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El flamenco rosado (Phoenicopterus ruber) con su largo cuello, sus largas patas y alas, su plumaje rosado y su pico negro encorvado hacia abajo, ha fascinado a los conquistadores, viajeros, exploradores y biólogos que desde la época de la conquista han recorrido las costas americanas de norte a sur. Su vistosa pinta y elegancia ha sido retratada por ilustres naturalistas y pintores de los siglos XVIII y XIX, y su estilizada forma se ha convertido en logotipo de hoteles, bares y discotecas. No es raro que el flamenco rosado sea un icono pop que invite a la fiesta y al descanso en las paradisíacas playas del Caribe.
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Pero esta feliz imagen del flamenco rosado no corresponde con la difícil realidad que atraviesa en la actualidad. Diferentes investigaciones afirman que esta ave se encontraba en casi todas las costas de la Florida, de las Antillas Mayores y Menores y del norte de Sur América, desde el Golfo de Morrosquillo (Colombia) hasta Venezuela.
En la actualidad, según el “Libro rojo de aves de Colombia”, el flamenco rosado “se distribuye discontinuamente alrededor de la costa e islas del Caribe” y hoy en día se destacan cuatro poblaciones: una aislada en Galápagos; otra en la península de Yucatán; otra en Bahamas, República Dominicana, Haití, Cuba, La Española y el sur de Florida; y la última “a lo largo de la costa norte de Suramérica, cuyos individuos se reproducen en Bonaire y Venezuela y se desplazan en busca de alimento hacia Colombia, las Guayanas, Surinam y el oriente del estuario amazónico”.
La situación del flamenco ha corrido idéntica suerte que en las otras latitudes caribeñas. De acuerdo con el “Libro Rojo”, la rosada ave se encontraba a lo largo de la costa caribe, pero su “población sufrió una disminución en su ámbito de distribución en los últimos 40 años, de aproximadamente un 70 por ciento respecto a lo que era a comienzos del siglo XX. En la actualidad, la especie se encuentra principalmente en el departamento de La Guajira”.
A finales de la década de los setenta del siglo pasado, científicos y ambientalistas colombianos advirtieron lo que podría pasar con la población de flamencos rosados, conocidos comúnmente como chiclocos, y las amenazas que actividades económicas como la extracción de sal se cernían sobre su hábitat. Con evidencia científica en mano, pidieron al gobierno colombiano declarar una porción de costa de la Baja Guajira entre la Ciénaga de Manzanillo y el límite sur del centro poblado del corregimiento de Camarones.
En uno de esos hechos que poco se han registrado en el país, el gobierno colombiano declaró, en 1977, esta porción de tierra de 7.000 Ha como Santuario de Fauna y Flora para proteger la colonia de flamencos y su hábitat. En su artículo 2, la resolución 172, también establecía que la nueva área protegida estaba destinada a “estudiar y propagar la especie flamingo, flamenco o chicloco (Phoenicopterus ruber)”.
Más allá de los flamencos
Con la creación del Santuario para proteger a los flamencos rosados, el Estado colombiano también dio abrigo a una serie de ecosistemas claves para la biodiversidad del país que prestan valiosos servicios ecosistémicos como proveer de alimento a las poblaciones afrocolombianas, indígenas y mestizas que viven en sus alrededores y proteger contra las inundaciones y huracanes.
En sus 7.000 hectáreas se encuentran ecosistemas marino-costeros, lagunares, de manglar, de bosque seco tropical, entre otros, que dan refugió a más de 170 especies de aves, de las cuales cerca de 50 son migratorias. Por ello, el Santuario ha sido catalogado como Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA).
Uno de los paisajes más bellos del Santuario es el conformado por dos grandes lagunas, separadas del mar por tan solo una delgada barrera de arena, y otras más pequeñas que sirven de hábitat de diferentes especies animales en sus distintos ciclos de crecimiento. En Laguna Grande y Navío Quebrado, suelen verse las grandes bandadas de flamencos rosados, que utilizan sus aguas para alimentarse. Este sistema lagunar, además de poseer una riqueza biológica, es parte importante de la cosmovisión de los wayúu y de los cuatro pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta (arhuaco, kankuamo, kogui y wiwa).
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En el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos también hay una porción de manglares en la que se destaca las especies de mangle negro, Zaragoza y blanco. Pero sin lugar a duda, uno de los mayores tesoros que protege esta área es un reducto de bosque seco tropical. Según el Instituto Humboldt, antiguamente en el país había cerca de 9 millones de hectáreas, “de las cuales quedan en la actualidad apenas un 8 por ciento”, y una pequeñísima porción de ese porcentaje se encuentra en el Santuario.
Toda esta riqueza biológica, paisajística y cultural contenida en tan solo una extensión de 7.000 hectáreas es la que pueden visitar y disfrutar los visitantes nacionales y extranjeros al Santuario Fauna y Flora Los Flamencos.