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“Estamos viendo todas estas noticias sobre el fenómeno de El Niño, que por ahora es moderado y se volverá más fuerte en unos meses, entre octubre y diciembre, pero, en realidad, los impactos más graves por incendios forestales en la Amazonia se verán hacia julio del próximo año”. Matt Finer es especialista sénior en investigación de la organización Amazon Conservation y fue quien dirigió un nuevo análisis que muestra lo que le puede esperar a la Amazonia con la llegada de ese fenómeno.
El estudio fue elaborado por el Programa de Monitoreo de la Amazonia Andina (MAAP) — del que hace parte Amazon Conservation— y en él sus autores analizaron ocho eventos de El Niño ocurridos desde 2002. Tras hacerlo, encontraron un patrón: las temporadas más severas de incendios en la Amazonia ocurrieron el año inmediatamente posterior a los episodios más intensos del fenómeno de El Niño.
Para entender esto mejor, basta con darle una mirada a un gráfico, en el que las líneas azules representan las anomalías en la temperatura de la superficie del mar, y las barras rojas la pérdida de bosque primario amazónico a causa del fuego. Se puede observar que el año 2015 estuvo marcado por un fenómeno de El Niño de intensidad muy fuerte, con una temperatura de 2,34 °C por encima de lo normal en la superficie del mar. Después, en 2016, los incendios arrasaron con 1,76 millones de hectáreas de bosque primario de la Amazonia, la selva tropical más grande del mundo.
Otro ejemplo de esta correlación se dio hace poco, en 2023, cuando se registraron 1,49 °C por encima del promedio en la superficie del mar debido a un fenómeno de El Niño fuerte. Luego, en 2024, se perdieron 2,79 millones de hectáreas de bosque primario.
Esa fue, hasta ahora, la peor temporada de incendios reportada en la región.
Este análisis no se enfocó en el área total quemada de la Amazonia sino en la pérdida de sus bosques primarios que, en palabras sencillas, son los ecosistemas menos intervenidos, los que están mejor conservados. Son hábitats de una gran biodiversidad y almacenan enormes concentraciones de carbono, contribuyendo a la regulación climática no solo de la región, sino de todo el planeta.
Pero los bosques primarios de la Amazonia, apunta Finer, no se queman de forma natural: “No es como en Estados Unidos, donde el impacto de un rayo puede ocasionar un incendio”. En ello concuerda Caio Mattos, coordinador científico del Nexo Agua-Alimento-Energía del Instituto Relva, en Río de Janeiro (Brasil), quien no hizo parte del estudio, pero conoce bien este tipo de dinámicas. “La Amazonia no arde sola. En condiciones normales, el dosel es capaz de mantener húmedo el sotobosque (la vegetación más cercana al suelo), y el fuego no avanza”, subraya.
En ese sentido, ambos investigadores coinciden en que casi todos los incendios de la región son de origen humano. Las personas los suelen provocar cerca de carreteras que se abren en medio de la selva o en tierras donde recientemente se han talado árboles para la expansión agrícola. Lo que sucede, entonces, es que cuando las temperaturas son muy elevadas y el ambiente está lo suficientemente seco, los incendios provocados por humanos en áreas deforestadas pueden propagarse rápidamente hacia los bosques primarios a su alrededor.
¿Cómo influye El Niño en la Amazonia?
Según anunció la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), El Niño se consolidó en el Pacífico tropical, y se prevé que persista hasta marzo del próximo año. Por su parte, el Ministerio de Ambiente y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) confirmaron su llegada a nuestro país, además de que advirtieron que podría configurarse como uno de los más intensos registrados desde 1950.
Para comprender cómo este fenómeno puede influir sobre la Amazonia, hay que recordar lo que representa: la fluctuación de las temperaturas oceánicas en el Pacífico ecuatorial a su vez conlleva cambios en las condiciones atmosféricas, como los patrones de lluvias. Sin embargo, el agua que cae sobre la Amazonia viaja de este a oeste y proviene, en realidad, del océano Atlántico.
Lo que sucede, explica Mattos, es que con El Niño, cuando aumenta la temperatura del Pacífico, sobre la Amazonia se instala un aire descendente que impide que se formen nubes y, de ese modo, se reducen las precipitaciones. “Es como poner una tapa sobre la cuenca”, menciona. “Para que haya lluvia, se necesita aire ascendente, lo cual no ocurre con El Niño”.
Además, este fenómeno calienta el ambiente de “forma extrema”. Un ejemplo de ello es que, aunque en 2023 había aire húmedo sobre la Amazonia, las altas temperaturas hicieron que la atmósfera se mantuviera estable, lo cual dificultó la formación de lluvias, de acuerdo con Mattos. Para ponerlo en términos más sencillos, los llamados “ríos voladores” se ven afectados, pues durante las sequías “menos lluvia produce suelos más secos, disminuye la transpiración de los árboles y, de nuevo, hay menos lluvias”, detalla el científico. Es como un ciclo que se retroalimenta, en el que se debilita el reciclaje de agua, y ahí es donde aparece el fuego.
Para Benjamín Quesada, decano de la Escuela de Ciencias e Ingeniería de la Universidad del Rosario, la correlación entre el fenómeno de El Niño y los incendios en la Amazonia es fuerte, pero indirecta. Si bien este fenómeno, por sí mismo, no enciende el fuego, sí prepara el combustible, pues el calor seca la vegetación y “cualquier chispa puede encontrar un terreno listo para arder”. Es decir, las altas temperaturas provocan que las hojas de los árboles caigan al suelo, volviéndolo inflamable y creando condiciones favorables para el fuego. Es, dice Mattos, como si se le quitaran las defensas al bosque.
Pero esas consecuencias no son inmediatas. “El combustible de la temporada de quemas de 2027 se está produciendo ahora, en 2026”, afirma Mattos. Esa es una de las alertas que hacen Finer y sus colegas: los impactos de El Niño en la Amazonia serán retardados, con una alta probabilidad de una intensa temporada de incendios en 2027.
Aprender del pasado y reducir la deforestación
El nuevo análisis de MAAP advierte que Bolivia podría convertirse en el epicentro de los incendios forestales, según la experiencia de 2024, que dejó en evidencia la brecha de preparación de los países amazónicos ante este tipo de emergencias. En ese entonces, de acuerdo con los investigadores, la mayor parte de las respuestas fue reactiva, cuando la crisis ya había avanzado, pese al riesgo anticipado por los sistemas de monitoreo.
En Bolivia, apunta el estudio, una de las razones que ralentizó la atención a la emergencia fueron las tensiones entre el gobierno nacional y los gobiernos locales, y su falta de coordinación. En 2024, dicho país registró su peor temporada de incendios, con 779.960 hectáreas afectadas.
El gobierno de Brasil, otro de los países con mayor riesgo el próximo año, tuvo en 2024 una respuesta más sustancial, aunque también fue tardía, de acuerdo con el análisis. Fue hasta agosto, casi tres meses después del inicio de los incendios forestales, que se decretó el estado de emergencia en 45 municipios y alerta máxima en 48 ciudades. Al final, allí el fuego arrasó un total de 1,9 millones de hectáreas.
Hasta ahora, varios países amazónicos han implementado políticas más estrictas para manejar los incendios. En Colombia, así como en Perú, Bolivia y Ecuador, se han desarrollado más capacidades locales para detectar incendios y responder a tiempo, además de que se han promovido prácticas alternativas a la agricultura de tala y la quema. Sin embargo, los retos persisten. El estudio del programa de Amazon Conservation arrojó que en Bolivia las multas por quema ilegal de bosques siguen siendo de menos del 2 % de las que se aplican en Brasil, que equivalen a menos de USD 20 (dólares) por hectárea.
Además, MAAP señala que la reducción de los incendios registrados en 2025 no solo se atribuye a una mejor preparación institucional, sino a condiciones climáticas más favorables debido al fenómeno de La Niña, que trajo mayores niveles de humedad a todo el bioma.
Ante el inquietante escenario, Finer asegura que una de las estrategias clave para minimizar al máximo los incendios en 2027 es frenar cuanto más se pueda la deforestación este 2026. “Lo que va a suceder en mayo, junio y julio próximos es que las personas van a quemar las áreas que se están talando”, señala el director de MAAP. “Así que si reducimos la deforestación ahora, habrá menos tierra para quemar en unos meses”. Dicho de otro modo, este es el momento para empezar a adoptar medidas que contengan la deforestación y no se acumule combustible para el próximo año.
Desde hace años los científicos han llamado la atención sobre cómo la deforestación está llevando a la Amazonia a un punto de no retorno. Si eso ocurre, sus funciones hidrológicas de devolver agua a la atmósfera podrían transformarse drásticamente. “Los impactos serían gigantescos. Se ha hablado de que la pérdida de ríos aéreos podría causar menos entrada en el flanco de la cordillera oriental, en Chingaza, perjudicando incluso a Bogotá”, apunta Germán Andrade, director de gestión de conocimientos de la Fundación Humedales de Colombia. “Estamos ante un efecto de causas que se encadenan una con otra y que anuncian un futuro para la selva amazónica bastante preocupante”.
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