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El modelo de conservación del oso andino que se volvió un motor de desarrollo

Un proyecto de conservación, que cumplió diez años en Colombia, presentó los resultados de un exitoso modelo de conservación del oso andino en un corredor biológico, en el que su ocupación pasó de un 52% a un 76% en la cordillera Occidental y alcanzó un 61% en la cordillera Central. Además, la estrategia también logró desarrollar modelos de negocio sostenible para varias familias.

Redacción BIBO

15 de mayo de 2026 - 09:32 a. m.
Oso de Anteojos.
Foto: Carlos Rincon Campo Kalu

Aunque en el mundo existen ocho especies de oso, agrupadas en la familia Ursidae, en América del Sur solo habita una: el oso andino (Tremarctos ornatus). Vive a lo largo de la cordillera de los Andes, desde Venezuela y Colombia, hasta el norte de Argentina, abarcando hasta seis países y una gran diversidad de ecosistemas, como bosques nublados, selvas montanas y páramos de alta montaña, en diferentes altitudes que van desde los 200 hasta los 4.200 metros sobre el nivel del mar.

A pesar de eso, el único oso sudamericano está en peligro. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN, por sus siglas en inglés) lo cataloga como Vulnerable.

Esta amenaza pone en riesgo no solo su supervivencia, sino sus fuertes relaciones con los ecosistemas, así como con las comunidades que le han dado otros nombres a esta especie casi mítica, como ucumari, ukuku o el oso de anteojos, debido a las particulares manchas blancas, que son únicas en el rostro de cada individuo y que contrastan con su pelaje frondoso y marrón oscuro. Pero no se trata solo de una especie carismática, sino también clave para los ecosistemas.

¿Por qué? Para entenderlo, empecemos por un punto de partida: su distribución. Se extiende por casi la totalidad de la cordillera de los Andes —el sistema montañoso más grande del mundo—; se tienen registros de ella desde Argentina hasta Venezuela, así como en diferentes altitudes que van desde los 200 y los 4.200 metros sobre el nivel del mar.

“El oso andino es una especie maravillosa y emblemática de los Andes, y en Colombia su presencia es considerada esencial para monitorear la calidad de los ecosistemas de soporte y para monitorear los ecosistemas”, precisa Luisz Olmedo Martínez, director de Parques Nacionales Naturales de Colombia.

Esto se debe a que, con miles de años de relación con el territorio, este mamífero es lo que científicos e investigadores dedicados a la conservación denominan una especie sombrilla. Un ejemplo de esto tiene que ver con una particularidad de estos osos, que no digieren totalmente los diferentes alimentos que consumen.

Si bien se trata de una especie omnívora oportunista, es decir, que se alimenta de lo que va encontrando en su camino, su dieta es casi totalmente vegetal, principalmente a base de frutas y plantas. Al ingerirlas y expulsarlas a través de su sistema digestivo, va regando por los ecosistemas semillas que, con el tiempo, se convierten en nuevas plantas y árboles.

A esto se suma que es un animal que no se caracteriza por quedarse quieto. Un estudio realizado por el Instituto Humboldt y la Fundación Wii, que utilizó telemetría de GPS, encontró que un oso macho en el Parque Nacional Natural Chingaza recorrió un área de casi 24.000 hectáreas en un periodo de solo tres meses.

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Como precisa Catalina Gutiérrez, directora ejecutiva de Wildlife Conservation Society (WCS), se trata de una “especie sombrilla, pues requiere grandes extensiones de tierra bien conservadas para sobrevivir, y, además, tiene interacciones positivas con muchas otras formas de vida, así como con servicios ecosistémicos como el agua”.

Además, tiene una fuerte relación con los bosques andinos y de niebla, pues en búsqueda de alimentos —en otro ejemplo de su alta movilidad— en ocasiones se trepa en árboles, rompiendo algunas de las ramas, lo que permite una mayor entrada de luz en algunos ecosistemas boscosos.

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Esa interacción se ha visto amenazada en las últimas décadas por amenazas, entre las que se encuentran la expansión de la frontera agrícola, la degradación de los ecosistemas, la ganadería extensiva y, en ocasiones, su cacería en medio de conflictos con comunidades con las que comparten territorios.

Como respuesta a estas dificultades, en el país se viene realizando durante los últimos diez años la estrategia Conservando la Vida, una iniciativa intersectorial que cumplió diez años y que presentó el martes 12 de mayo sus resultados en un evento realizado en Bogotá.

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Uno de los datos que más destacan de la estrategia, en la que participan la Fundación Grupo Argos, Wildlife Conservation Society (WCS), Parques Nacionales Naturales de Colombia, Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC), Fundación Smurfit Westrock Colombia, y a la que ahora se suma la Corporación Autónoma Regional del Quindío, es que se ha logrado un aumento de su ocupación en un corredor biológico intervenido que pasó de ser del 52 % al 76 % en la fecha. Y no se trata solo del oso, pues los esfuerzos de monitoreo, a través de cámaras trampa, revelan que en las áreas de restauración se han identificado y reportado 17 especies de fauna para su protección, una señal de ecosistemas más diversos y funcionales.

“Estos resultados se registran en un corredor biológico priorizado en las cordilleras occidental y central de Colombia, que hacen parte de los cinco núcleos necesarios para poder conservar el oso andino”, precisa María Camila Villegas, directora de la Fundación Grupo Argos.

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Un modelo gana-gana

Como comenta John Bravo, un campesino de El Águila (Valle del Cauca), hace más de diez años él, su familia y su comunidad tenían una relación muy distinta con su territorio, en particular con los bosques y el oso de anteojos. “Yo vengo de una familia en la que históricamente veníamos haciendo cacería, talamos árboles para sacar su madera; teníamos el ecosistema en un mal estado. Esto cambió cuando al territorio llegaron estas instituciones en búsqueda del oso andino, y uno al principio no se lo cree, pero con el trabajo que hemos realizado, hemos entendido que tenemos cosas para mostrarle al mundo, y tenemos una biodiversidad con un alto valor”, sostiene Bravo.

Lo que cuenta Bravo es uno de los centros del modelo que fue presentado esta semana, y que consiste en trabajar de la mano con comunidades campesinas que viven cerca de los bosques que hacen parte del hábitat de esta especie de oso. En concreto, Conservamos la Vida buscó desarrollar alternativas basadas en la pedagogía, corresponsabilidad y acuerdos voluntarios.

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“Detrás de estos hay varios factores que explican las buenas noticias que presentamos; uno central es que se trata de una alianza público-privada que permite sostenerla a largo plazo y a la escala de paisaje; la otra es la confianza de las comunidades y, finalmente, la robustez técnica que es clave para asegurar que realmente están mejorando los ecosistemas”, detalla Villegas de la Fundación Grupo Argos.

A lo largo de la implementación de este modelo, se han firmado más de 90 acuerdos voluntarios de conservación con comunidades rurales para proteger los ecosistemas claves para esta especie. Para esto, familias campesinas destinaron partes de predios para esfuerzos de conservación y regeneración de bosque, en los que se desarrolla la siembra de especies nativas. De manera paralela, se implementaron planes para desarrollar mejores prácticas agrícolas, lo que se suma al manejo de animales domésticos, en particular de los perros, muchas veces de libre movimiento, que tienen las familias en sus fincas. Con esto se buscó reducir las presiones sobre el hábitat del oso, así como fortalecer corredores biológicos.

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“Para este tipo de apuestas que cubren extensiones tan amplias se necesitan acciones conjuntas, y por eso uno de los incentivos para las comunidades rurales es impulsar prácticas sostenibles de ganadería y agricultura, en particular en torno al cultivo de café”, indica Gutiérrez, de WCS.

Pero, como lo indican los organizadores de la estrategia, no se trata solo de conservar ecosistemas, sino también de fortalecer las comunidades que conforman el mosaico de actores presentes en estos territorios.

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Este proceso vino acompañado de educación ambiental y de un fortalecimiento productivo para desarrollar iniciativas sostenibles en los territorios. El programa ya ha beneficiado a 3.660 personas mediante procesos de capacitación y empleo.

Un ejemplo de los resultados es un grupo de familias campesinas del Valle del Cauca que lidera hoy un referente de innovación productiva. Al destinar franjas de sus predios a la conservación, y junto con respaldo técnico para la producción y comercialización, se desarrolló la marca Café Oso Andino, que ha logrado poner en el mercado 34.587 kg entre 2019 y 2025 y la comercialización de 2.152 kg en mercados verdes.

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Finca cafetera.
Foto: Laura Gómez Unda - Endémica St

“A la fecha se ha acompañado la venta de 34.587 kilos de Café Oso Andino, con un incremento del 143 % en los ingresos familiares de los productores vinculados”, precisa la Fundación Grupo Argos.

Los gestores de este proceso esperan escalarlo. Villegas, de la Fundación Grupo Argos, detalla que el objetivo es llegar a nuevos territorios para proteger al oso andino. “Una de las apuestas es desarrollar mecanismos financieros para que otras empresas puedan aportar de manera concreta a cada uno de los componentes del programa para permitir que esto continúe no solo diez años más, sino ojalá 40 o más, y sobre todo seguir mejorando la calidad de vida de las familias en los territorios”, sostiene.

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Como concluye Martínez, de Parques Nacionales Naturales, “al cumplir diez años, esta estrategia nos permite no solo mirar atrás, sino para adelante. Nos muestra cómo, a través de diálogo abierto, articulación entre diferentes sectores y apuesta científica, se puede volver un modelo de desarrollo para el territorio”.

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