¿Qué pasa cuando una formación ambiental no termina en el aula? La Escuela del Agua y Cambio Climático muestra una respuesta concreta: el conocimiento puede convertirse en proyectos para resolver problemas que las comunidades conocen de primera mano. Desde 2024, esta iniciativa de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) y la Universidad Jorge Tadeo Lozano ha formado a habitantes de 87 municipios de Cundinamarca y Boyacá, con una apuesta por fortalecer capacidades para comprender el territorio y formular soluciones socioambientales.
Ese propósito toma forma en historias como las de Daira Arandia, Orlando Ochoa y Diana Catalina Garzón. Sus proyectos nacen de necesidades diferentes, pero comparten una misma ruta: observar un problema, aprender, convertir ese conocimiento en una propuesta y volver al territorio para ponerla en práctica.
La Escuela del Agua y Cambio Climático conecta así la formación con acciones relacionadas con la gestión comunitaria del agua, la restauración ecológica y el aprovechamiento de residuos.
Daira Arandia: el conocimiento para proteger el agua y brindar servicio de un acueducto rural a su comunidad
Daira Arandia, dignataria de la Junta de Acción Comunal y líder del acueducto comunitario El Balsal, en la vereda Las Huertas, Pacho (Cundinamarca) y próxima a graduarse en la maestría de Gestión Sostenible del Agua de UTadeo, llegó a la Escuela con una preocupación concreta: proteger las fuentes hídricas y acompañar a su comunidad en la gestión del agua.
El acueducto abastece actualmente a 123 familias y durante más de 30 años la comunidad captó agua sin adelantar las gestiones necesarias para formalizar su uso. A partir de esta necesidad, Arandia desarrolló una propuesta técnica para estructurar los requisitos necesarios para solicitar la concesión de aguas superficiales y avanzar en las autorizaciones sanitarias correspondientes.
Su trabajo incluyó la caracterización de la población, aforos en puntos de la red, el Plan de Uso Eficiente y Ahorro del Agua (PUEAA), un mapa de riesgos, análisis de calidad del agua y la socialización del proceso con la comunidad. La propuesta también contempla beneficiar a otras 40 familias y a una población flotante estimada en 60 personas.
“Traducir el conocimiento académico en una solución real ha representado el desafío de sensibilizar y convencer a la comunidad sobre la importancia del ahorro y el control del recurso”, cuenta.
Para Arandia, la formación permitió convertir una preocupación que antes abordaba principalmente desde la experiencia en herramientas técnicas y administrativas aplicables a su territorio. Su experiencia muestra que la educación ambiental también puede fortalecer procesos organizativos y de gestión comunitaria.
Orlando Ochoa: cuando el conocimiento se multiplica en las comunidades para restaurar el territorio a través del agua
Orlando Ochoa es zootecnista, especialista en gestión social y ambiental, y desde hace 12 años trabaja en educación ambiental en la Sabana de Occidente. Hace seis años creó la Fundación Ambiental Ecos Colombia, desde donde desarrolla procesos de educación, restauración y participación comunitaria.
Su trabajo parte de una idea: “para proteger un territorio, primero hay que conocerlo.” Por eso, junto con las comunidades, aborda problemáticas como la minería, los vertimientos, la extracción, las especies exóticas y la degradación de ecosistemas.
En la escuela encontró la posibilidad de conocer otras experiencias y metodologías que podía adaptar a los procesos que ya desarrollaba. También amplió su visión sobre las posibilidades de la educación ambiental para generar iniciativas de trabajo y emprendimiento. “Uno siempre piensa que está solo y hay muchas personas dedicándose a esto”, recuerda.
Uno de los proyectos que retomó fue el aprovechamiento del agua presente en la niebla mediante trampas de niebla para apoyar procesos de restauración. La iniciativa busca aportar humedad a árboles y vegetación sin depender exclusivamente del agua de las cuencas o del suministro de los acueductos.
Con participación comunitaria y el apoyo de Productos Alimenticios Doria y Corona, Orlando y su equipo han desarrollado jornadas de siembra, restauración y monitoreo de fauna. Según su experiencia, el sistema ha acompañado procesos en los que se han sembrado aproximadamente 4.000 árboles sin necesidad de transportar agua para su mantenimiento.
El trabajo también se ha extendido a otros territorios, entre ellos Barranquilla, Cali, Ibagué y Bogotá. “Esto ayudó a que dimensionara que lo que se está haciendo desde el territorio se puede replicar mucho más grande”, cuenta.
Diana Catalina Garzón: de los residuos del barrio a un proyecto de economía circular
En el barrio Paraíso, a las afueras de Villeta, Diana Catalina Garzón encontró una manera de transformar un problema cotidiano: los residuos orgánicos que terminaban mezclados con la basura.
Desde 2019, junto con su familia y vecinos, comenzó a trabajar en compostaje y lombricompostaje. La comunidad lleva sus residuos hasta un punto de acopio y allí son transformados en abonos orgánicos. Con el tiempo, la iniciativa se convirtió en Pachamama, una asociación que hoy trabaja con habitantes del barrio, estudiantes y la Alcaldía de Villeta.
Entre 2019 y septiembre de 2026, el proyecto ha aprovechado 79 toneladas y 32 kilogramos de residuos orgánicos, según el registro reportado por Garzón. Parte del abono se entrega a los vecinos y otra parte se comercializa en Villeta y municipios cercanos. También se ha utilizado en cultivos de café, cacao y huertas.
Cuando llegó a la Escuela, Pachamama ya tenía varios años de trabajo. La formación le permitió fortalecer lo que ya hacía y comprender las relaciones entre agua, suelo, residuos, ecosistemas, actividades productivas y comunidades.
“Me permitió pasar de observar las problemáticas ambientales de una manera individual a entenderlas como parte de un sistema”, señala.
Uno de sus principales aprendizajes fue la formulación de proyectos: convertir una necesidad identificada en el territorio en una propuesta con objetivos, actividades, beneficiarios, indicadores y presupuesto. Ese conocimiento le permite hoy proyectar el crecimiento de Pachamama, ampliar su capacidad de aprovechamiento y replicar la experiencia mediante procesos de educación ambiental en colegios, jardines y comunidades de Villeta.
"En Villeta se vive la magia de la Pachamama donde transformamos algo ordinario en algo extraordinario", puntualiza.
Aprender para transformar
Las historias de Daira, Orlando y Diana Catalina muestran que la educación ambiental puede tomar distintas formas cuando se conecta con las necesidades de cada territorio. En Pacho, el conocimiento fortalece la gestión comunitaria del agua; en la Sabana de Occidente, acompaña procesos de restauración; y en Villeta, ayuda a convertir residuos orgánicos en recursos.
En los tres casos, la formación no sustituyó los conocimientos que ya existían en las comunidades. Los complementó con herramientas para estructurar proyectos, ampliar las soluciones y pensar en su continuidad.
Esa conexión entre conocimiento y territorio es uno de los propósitos de la Escuela del Agua y Cambio Climático: que aprender sobre gestión ambiental, agua, cambio climático y sostenibilidad permita también actuar sobre los problemas que las comunidades conocen de primera mano.