Mientras el debate público en Colombia gira, con razón, alrededor de las lluvias, los deslizamientos y las sequías, hay una crisis silenciosa que avanza sin titulares: el calentamiento del océano. No se ve, no suena, pero está ocurriendo. Y sus efectos ya están tocando nuestras costas.
Según la Organización Meteorológica Mundial (WMO), 2023 y 2024 marcaron récords históricos en temperatura oceánica global. Más del 90 % del exceso de calor generado por el cambio climático es absorbido por los océanos. Es decir, el mar está actuando como un gran amortiguador del calentamiento global, pero a un costo creciente para los ecosistemas y las comunidades que dependen de él.
En Colombia, este fenómeno no es abstracto. El aumento de la temperatura del mar está directamente relacionado con procesos como el blanqueamiento de corales en el Caribe, un fenómeno ampliamente documentado por investigaciones científicas en el país. Estudios sobre arrecifes colombianos evidencian que el incremento de la temperatura superficial del mar es uno de los principales factores que desencadenan estos eventos, afectando la salud de los ecosistemas coralinos.
Este impacto no es menor. De acuerdo con el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (INVEMAR), los ecosistemas marinos y costeros del país —como arrecifes, manglares y pastos marinos— presentan presiones crecientes asociadas al cambio climático, lo que compromete servicios clave como la pesca, la protección de las costas y el turismo.
El problema no se queda en el agua. El calentamiento del océano altera el comportamiento del clima, intensifica tormentas y modifica la dinámica de fenómenos como El Niño y La Niña. Océanos más cálidos significan más energía disponible, y eso se traduce en eventos más extremos. Para un país como Colombia, con costas en dos océanos, esto no es un riesgo lejano: es una variable crítica en la gestión del riesgo.
Pero hay otra dimensión menos discutida: la seguridad marítima. Cambios en el oleaje, en los vientos y en las corrientes afectan la navegación, la operación portuaria y las actividades en el mar. El océano más caliente no solo impacta la biodiversidad, también redefine las condiciones bajo las cuales se desarrollan muchas actividades humanas.
A pesar de este panorama, la conversación pública sigue siendo fragmentada. Hablamos del clima en tierra, pero poco del océano. Y eso es un error estratégico. La ciencia ha sido clara: el océano es una pieza clave en cómo funciona el clima del planeta, y su deterioro tendrá efectos en cadena sobre la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la estabilidad de las comunidades costeras.
Colombia tiene una ventaja —y una responsabilidad— en este escenario. Su ubicación entre dos océanos la convierte en un país estratégico para entender estos cambios. Instituciones como DIMAR, junto con centros de investigación como INVEMAR, generan información clave sobre las condiciones del mar y el estado de los ecosistemas, un insumo fundamental para la toma de decisiones y la prevención de riesgos.
Sin embargo, el reto no es solo técnico, sino político y cultural. Necesitamos incorporar el océano en la agenda ambiental con la misma urgencia que le damos a la deforestación o a la calidad del aire. Eso implica fortalecer la investigación, mejorar la comunicación del riesgo y, sobre todo, entender que el mar no es un escenario distante, sino un ecosistema del que dependemos.
Porque el mar también se calienta. Y lo que ocurra allí definirá, en gran medida, lo que pase en tierra.