una apuesta profunda: que la autonomía de los Pueblos Indígenas se ejerza plenamente como parte constitutiva del Estado.

Este proceso, reglamentado por los Decretos-Ley 632 de 2018 y 488 de 2025, plantea también un ejercicio de gobernanza climática basada en la gestión biocultural. Las ETI abarcan aproximadamente el 36% de la Amazonía colombiana y mantienen en pie la mayor parte de sus selvas, siendo esenciales para frenar la deforestación y proteger los principales sumideros de carbono del país.

Ese horizonte marcó mi vida. A los doce años salí de la comunidad de San Rafael, en el río Cara-Paraná, para estudiar en Leticia. Luego llegué a Bogotá. Uno se va para aprender —lo he dicho muchas veces—, pero también se da cuenta de todo lo que deja atrás. Irse afuera implica desaprender, para luego volver al territorio y reaprender desde lo propio. Salir del territorio siendo mujer e indígena es una cosa muy dura, lo que se vive no siempre se tiene la fuerza para contarlo.

Luisa:

Yo escucho esta historia con familiaridad.

Mi trabajo en la Amazonía comenzó hace casi dos décadas, acompañando a los Pueblos Indígenas del Putumayo en el reconocimiento de sus gobiernos propios, la defensa jurídica de sus territorios y el diálogo político con el Estado. Más adelante, contribuí al proceso de los pueblos de la Amazonía oriental —en Vaupés, Amazonas y Guainía— para avanzar en la formalización de las ETI, con la convicción de que un país que reconoce la diversidad étnica y cultural debe tomarse en serio los sistemas de gobierno, regulación y manejo territorial que, desde sus propios conocimientos, los pueblos han construido y sostenido durante siglos.

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Ambas —Patricia y yo— sabemos que la autonomía no es teoría: es la facultad de los pueblos para decidir libremente sobre su gobierno, sus instituciones, su participación en la vida del Estado y su propio modelo de desarrollo. Es una autonomía que exige ser garantizada en la práctica, porque en la Amazonía se traduce en la salvaguarda de los sistemas de conocimiento y de gobernanza que contribuyen a sostener la selva y los ecosistemas de los que depende la estabilidad climática del planeta.

Y ese bienestar —o buen vivir como es conocido por los Pueblos Indígenas amazónicos— está hoy amenazado. La Amazonía enfrenta transformaciones que se sienten en el cuerpo: el calor que ya no cede, los ríos que ya no traen la abundancia de antes, los cultivos que se pierden y la vida que se apaga en silencio.

En nuestra conversación, Patricia lo resume con claridad: “El calor fuerte limita las siembras, los ríos se secan, el invierno llega con fuerza. Pero seguimos cultivando porque la chagra enseña cómo sostener el territorio y cómo sostenernos entre todos.”

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Este conocimiento, construido desde la experiencia cotidiana, la relación con el territorio, y a través de nuestra propia piel, hoy también es advertido por la ciencia. El Panel Científico para la Amazonía (SPA, por sus siglas en inglés) advierte que un 34% del bioma se encuentra deforestado o degradado, debilitando su función como regulador climático global. Hoy vivimos sequías extremas cuatro veces más frecuentes que hace un siglo, mientras la temperatura global se acerca a límites irreversibles.

Para nosotras, esas no son cifras: es el riesgo de que la selva pierda su fuerza vital.

Patricia:

En mi lengua bue nos llaman irai naño: las dueñas de la candela.

El fuego no es solo hogar: es pensamiento, alimento, comunidad. Si el fuego se apaga, se apaga la vida.

También somos guardianas de la chagra, una práctica de manejo territorial basada en nuestro conocimiento propio, esencial para la soberanía alimentaria y la regeneración del bosque, que preserva la diversidad biológica y cultural al integrar saberes sobre suelos, semillas y manejo natural de plagas. Allí no solo se siembra alimento, sino también equilibrio: la chagra es un sistema de gobierno ecológico, donde se organiza el tiempo, se eligen los suelos y las semillas, y se conversa con la selva.

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Cuando llegué al Externado a estudiar Trabajo Social encontré que la investigación y la escritura también podían ser una chagra: investigar es sembrar palabra. Me enseñaron –y confirmé en el territorio– que la palabra tiene su propio ritmo. No se fuerza: amanece cuando está lista. La palabra que desde entonces amanece es una que tiende puentes entre dos mundos: el del sistema de conocimiento indígena y el del conocimiento académico u occidental.

Mi tesis —Las dueñas de la candela— fue un tejido entre el conocimiento académico y el conocimiento de nuestras abuelas. La escribimos a tres voces, en un ejercicio intercultural, para que lo que las mujeres hacen cada día: sostener la vida, no vuelva a quedar invisible.

Ese proceso de escribir desde y con las abuelas no fue solo un ejercicio académico: marcó mi camino. Desde entonces, mi trabajo organizativo se ha guiado por una convicción profunda —que los desafíos que enfrentamos y los aportes que hacemos como Pueblos Indígenas deben ser contados desde nuestra propia voz y pensamiento—.

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Hoy, el clima cambia más rápido de lo que pueden adaptarse nuestros calendarios. Y mientras avanzan intereses extractivos, los Pueblos Indígenas seguimos sosteniendo la selva que sostiene al mundo, aún cuando nuestras fuerzas empiezan a transformarse por los impactos y efectos de la crisis climática.

Los Territorios Indígenas mantienen viva la conectividad ecológica en la PanAmazonia, permitiendo que la selva siga regulando las lluvias y almacenando carbono. Allí donde se avanza en la implementación de las ETI, la deforestación se mantiene en niveles mínimos —no por quietud, sino por un gobierno vivo que articula chagra, espiritualidad y autoridad propia.

Nosotras no hablamos de “sostenibilidad”, hablamos de cuidar la semilla, la casa y el lugar donde está sembrado nuestro ombligo..

La semilla tiene espíritu y memoria. Es territorio, es historia y es futuro.

Ese tejido —de mujeres y selva, de cuidado y política— es el que hoy sostiene al planeta.

Luisa:

En esta conversación, vuelvo a lo esencial: gobernar es un acto de cuidado. La acción climática no se decreta: se cultiva, enseña y practica todos los días.

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Patricia lo evoca en nuestro diálogo con una fuerza latente que une la memoria de su pueblo con el presente de la Amazonía: “El fuego del hogar es el mismo fuego del territorio.”

Ese fuego —que es pensamiento, relación y gobierno— sostiene una visión del mundo donde el conocimiento no está separado de la naturaleza ni de la política. Saber, habitar y decidir sobre el territorio son dimensiones inseparables de una misma trama de vida. Allí donde la modernidad separa naturaleza y cultura, las cosmologías amazónicas las mantienen unidas como un solo cuerpo vivo, con agencia propia, memoria y una profunda comprensión de la forma relacional e interdependiente que, siempre, sostiene la vida.

Esta forma de pensamiento —como plantea Marisol de la Cadena— es cosmopolítica: reconoce la coexistencia de múltiples mundos y ontologías, donde montañas, ríos y bosques no son objetos, sino seres con agencia que participan en las formas de decisión y cuidado del territorio. Sin embargo, el diálogo con otras matrices de conocimiento ha sido históricamente asimétrico. La colonialidad del saber redujo estos sistemas a “folclore” o “tradición”, negando su carácter de pensamiento político, filosófico y territorial sobre el mundo.

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Cuando miro a Patricia veo a una mujer que camina con ese fuego antiguo: el que heredó de su abuela y que hoy impulsa la construcción de las ETI en Colombia y su defensa en la Amazonía. Su liderazgo se hizo visible también en la COP30, en Belém do Pará, donde contribuyó a fortalecer la voz y la visibilidad de los Pueblos Indígenas de la Amazonía colombiana, exigiendo que la autonomía y los derechos territoriales sean reconocidos como condición para cualquier acción climática en la región.

Ella lo llama su misión: “Soy puente entre el conocimiento propio y el no indígena.”

Patricia:

Escucho esas palabras y me reconozco también en el caminar de Luisa. En estos años de encuentros y caminos compartidos, he visto cómo ella tiende puentes desde otro lugar: el de quienes acompañan, cuestionan y promueven visiones que superen el legado colonial; el de quienes dialogan con el Estado para que la diversidad cultural no sea adorno, sino fundamento. Su labor, como la mía, se mueve entre mundos distintos pero hacia un propósito común: que nuestras formas de gobierno, de pensamiento y de relación con la selva sean reconocidas con la dignidad y la fuerza que tienen. Ser puente —para ambas— no es una metáfora: es una tarea política y espiritual que exige claridad, escucha y reciprocidad; es sostener la palabra donde otros levantan muros, y mantener abierto el camino para que los mundos puedan encontrarse sin aniquilarse.

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Al principio recordaba que había que estar listas. Hoy sabemos que ese tiempo ya llegó.

Los Pueblos Indígenas, las organizaciones de base, la sociedad civil y quienes caminamos junto a ellas no estamos preparándonos: estamos actuando, cada cual desde su lugar en este entramado vivo que sostiene la conectividad amazónica. La fuerza del territorio ya está en movimiento, y las alianzas también: mujeres, comunidades, procesos organizativos y quienes elegimos tender puentes estamos sosteniendo —desde distintos mundos— una misma defensa de la vida.

Mientras la candela permanezca encendida, el territorio seguirá vivo.

La pregunta ahora —para todas y todos— es otra, y es urgente: ¿qué puentes estamos dispuestas y dispuestos a sostener en este tiempo que ya nos convoca?

Después de la COP30, se hizo evidente que la acción climática global no puede seguir ignorando la autonomía indígena. Reconocer a los Pueblos Indígenas como autoridades y gobiernos territoriales implica un cambio de paradigma: pasar del discurso a la implementación y a la coordinación efectiva, donde sus normas y sistemas de manejo ambiental sean pilares —y no anexos— de la gobernanza del clima. En esa transformación ética que el presente exige, el mundo tiene mucho que escuchar y aprender de quienes sostienen el fuego y el territorio desde hace miles de años.

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*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.

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Por Patricia Suárez Torres (OPIAC)

Por Luisa Fernanda Bacca (Instituto Panamazónico)

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