Tribunal ético ciudadano exige que la Amazonía esté libre de combustibles fósiles

En el Foro Social Panamazónico, en Puyo (Ecuador), un tribunal ético declaró a toda la Amazonía sujeto de derechos y zona libre de combustibles fósiles, mientras el pueblo kichwa de Sarayaku insiste en que su territorio —el Kawsak Sacha— es un ser vivo y consciente. ¿Qué pasa cuando los humanos nos entendemos como parte de la naturaleza y dejamos de tratarla como una cosa al servicio del mercado?

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Tatiana Pardo Ibarra
04 de septiembre de 2026 - 05:41 p. m.
El Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza, una instancia ética y ciudadana, compareció durante ocho horas.
El Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza, una instancia ética y ciudadana, compareció durante ocho horas.
Foto: Cortesía GARN
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Hace cinco años compré uno de mis libros favoritos: The Democracy of Species (La democracia de las especies). Ese día, la escritora y botánica Robin Wall Kimmerer me introdujo al lenguaje de la animicidad de su pueblo Potawatomi, en la región de los Grandes Lagos (en lo que hoy es el norte de Estados Unidos y el sur de Canadá), con este ejemplo: “Una bahía es un sustantivo solo si el agua está muerta (...) atrapada entre sus orillas, pero el verbo wiikwegamaaser bahía— libera al agua de su cautiverio y la deja vivir”. Wall Kimmerer cuestiona con mucha sensibilidad cómo la academia y la ciencia occidental tienden a negarle la categoría de sujeto sintiente a otros seres con quienes cohabitamos la Tierra en un entramado de relaciones simbióticas —cuando les trata como algo (it) y no alguien (she o he), en inglés—.

En su libro, la gramática se convierte en una especie de llave maestra hacia un portal creativo tan fecundo y diverso como se desee: es posible entonces ser nevado, ser arrecife coralino, ser tormenta, ser crisálida, ser turbera, ser ceiba. También es posible estar emparamadas; sentirnos desbordadas, enraizadas, marchitas o nubladas; y desear, tras una semana feroz, encuevarnos. Incluso aparecen nuevas palabras para nuevas emociones en tiempos críticos, como la solastalgia, la ecoansiedad o la terrafuria.

Dado que las palabras importan porque nos ayudan a crear mundos —no solo narrarlos— hablar con y sobre otros seres es una invitación radical a cuestionar la supremacía humana. Esta idea de que tú y yo somos una especie superior y separada del resto de la naturaleza y, por tanto, con dominio sobre ella, con potestad de explotarla y mercantilizarla para nuestro beneficio. Como si “la única manera de estar vivo, de ser digno de respeto, consideración y responsabilidad moral, sea siendo humano”, cuestiona Wall Kimmerer. Su propuesta es: pasemos de la tiranía de una sola especie, a la democracia de muchas. Todo está “al alcance de los pronombres”.

Estas preguntas revolotean en otras disciplinas, incluyendo el derecho: ¿Puede un bosque de niebla ser reconocido como autor de una canción? ¿Cómo garantizarle a una selva —compartida por 9 países, hogar de 47 millones de personas y al menos el 13% de todas las especies que hasta ahora conocemos— su derecho a existir, a regenerarse, a mantener sus ciclos vitales y a estar libre de contaminación? ¿Quién tiene voz legítima para representar los intereses de un glaciar o una ballena azul? ¿Cómo proteger los derechos de las futuras generaciones de entidades no humanas? ¿De qué formas el reconocimiento de los derechos de la naturaleza puede ser útil para responder a las crisis climática y ecológica? Son, creo yo, provocaciones para que, en palabras del filósofo y diseñador Tony Fry, no nos resignemos a la “desfuturización” y resistamos colectiva y creativamente al precipicio de la desolación y el colapso.

César Rodríguez, director del programa MOTH de la Universidad de Nueva York, se refiere al derecho como una “herramienta narrativa” que —fusionada con otras ciencias, incluyendo la indígena— expande nuestra imaginación sobre lo posible. “Cuando el derecho, una de las estructuras sociales más resistentes al cambio, deja de ser útil para el florecimiento de la vida, es momento de repensarlo, descomponerlo y transformarlo”, dice, inspirado en el poder de los hongos y sus redes miceliales.

A finales de agosto, durante el XII Foro Social Panamazónico (FOSPA), desarrollado en Puyo (Ecuador), conocí dos iniciativas que apuestan por una gobernanza comunal; por una justicia interespecie; por otras formas más amorosas de nombrar, habitar y relacionarnos.

¿Otro derecho es posible?: un tribunal ético para defender la vida

Durante ocho horas, el territorio —y todas las historias, memorias, relaciones y seres que le componen— compareció ante el Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza, una instancia ética y ciudadana. En la voz de autoridades indígenas y líderes campesinos y pesqueros, la Amazonía contó cómo la exploración, extracción, transporte y refinación de combustibles fósiles han violado sus derechos de forma sistemática y cruel. Hablaron sus guardianes, quienes denunciaron ser víctimas de persecución y estigmatización por parte de actores criminales y el propio Estado.

El Tribunal juzga violaciones a la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra, adoptada en la Cumbre de Cochabamba en 2010, y es liderado por GARN (la Alianza Global por los Derechos de la Naturaleza, en español). Es, como dijeron algunos de sus integrantes, “una plataforma educativa”, un espacio de “enunciación, memoria, resistencia y verdad” para “imaginar un derecho menos antropocéntrico y más ecocéntrico” y “asumir una postura ética y de responsabilidad si queremos sobrevivir como especie”.

Quienes testimoniaron en los seis casos —la XI Ronda Petrolera (Ecuador), el Lote 64 (Perú), las tierras del Pueblo U’wa (Colombia), la Península de Paraguaná (Venezuela), la Reserva Tariquía (Bolivia) y la Foz do Amazonas (Brasil)— reclaman justicia haciendo memoria. Son territorios que se resisten a ser zonas de sacrificio y desafían la noción de la naturaleza como mercancía dentro de un sistema económico que activamente lastima y destruye lo que aman. Fuimos testigas y testigos de una relacionalidad distinta: “La Madre Tierra, como los seres humanos, llora (...) cuando golpean o cortan los árboles, la selva también sufre”, dijo Daniel Dagua, presidente de la Nación Andwa. “El petróleo es la sangre de la Madre Tierra; nosotros no podemos vivir sin sangre; y si la extraemos, ella va a morir”, explicó Berito Kuwaru’wa, líder U’wa. “¿Qué precio le pondrías a tu madre? Entonces no seamos sicarios de la Madre Tierra; seamos los cómplices de la vida”, dijo Olivia Bisa, presidenta de la Nación Chapra.

Según los abogados Ramiro Ávila y Mario Melo, ambos Fiscales de la Tierra en el Tribunal, uno de los principales objetivos del derecho es facilitar las relaciones económicas y un modelo de producción y consumo particular: el capitalista. En ese sentido, “para el derecho es importante garantizar que los elementos de la naturaleza sean entendidos como cosas, pues así es más fácil justificar la explotación y la devastación ecológica (...) si tenemos un relacionamiento patrimonial, por ejemplo, puedo comprar un pedazo de la superficie terrestre, me declaro dueño de ella con un título de propiedad, y ya entra al mercado”, explica Melo.

Bajo esta narrativa, los demás seres y ecosistemas pueden ser adquiridos, transferidos, subordinados, instrumentalizados y dotados de un valor de cambio en este sistema económico. Pero como advierte Ávila, “la catástrofe climática, queramos o no, nos exige replantear el derecho (...) y si tomamos en serio el llamado, la naturaleza debe salir del mercado”.

Todos los testimonios dejaron claro que la vida sucede en comunión, y que un territorio es mucho más que una superficie delimitada con bloques petroleros señalados en un mapa. Se trata de un entramado de relaciones entre entidades, visibles e invisibles, con quienes se convive y se generan acuerdos e intercambios para asegurar el balance y la reproducción de la vida. Quedó claro que ellas y ellos son el territorio mismo, y que es ahí donde la soberanía alimentaria, la medicina y la educación propia, la ciencia ancestral, el desarrollo de las artes, el goce y las prácticas espirituales se ejercen autónomamente para asegurar su pervivencia física y cultural.

Al final, luego de analizar las pruebas, el Tribunal declaró a la Amazonía como sujeto integral de derechos y zona de exclusión total de combustibles fósiles, y denunció que tales “efectos catastróficos” sobre el bioma y los Pueblos indígenas, configuran crímenes de ecocidio y etnocidio. El Tribunal enviará la sentencia a los gobiernos amazónicos, a las Naciones Unidas, a las organizaciones indígenas de la región y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Aunque no es vinculante, “lo que se busca es motivar a los gobiernos a escuchar a una ciudadanía organizada y activa que brinda recomendaciones sobre cómo las Cortes deberían fallar cuando se reconocen los derechos inherentes de la naturaleza y, especialmente, implementar lo que ya existe”, explica Natalia Greene, directora global de la GARN. “Lo que estamos haciendo es luchar contra un sistema que le hace la guerra a la naturaleza y la sigue tratando como esclava”.

La colombiana Yuvelis Morales, ganadora del premio Goldman y jueza del Tribunal, cerró con una invitación, incluso para ti que lees este texto: “Uno de nuestros grandes enemigos sigue siendo la indiferencia (...) pero hoy este Tribunal nos exhorta a pensar en los otros mundos posibles”.

La Selva está viva y es consciente

Nos congregamos al amanecer alrededor del fuego para beber guayusa —una planta sagrada usada ancestralmente para dar energía y compartir e interpretar los sueños—. El líder José Gualinga, del pueblo originario kichwa de Sarayaku, nos introdujo al Kawsak Sacha, la Selva Viviente. “En la visión holística de la Allpamama, nosotros somos parte de ella”, explica. Es un modo de vida que está orientado al “respeto entre seres y al uso armonioso de los bienes de vida de los que dependemos”.

Sarayaku está ubicado a las orillas del río Bobonaza, en la provincia de Pastaza. El territorio es compartido con los Sacha runakuna, los habitantes visibles e invisibles del bosque que “ayudan a mantener el equilibrio”. Es en el Kawsak Sacha, dice José, donde deciden y construyen autónomamente su destino.

Pero ese equilibrio fue interrumpido a inicios de los años 2000 cuando la petrolera argentina CGC y la fuerza pública ecuatoriana ingresaron violentamente y sin autorización para realizar actividades de exploración, dejando enterrados 1.500 kilos de pentolita (un conocido explosivo) que aún permanecen allí. Una década después, la Corte Interamericana de Derechos Humanos determinó que Ecuador —el primer país del mundo en reconocer los derechos de la naturaleza en su Constitución— violó los derechos de Sarayaku a la consulta previa, libre e informada, a la propiedad comunal y a la identidad cultural. Como medida de reparación, el pueblo busca que el Kawsak Sacha sea reconocido como un ser vivo y consciente, sujeto de derechos. “No estamos diciendo que es solo un cerro o un río; es todo el Kawsak Sacha que está vivo, incluyéndonos”, aclara Gualinga.

Al igual que los testimonios del Tribunal, José narra otras relaciones. De la riqueza individual a la comunal, de la escasez a la abundancia y reverencia, de la acumulación a la reciprocidad y moderación, de la competencia a la cooperación, de la ilusión de autosuficiencia a la interdependencia y gratitud. “Cuando les han colonizado la mente ves en un árbol una cosa que tiene valor en dólares, pero para nosotros es el Kawsak Sacha, y los indicadores de riqueza son todo lo opuesto al PIB (Producto Interno Bruto), sino el Sumak Kawsay, la vida en armonía, el Buen Vivir”, señala Gualinga.

El Sumak Kawsay comprende tres principios: el Sumak Allpa, un territorio sano y libre de contaminación, donde se respetan las zonas sagradas y abundan los tres reinos —fauna, flora y funga—; el Runakuna Kawsay, que abarca la vida cotidiana del pueblo, la economía comunitaria, la unidad familiar y la toma de decisiones políticas; y el Sacha Runa Yachay, que reúne las sabidurías y ciencias propias, desde la música y el uso de plantas medicinales hasta las tecnologías para construir y preparar la tierra para el cultivo.

Para Mario Melo, el abogado que ha acompañado el proceso de los Sarayaku en instancias internacionales desde sus inicios, el Kawsak Sacha es la materialización misma de los derechos de la naturaleza. La historia, dice, nos recuerda que los cambios no son lineales: “Antes era normal pensar que los negros no eran seres humanos y que las mujeres no podían votar (...) llegará el momento en que nos parecerá inconcebible haber desacralizado nuestra relación con la naturaleza y pensarla como materia inerte para ser explotada sin misericordia”.

Tal vez lo que nos corresponde ahora sea diseñar otros mundos donde la vida no esté desencantada, aunque hoy solo parezcan ficciones utópicas. Tal vez sea momento de recordar a la escritora Úrsula K. Le Guin: “Vivimos en el capitalismo, su poder parece ineludible; pero también lo era el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por seres humanos”. Empecemos a conjurar la magia.

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Por Tatiana Pardo Ibarra

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