Por estos días, probablemente ha oído cuñas radiales que invitan a tomar medidas, como ahorrar agua al máximo, ante la llegada del fenómeno de El Niño. A los bogotanos, este tipo de mensajes quizás les traen recuerdos del racionamiento de agua que inició en la ciudad el 11 de abril de 2024, y que se extendió durante casi un año. Para Mariana Gómez, antropóloga y secretaria ejecutiva de la Alianza Noramazónica, fue un episodio que nos llevó a entender mejor cómo “todo está interconectado”, refiriéndose al rol que cumple la Amazonia en el ciclo hidrológico.
Cerca del 30 % de la lluvia que cae en el páramo de Chingaza proviene de la selva amazónica, según encontraron los profesionales de la Dirección de Asuntos Nucleares del Servicio Geológico Colombiano (SGC). El equipo, intrigado por la crisis del agua en Bogotá, estudió el origen y el recorrido del agua a través del análisis de lo que en geología se denomina “huella isotópica”.
Eso podría explicar por qué mientras en Bogotá se ordenó el racionamiento debido al bajo nivel de los embalses de Chingaza, que abastecen el 70 % del agua de la capital, la región amazónica, cientos de kilómetros al sur, vivía una sequía sin precedentes. Entre abril y septiembre de 2024, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) registró que los niveles del río Amazonas en la estación hidrológica de Nazareth, entre Leticia y Puerto Nariño, alcanzaron mínimos históricos, con una disminución del 82 % de su caudal.
Ahora, El Niño de nuevo está aquí, como lo anunció la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) el pasado jueves 11 de junio, tras registrar durante varios meses temperaturas por encima de 0,5 °C del promedio histórico en las aguas ecuatoriales del Pacífico. Además, según el Ideam, es muy posible que se fortalezca durante el segundo semestre de 2026 y que persista hasta finales de este año e inicios de 2027. De ser así, indicó el Ministerio de Ambiente, podría tratarse de uno de los más intensos registrados desde 1950.
Frente a ese pronóstico, dice Dolors Armenteras, el sistema amazónico entra debilitado, con un déficit hídrico y de carbono, mucha biomasa muerta en pie y un paisaje cada vez más fragmentado. La investigadora del Instituto de Ciencias Forestales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España advierte que podríamos ver impactos del mismo orden o peores que los de 2024, sobre todo en el arco sur y suroriente de la Amazonia y “en las zonas de frontera agropecuaria de toda la cuenca, donde la combinación de deforestación reciente, degradación y (mal) uso del fuego amplifica la respuesta climática”.
Los riesgos que se corren
Como hemos contado en estas páginas, un solo árbol de la Amazonia puede transpirar cientos de litros de agua al día. Se estima que el 50 % de esa humedad sirve para la formación de lluvias dentro de la misma selva, pero el otro 50 % se distribuye a lo largo de América del Sur, llegando hasta países como Argentina.
“Ya hemos estudiado el efecto de los ríos voladores o ríos atmosféricos, que es la manera en que los bosques de la Amazonia capturan y liberan humedad a la atmósfera y la movilizan de occidente a oriente, influyendo en los patrones de lluvia de los que dependemos en las zonas agrícolas y las ciudades andinas”, apunta Gómez, de la Alianza Noramazónica.
Con un fenómeno de El Niño exacerbado, agrega, las temperaturas promedio aumentan. Por tanto, también incrementa la evaporación en la selva amazónica, generando un estrés hídrico a la vegetación y alterando los patrones de lluvia. En otras palabras, hay menos agua y menos precipitaciones, lo que se traduce en un descenso en los niveles de los ríos.
Como consecuencia, por un lado, se dificulta el transporte fluvial. Así sucedió hace un par de años, cuando niños y niñas que se movían en lancha tuvieron que caminar largas distancias bajo el sol para poder llegar a sus colegios. “Las personas en la Amazonia dependen de los ríos para moverse”, dice Gómez.
Por otro lado, también se ve afectado el sustento de las comunidades, pues su principal fuente de proteína son los peces. “En 2024 vimos imágenes muy impactantes de peces y delfines muertos por los bajos niveles de los ríos. Eso influye mucho en la seguridad y la soberanía alimentaria de las poblaciones”, menciona la antropóloga. En ese entonces, según estimaciones de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), se perjudicó el abastecimiento de agua de alrededor de 3.000 personas.
Gómez afirma que, con el calor, lo primero que se cierra son los canales que conectan los lagos del trapecio amazónico, lo cual no solo aumenta el riesgo de que las poblaciones indígenas y las especies de fauna silvestre queden aisladas, sino que también genera que los lagos se vuelvan como “ollas”, provocando la mortandad de peces.
En 2024, recuerda la investigadora, las altas temperaturas también le pasaron factura a los ríos, como el Amazonas, que está cambiando su curso y se está alejando cada vez más de Colombia. A través de un brazo del río, muy susceptible a épocas de sequía, suelen llegar los víveres a Leticia, que no tiene conexión por carretera.
En ese momento, apenas quedó un “hilo de agua” y la población tuvo que organizar brigadas para el abastecimiento de alimento. Con costales al hombro, las personas caminaban varios kilómetros, a veces entre el gramalote (un tipo de pasto), y subían los barrancos que vendrían siendo la orilla del río. “Cada vez más, Leticia va a ser una ciudad afectada por esas condiciones extremas”.
Medidas necesarias
Al funcionar como un sistema integrado, lo que sucede en un lugar de la Amazonia también puede afectar a otro. Ejemplo de ello fue que, mientras vivíamos la sequía en Colombia y Perú durante 2024, Brasil y Bolivia experimentaron graves incendios forestales. Se trata de una suerte de efectos en cadena, pues, al haber temperaturas por encima de lo normal, hay menos humedad en el suelo y se facilitan las condiciones para el fuego.
“Los bosques húmedos tropicales no evolucionaron con la presencia permanente del fuego, como puede ser el caso en otros ecosistemas. Por eso carecen de rasgos funcionales para tolerarlo y basta una sequía severa para que pasen de ser no inflamables a altamente inflamables”, explica Armenteras. Gómez detalla, además, que los árboles de la Amazonia dejan caer grandes cantidades de materia orgánica al suelo y que, al secarse, puede terminar volviéndose combustible: “Casi el material perfecto para una fogata gigante”.
A eso se suma la mayor amenaza que enfrenta hoy la Amazonia: la deforestación. Los estudios de Armenteras en el noroeste de la región han demostrado cómo, a mayor fragmentación, mayor ocurrencia e intensidad de incendios. “La deforestación opera en ese mecanismo de dos formas. Abre espacios sin cobertura de árboles y, por tanto, hay más bordes, más expuestos y se va la humedad más fácilmente”, subraya la investigadora. “Es como si se secara el interior del bosque y por eso aumenta su flamabilidad”.
Actualmente, se estima que la Amazonia, la selva tropical más grande del mundo, ha sido arrasada entre un 17 % y 18 % a causa de la deforestación. Organizaciones como WWF han advertido que si se pierde entre el 20% y el 25% de este bioma, el daño sería irreparable. Como si fuera poco, Armenteras señala que el 38 % de los bosques que se mantienen en pie se encuentran degradados. “Sequía climática, paisaje fragmentado e ignición humana es la tríada que convierte un evento de El Niño en una temporada catastrófica”, alerta.
¿Qué hacer ante ese preocupante escenario? Para Armenteras, antes de que llegue el pico de la estación seca, se deben activar desde ya los planes de prevención: moratorias temporales de quemas agropecuarias en cada país amazónico, con vigilancia satelital y sanciones efectivas. También es necesario preparar brigadas de bomberos forestales nacionales y comunitarias, sobre todo en las áreas más frágiles, así como adelantar campañas activas hacia la ciudadanía, pues la mayoría de los incendios amazónicos los generan los humanos, con frecuencia vinculados al acaparamiento de tierras y a actividades ilícitas.
En todo caso, aclara la investigadora, estas medidas, por sí solas, no resuelven la crisis. “Lo más eficaz contra los incendios de El Niño no es combatirlos en agosto, sino reducir la deforestación y la degradación antes de la estación seca”, asegura. En ello concuerda Gómez, quien afirma que la medida preventiva más exitosa para absorber los cambios extremos de estos fenómenos, que cada vez van a ser más recurrentes, es controlar la deforestación.
Desde el Panel Científico por la Amazonia, del cual hace parte Armenteras, se ha propuesto no superar un techo del 10 % de deforestación (acumulada) del bioma y restaurar al menos un 5 %. También plantean ampliar y formalizar Territorios Indígenas y Áreas Protegidas, que cubren el 54 % de la cuenca y donde la pérdida de bosque es entre 38 y 92 % menor que en zonas vecinas. Es importante, del mismo modo, integrar la degradación en los inventarios nacionales de carbono y en los compromisos del Acuerdo de París.
Todo esto cobra especial relevancia en el contexto político colombiano actual, de cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el próximo 21 de junio. A ojos de Gómez, es clave que el próximo gobierno plantee compromisos ambiciosos para la protección de la Amazonia como una región estratégica del país, incluso para las zonas productivas de los Andes, más allá de una agenda ambientalista. Se trata, dice, de un asunto de estabilidad económica y seguridad nacional.
Pero los esfuerzos deben ser, incluso, internacionales, como fortalecer e interoperar los sistemas oficiales de cada país amazónico “para que los gobiernos hablen el mismo idioma sobre todo cuando se prende un incendio transfronterizo”, apunta Armenteras.
Unidos en ese propósito, hace unos días se adelantó en Alemania una reunión convocada por la Embajada de Colombia en ese país y la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA). El espacio se centró en el Manejo Integral del Fuego, una agenda con la que se busca la protección de la biodiversidad que alberga la Amazonia, la salud pública y la seguridad de los territorios, ante la llegada de El Niño.
“La respuesta a este desafío requiere cooperación diplomática, monitoreo integrado, prevención, fortalecimiento de capacidades locales, financiamiento sostenido y reconocimiento del conocimiento tradicional de los pueblos indígenas y comunidades amazónicas”, explicó la OTCA en un comunicado.
Por su parte, Emel Vega, profesor del posgrado de Meteorología de la Universidad Nacional, hace un llamado adicional para el caso de Colombia: empezar a implementar sistemas alternos de aprovisionamiento de agua y reservorios. Recuerda, por ejemplo, el frente frío que tuvo su paso hace unos meses por el país y dejó graves inundaciones en Córdoba. Para el docente, si hubiésemos almacenado algo de esa agua, hoy se podría aprovechar para riegos de cultivos o abastecimiento a poblaciones que no tienen acueducto ni alcantarillado.
“Tenemos que seguir pensando de qué manera aprovechar los excedentes de agua que se producen en el país durante épocas de lluvia, para que puedan ser utilizados y compensar el déficit que se genera en las sequías”, sostiene. “El fenómeno de El Niño nos ofrece una posibilidad para proyectar una mejor planificación del recurso hídrico en el territorio colombiano”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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