Restaurar un bosque altoandino, crear jardines que ayuden a mejorar la calidad del aire o aprovechar los residuos de la producción del café para disminuir la contaminación de los ríos y quebradas no parecen las típicas tareas que los colegios le encargan a sus estudiantes. Sin embargo, este tipo de iniciativas toman cada vez más fuerza en las instituciones educativas del país, donde docentes y estudiantes están demostrando que en las aulas también pueden surgir ideas para enfrentar desafíos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
Detrás de muchas de estas iniciativas hay un mismo enfoque: las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SbN), acciones que protegen, restauran o gestionan de manera sostenible los ecosistemas para responder a desafíos sociales, al tiempo que generan beneficios para las personas y la biodiversidad, de acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Aunque las SbN suelen asociarse con grandes proyectos de conservación o infraestructura verde, cada vez más colegios están adaptando este enfoque a sus propios entornos.
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Varias de las iniciativas que han nacido en Colombia han sido reconocidas por premios como el Global Schools Prize, de la Fundación Varkey en colaboración con la UNESCO, el World’s Best School Prize, de la organización T4 Education, y el Premio Escuelas Sostenibles, de la Fundación Santillana y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI).
La lucha contra especies exóticas
Uno de estos proyectos es el del Colegio San Bartolomé La Merced de Bogotá, que aporta a la solución de una problemática que tienen los Cerros Orientales: la presencia de especies exóticas como los pinos y eucaliptos. A mediados del siglo XX, estos árboles fueron introducidos en la Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental (que abarca los famosos Cerros Orientales) como parte de una estrategia de reforestación.
“En su momento, el gobierno que estaba de turno creyó que los cerros se verían muy bonitos si se sembraban pinos como en los bosques europeos, pero no tuvieron en cuenta que este árbol es altamente inflamable y absorbe muchísima agua de las fuentes hídricas, lo que generó fuertes impactos ambientales”, explicaba hace unos años el exsecretario de Ambiente de Bogotá, Francisco Cruz.
La presencia de pinos y eucaliptos ha desplazado a las especies nativas, ha reducido la biodiversidad y, además, ha alterado los procesos ecológicos naturales del bosque altoandino, como han afirmado varios informes y estudios de instituciones colombianas.
Por esto, el colegio San Bartolomé decidió implementar un proyecto que busca transformar una parte de esta zona en un bosque funcional, capaz de brindar servicios ecosistémicos. Para lograrlo han creado senderos e implementado procesos de compostaje. También desarrollaron una huerta urbana y han sembrado árboles nativos en el bosque de la institución, que abarca una extensión de 6.85 hectáreas. Esta zona colinda con el límite de los Cerros Orientales y con sitios de gran importancia ambiental como el río Arzobispo.
Como resultado, el proyecto “Semillas de Resiliencia: Sembrando Vida en las Alturas”, ha logrado sembrar más de 1.200 árboles nativos (hasta 2024), con la participación de toda la comunidad educativa. “Estudiantes Bartolinos de grado transición, cuarto y undécimo, funcionarios de nuestra comunidad educativa, padres de familia y profesores participaron activamente en las jornadas ecológicas de siembra de árboles nativos, plantando con emoción sus propios ejemplares”, explica la institución.
También han integrado a la comunidad educativa en la huerta urbana donde siembran alimentos como lechugas. “Estos pueden servir como espacios educativos, donde tanto niños como adultos pueden aprender sobre agricultura sostenible, nutrición y la importancia de cuidar el entorno”, agregan.
Otra de sus acciones es el control del retamo espinoso, un arbusto originario de la región del Mediterráneo occidental, considerada una especie invasora en Colombia. De acuerdo con la Secretaría de Ambiente de Bogotá, esta especie fue introducida en la ciudad hacia la década de 1950, cuando se utilizó como cerca viva para proteger los embalses de La Regadera y Chisacá. Sin embargo, la falta de un plan de manejo y las condiciones climáticas favorables del trópico permitieron que se propagara rápidamente, invadiendo amplias zonas de los Cerros Orientales, suelos de alta montaña y áreas protegidas.
Como consecuencia, ha generado degradación del suelo, al modificar su estructura y composición; disminución de especies nativas que son desplazadas por su rápido crecimiento; incremento del riesgo de incendios, ya que su material seco arde con facilidad, especialmente en temporadas secas; y pérdida de biodiversidad, al alterar el equilibrio natural de los ecosistemas.
El Colegio San Bartolomé es consciente de estos riesgos y por eso cada seis meses realiza un control de retamo espinoso a través de un programa que combina métodos manuales, bajo la supervisión de expertos en conservación ambiental. Este enfoque integral no solo busca limitar la propagación del retamo espinoso, sino también restaurar la salud del ecosistema afectado.
Además, llevan a cabo la caracterización de la fauna y flora local mediante el uso de cámaras trampa, y actividades de educación ambiental sobre los impactos negativos de las especies exóticas introducidas y la importancia de conservar y restaurar los ecosistemas nativos.
Todas estas acciones los llevaron a ser finalistas del Premio Escuelas Sostenibles en 2024.
Jardines para respirar mejor
Otro de los proyectos que también ha sido galardonado a nivel internacional es el de la Institución Educativa Comercial de Envigado, en Antioquia. Se trata de Invetipaz, un proyecto que promueve el buen uso de los recursos naturales, la preservación de la biodiversidad y el mejoramiento de las situaciones socioambientales que afectan la comunidad.
En esta zona, el docente Jhon Alexander Echeverri, quien lidera Inventipaz, identificó varios problemas provocados por la contaminación del aire, los residuos sólidos, la contaminación por combustibles fósiles, la pérdida de biodiversidad y la contaminación de una quebrada cercana a la institución, que causó, incluso, propagación de dengue. La enfermedad cobró la vida de dos estudiantes.
Desde 2016, varios de estos problemas han disminuido y algunos se han eliminado con las acciones que ha implementado el proyecto. Una es la creación de jardines purificadores del aire, que incorporan diferentes especies vegetales y que han ayudado a disminuir los contaminantes.
Tanto su creación como mantenimiento cuentan con la participación de los estudiantes, quienes investigan, diseñan, instalan y evalúan los resultados a través del Índice de Calidad del Aire (AQI), una de las herramientas para hacer seguimiento al impacto ambiental.
Sin embargo, los jardines purificadores son solo una de las iniciativas que hace parte de Inventipaz. El programa también ha impulsado grupos de investigación en los que los estudiantes participan activamente en proyectos interdisciplinarios, entre ellos una trituradora de material reciclable, brazos robóticos para apoyar procesos de reciclaje y un dispositivo capaz de transformar el humo en biocombustible.
Recientemente, Inventipaz fue reconocido entre los 10 mejores colegios del mundo por los Global Schools Prize. También han sido ganadores del Premio Nacional al Inventor Colombiano, y además tienen alianzas con importantes organizaciones como Varkey Foundation y el World Mosquito Program.
Para el Ministerio de Educación, la Institución Educativa Comercial de Envigado es “un referente para la educación colombiana que evidencia cómo las apuestas pedagógicas enfocadas en la formación integral permiten que niñas, niños y jóvenes desarrollen habilidades para construir soluciones, aportar al cuidado del entorno y transformar sus realidades desde la escuela”.
Por su parte, Echeverri señala que Inventipaz es la manera en la que, a través de crear inventos e innovaciones, se pueden generar procesos de paz y reconciliación.
La escuela más sostenible
En Huila otra institución educativa encontró en los residuos de la producción de café una oportunidad para reducir la contaminación de las fuentes hídricas y promover prácticas más sostenibles.
Esto lo hace el proyecto Cafelab de la Institución Educativa Municipal Montessori, ubicada en Pitalito. Junto con sus estudiantes, los docentes Ramón Majé Floriano, Elmer Noriel Ordóñez Espinosa y Jorge Andrés Lizcano Vargas desarrollan iniciativas que aprovechan los residuos generados durante la producción del café para evitar que terminen contaminando suelos y fuentes hídricas, incluyendo así, no solo SbN sino economía circular y educación ambiental.
El proyecto busca dar un nuevo uso a cinco residuos naturales: la pulpa (la cáscara del fruto), los tallos de la mata de café, las aguas mieles (conocido por ser el recubrimiento de la semilla), la cascarilla (generada luego de tostar el café) y el cuncho que queda al final de cada taza.
Todo grupo de trabajo, conformado por estudiantes, debe encargarse de diseñar una solución, luego hacer el prototipo, probarlo y evaluarlo para que finalmente se convierta en un producto que pueda venderse y apostarle a la economía circular. Hay varios ejemplos: un jabón exfoliante a base del cuncho de café, dulce de pulpa de café, vinos de pulpa de café y herbicidas naturales hechos con la cascarilla.
Esta iniciativa recibió el Premio a la Mejor Escuela del Mundo en Acción Ambiental 2023 (World’s Best School Prize).