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El camino que conecta a las comunidades indígenas del Vaupés

Frente a la dificultad de conectividad en la región, las comunidades indígenas organizadas y articuladas con otras organizaciones como CLUA (Climate and Land Use Alliance) y Fundación Natura han avanzado en el diagnóstico y análisis del desarrollo vial.

Fundación Natura

28 de agosto de 2026 - 11:10 a. m.
Las comunidades han manifestado su disposición de liderar procesos de restauración en esos puntos críticos, para recuperar la fauna y flora que se ha ido perdiendo.
Foto: Alejandro Peña/Fundación Natura

Históricamente, las vías han sido elementos que conectan a la sociedad. Hace siglos, las comunidades indígenas comenzaron a abrir caminos ancestrales que, además de desplazarse de un lugar a otro, les permitían desarrollar su cultura y unirse espiritualmente con los territorios. Quienes hoy recorren esos mismos caminos, tienen la fortuna de conocer la historia de estos pueblos.

En general, toda la naturaleza tiene esa misma necesidad: conectar. Sin embargo, las dinámicas de las sociedades modernas han generado que detrás de una vía lleguen consigo procesos que alteran (de manera positiva o negativa) la vida de las comunidades y las especies presentes en los territorios.

En Colombia, existe uno de los territorios amazónicos más conservados de la región: el Vaupés. Allí convergen 27 pueblos indígenas, representando, según datos del DANE, “el 66% de los habitantes del departamento”, entre los cuales las etnias más representativas son los Guananos, Cubeos, Desanos y Tukanos, que conservan 25 lenguas, resalta el portal Lenguas Nativas del Vaupés.

En esta misma región, en 1940 se inició la construcción de la vía Mitú-Monforth, cuatro años después de que se reconociera como caserío la ciudad que hoy es capital del departamento. Este camino buscaba conectar a Mitú con el corregimiento de Yavaraté, ubicado en el extremo oriental del departamento sobre la frontera con Brasil.

Con una longitud de más de 100 kilómetros, esta vía se ha convertido en un punto de tensiones socioambientales. Por un lado, su consolidación ha tenido efectos sobre la biodiversidad y la conectividad de la selva amazónica, pero también ha traído beneficios como la entrada de transporte de carga pesada, acceso a la cabecera municipal y tránsito de las motos que usan cotidianamente las comunidades indígenas para movilizarse.

La cotidianidad de las familias que habitan el territorio, sus expresiones culturales, la relación que tienen con el medio ambiente y el acercamiento con el mundo occidental, han sido atravesadas por ese cambio debido a que no contaron con un proceso o una transición para asimilar, participar e integrarlos, simplemente, pasaron de caminar o desplazarse en canoa a convivir con vehículos de motor.

De acuerdo con Gabriel Paiva, coordinador de medio ambiente y territorio de la Asociación de Autoridades Tradicionales Indígenas de la Carretera aledaños a Mitú y Bogotá-La Cachivera (AATAC), “cuando llegó la vía, cambió nuestra economía de subsistencia y aunque antes algunos abuelos vendían productos para comprar pilas o cosas esenciales para vivir en la comunidad, la apertura incrementó esa comercialización, entonces muchos chagreros no solamente sembraban para la subsistencia de sus familias, sino también para comercializar productos como yuca dulce, plátano, lulo y frutas tropicales o amazónicas”.

Pero ese solo fue uno de los cambios, pues según la línea de tiempo realizada por investigadores indígenas de la misma asociación, desde 1959 el inicio de esa construcción generó la llegada de colonos y con ellos creció la deforestación y extracción de piedra, proceso que posteriormente aumentó con la llegada de la ganadería impulsada por monseñor Belamiro Correa, seguido por el auge de la coca y el uso de árboles maderables.

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Otros hitos frente a la historia de la apertura de la vía son la constitución del Gran Resguardo Indígena del Vaupés en 1982, el auge de la minería y extracción de madera ilegal en 1990, la segunda gran toma guerrillera en 1998 y las concesiones mineras que iniciaron en 2014.

Hoy, después de más de ocho décadas de la apertura de la vía, siguen existiendo limitaciones. El objetivo de que conectara a las comunidades no se ha cumplido por completo, pues no toda está pavimentada, tampoco llega hasta Monforth y es muy complejo movilizarse por ella.

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Como señaló Camilo Rodríguez del Ministerio de Ambiente: “esta vía debe ser funcional para que la comunidad esté integrada, para que pueda conservar y pueda ejercer gobernabilidad y gobernanza en su territorio; pero tiene que ser una infraestructura de calidad que no esté comprometiendo su vida y su seguridad, porque actualmente hay puentes que están en un estado de falla y puede convertirse en un riesgo para la población”.

Y es frente a la dificultad de conectividad que representa hoy esta carretera, que las comunidades indígenas organizadas y articuladas con otras organizaciones como CLUA (Climate and Land Use Alliance) y Fundación Natura, han avanzado en el diagnóstico y análisis del desarrollo vial en la región. “Promovimos una investigación local con las comunidades indígenas sobre la carretera que nos permitió, por ejemplo, conocer su relación con los colonos, además de los cambios socioespaciales que afectaron la gobernanza, los ecosistemas y el ordenamiento territorial”, afirmó María Paula Velásquez, jefe de proyecto de Fundación Natura.

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Así, las mismas comunidades pudieron comprender las transformaciones que vinieron con la carretera como un fenómeno integral y esto lo hace evidente Gabriel Paiva, quien mencionó que la vía Mitú-Monfort “nos ha facilitado el transporte, por ejemplo, nosotros andamos en moto o motocarros, otros tienen los famosos morrocos (motos con platón pequeño) para cargar los productos. Ahora llega uno más rápido a las chagras, ya no hay que cargar en los hombros”, pero, por otro lado, “se ha perdido territorio porque se han metido personas foráneas, han comprado terrenos y cada vez el indígena se tiene que ir un poquito más lejos”.

Aun así, las comunidades indígenas han intentado ver en este cambio una oportunidad para mejorar la calidad de vida de las familias e identificar esos espacios donde pueden aportar y construir juntos para fortalecer su gobernanza, la seguridad alimentaria, las viviendas y otras dinámicas que se tejen en la comunidad.

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Deforestación en la vía

Con una longitud de más de 100 kilómetros, esta vía se ha convertido en un punto de tensiones socioambientales.
Foto: Alejandro Peña/Fundación Natura

Es por eso que todas las acciones realizadas en el marco del proyecto Análisis del desarrollo vial Mitú-Monforth, implementado por Fundación Natura y con el apoyo de CLUA, han permitido que la comunidad acceda a información para entender y tomar decisiones. Uno de esos procesos es el reconocimiento cartográfico que confirmó la percepción de las comunidades sobre la deforestación, pues encontraron que se concentra entre los primeros 3 a 5 kilómetros a lado y lado de la vía. Esto se relaciona con la pérdida de conectividad ecológica que afecta el desplazamiento de la fauna presente en este ecosistema de bosque húmedo tropical.

Con esta información, las comunidades han manifestado su disposición de liderar procesos de restauración en esos puntos críticos, para recuperar la fauna y flora que se ha ido perdiendo. “Ellos consideran que es importante delimitar las áreas afectadas y ver de qué manera se pueden recuperar, si es a través de siembras o con ejercicios que ayuden a construir esa conectividad y permitan el desplazamiento, tanto de animales como de ellos mismos, al interior del bosque”, resaltó María Paula.

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Adicional a ello, se generó la necesidad de formalizar acuerdos de uso con los colonos y delimitar el territorio, para evitar que la ocupación y otras prácticas sigan avanzando y así afectando el ecosistema, que incluyen los sitios sagrados de las comunidades indígenas como cachiveras y cerros.

Si bien, hasta el momento, no se han tomado medidas concretas para mitigar efectos como la deforestación o la transformación del territorio, gracias a que funcionarios del Ministerio de Transporte y Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible visitaron la zona en el marco de una salida institucional del proyecto para conocer el estado de la vía y las necesidades de las comunidades, se abrió una ventana: “hacer un proyecto de infraestructura verde vial que vincule medidas de manejo para atenuar los impactos y las transformaciones que ya ha generado la ocupación en territorio, recuperar coberturas, desfragmentar ecosistemas y recuperar servicios ecosistémicos, gobernabilidad y gobernanza en las áreas en que se ha perdido”, aseguró Camilo Rodríguez.

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Este ejercicio podría, primero, consolidar una vía funcional hasta Monforth; y, segundo, comunicar efectivamente las comunidades indígenas y mejorar la gobernanza territorial que incluye a los colonos y que es el elemento más importante para contener la deforestación. Pues como lo dijo Gabriel, “sabemos que el desarrollo se va a dar, hay cambios que se van a dar, pero nosotros tenemos que estar preparados para poder afrontar esos cambios y no perder nuestra identidad cultural”.

Un modelo importante para Colombia

Integrar a las comunidades locales en los proyectos de infraestructura es clave para que se tengan en cuenta las necesidades de los habitantes, reconociéndolos y respetando sus perspectivas, culturas y formas de vivir. En ese sentido, instrumentos como los lineamientos de infraestructura verde vial ayudan a garantizar la participación de pueblos indígenas, pues “tiene tres elementos fundamentales que son de gobernabilidad, gobernanza y participación comunitaria, pero esta participación está desde el inicio del proyecto, desde las etapas preliminares y hace que las comunidades tengan el nivel de participación que les pertenece para tomar decisiones e involucrarse en la planeación integral de los proyectos, proyectando sus necesidades hacia tener un territorio ambientalmente sostenible, un territorio que siga proveyéndole seguridad, soberanía alimentaria, salud y la preservación de su cultura”, afirmó Rodríguez.

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Es por eso que la construcción de memoria alrededor del establecimiento de la vía ha sido clave en este proceso. De hecho, para los jóvenes que han participado en las actividades de investigación, ha sido como tener otra visión de la historia, una que es incluyente y que reconoce a todos los miembros de sus comunidades. También, “se convierte en otra forma de acercarse y de comprender esa realidad, de entender sus contextos y necesidades. Eso puede ayudarlos a tener un sentido de pertenencia mayor sobre por qué son indígenas, por qué están en esa zona o por qué es importante reconocer ese territorio”, argumentó María Paula.

Y ese enfoque étnico diferencial hace de este proceso de infraestructura vial un “escenario privilegiado con comunidades indígenas que tienen gobernabilidad y gobernanza; entonces hay que vincular la noción del corredor vial a las formas en que estas comunidades ocupan el territorio, acceden a la biodiversidad y la cuidan. Todo esto debe reflejarse en el tipo de infraestructura que se construya. Vaupés puede ser el punto de partida de este ejercicio que luego puede ser replicado en toda la Amazonía. A diferencia de otros pilotos, este es el único con un componente de participación y gobernanza. Sin embargo, para aterrizarlo a la realidad, debe integrarse en los planes viales municipales y departamentales, sumado a los esfuerzos de la Gobernación, Alcaldía, INVIAS y las entidades ambientales”, afirmó Camilo.

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Sin embargo, atrás vienen más de ocho décadas en las que la vía no ha sido prioridad y por eso es importante resaltar las lecciones aprendidas de este proceso que permitirán tomar las decisiones correctas, como, por ejemplo, comprender la relación que tienen las comunidades con la institucionalidad e identificar debilidades y fortalezas de esas dinámicas.

También, como lo destacó María Paula Velásquez: “algo que sí o sí es un innegociable, es poder hacer mesas de concertación. Nosotros iniciamos este proyecto cuando AATAC estaba en asamblea, por lo que nos abrieron un espacio para poder hablar y explicarles más el proyecto”.

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Asimismo, es clave contar con un traductor para que los abuelos o sabedores tradicionales también cuenten con esa información y haya una inclusión intergeneracional, pero también que incorpore el conocimiento de mujeres, hombres, ancianos y, por supuesto, pensar en cómo se integran los niños y niñas en esos espacios.

Y, por supuesto, que las investigaciones que se realicen involucren a las comunidades locales, que sean ellos quienes levantan la información, pero también realizan el análisis.

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Por último, es clave revisar las formas en las que se construye y se presenta la información, que tengan un lenguaje claro, que no sea técnico y que cada actividad se construya desde lo local y se incluyan sus diversas lenguas, eso es clave en la preservación de la cultura.

Este análisis y sus resultados, son la base para identificar cómo deberían abordarse los proyectos de infraestructura vial en territorios indígenas, pues tiene una recopilación de aprendizajes de más de ochenta años. Una vivencia que se ha trasladado generación tras generación y que hoy los más jóvenes están recuperando.

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El desarrollo humano no es un tema menor, pero debe realizarse a la medida de los territorios y sus comunidades, debe ser inclusivo y reconocer los conocimientos ancestrales y su cultura. No todos los modelos aplican en todo el país y siempre, el primer paso debe ser la articulación comunitaria, institucional y de las organizaciones presentes en las regiones.

Esta vía algún día llegará hasta Monforth o tal vez no, la decisión debe ser concertada con quienes habitan la zona, pero también debe ser evaluada frente a los desafíos que hoy enfrentan. Mientras tanto, el llamado es a voltear la mirada y a avanzar en el mejoramiento de lo que hoy ya existe, porque lo primordial en la Amazonía es la conservación de sus ecosistemas, de los pueblos indígenas, de sus culturas y con ello de la vida.

Por Fundación Natura

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